Diferentes. Lo que los primates nos enseñan sobre el género (Tusquets, 2022), del experto holandés en comportamiento animal Frans de Waal (1948-2024), es un libro estupendamente divulgativo, con un sentido del humor fuera de serie. En su experiencia como etólogo, De Waal estudió sistemáticamente a nuestros más cercanos parientes, en particular los chimpancés y los bonobos. Diferentes recoge los resultados de este método de trabajo aplicado al estudio comparativo del comportamiento de los humanos y de otros primates, tomando en cuenta sus patrones de socialización y sus disposiciones innatas, con el fin de abordar un tema peliagudo: las diferencias entre géneros. De Waal se consideraba feminista –de hecho, decidió con su esposa, la profesora de francés Catherine Marin, no tener hijos, en abierta contraposición con una premisa clave del éxito biológico: transmitir los propios genes– y su texto no es, de ningún modo, un argumento a favor de la desigualdad y la discriminación de las mujeres.
Biología y cultura son para el autor como el tambor y el tamborilero. El objetivo de su libro es comprender las bases biológicas de la vida humana y su importancia en cuanto a una comprensión más detenida de la cultura. Como feminista que acepta la importancia y valor de la ciencia, soy consciente de lo que la bióloga y filósofa Donna Haraway indicó en Visiones primates. Género, raza y naturaleza en la ciencia moderna (1989): la interpretación de los datos no está exenta de los sesgos culturales de la época. El estudio de los primates, cuestionó Haraway, daba por sentado que la dominación masculina formaba parte de lo que con cierta ligereza suele proclamarse como “natural”, un estado radicalmente distinto de la vida humana, anterior a nuestra condición de seres de cultura, pero que podría justificar las diferencias entre los géneros y el rechazo a la población LGBTIQ.
El texto de De Waal no niega los sesgos de la actividad científica, pero contradice abiertamente a Haraway en un punto: el que haya sesgos no implica que no puedan corregirse. En la medida en que han mejorado las condiciones de la observación de la conducta animal, de por sí difícil porque los primates en cautividad y libertad atienden a demandas ambientales distintas, ha sido posible contrastar datos e informaciones provenientes también de mujeres científicas. Mientras los investigadores varones suelen subrayar la violencia, ellas se inclinan por subrayar la cooperación.
Por esta razón, De Waal registra que no solo hay violencia y verticalidad en el caso del líder chimpancé, también hay cooperación y amistad; por otra parte, las hembras tienen jerarquías entre ellas e intervienen en las disputas entre los machos apoyando a uno o a otro. Es decir, la idea de una hembra chimpancé pasiva y relegada que “naturalizaría” la pasividad de la mujer no parece muy ajustada. Las bonobas dominantes mantienen la violencia de los machos a la raya cooperando entre ellas, y practican el sexo por placer y para reforzar vínculos, costumbre registrada igualmente entre los machos. ¿A quién nos parecemos las mujeres, a la hembra chimpancé o a la hembra bonoba? ¿No será que nos movemos en un espacio intermedio y cambiante? ¿O acaso debemos desechar del todo esta posibilidad en función del constructivismo social radical que niega las consecuencias conductuales de la biología?
La postura de De Waal contrasta con los debates académicos feministas de mayor relevancia actualmente, marcados por una impronta antibiologicista que se inclina por el constructivismo social radical: no existe una realidad independiente del lenguaje y de la cultura, por lo tanto tampoco existen los géneros como expresión del sexo biológico. Estas ideas convirtieron a El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (1999), de Judith Butler, en un texto de influencia capital que convirtió a su autora en una de las figuras más influyentes del siglo XXI y abrió la puerta al interés sostenido en su obra posterior. Desde este punto de vista, las diferencias entre los géneros no obedecen al sexo biológico sino a valores, ideas y exigencias culturales que legitiman la dominación masculina. Sin duda, la diferencia sexo-género ha tenido un valor emancipatorio vital, pues ha echado por tierra ideas que apenas hace un siglo estaban normalizadas, como la infantilización de las mujeres desde el punto de vista legal, sometidas siempre a una tutela masculina. No obstante, negar todo fundamento biológico a la conducta humana no pareciera un camino muy fecundo para unas relaciones productivas entre el feminismo y la biología. Somos animales, y contar con el lenguaje no nos hace infinitamente maleables.
Como niña que jugó indistintamente con muñecas, pistolas y carritos e interactuó con hembras y varones, el capítulo del libro que me resultó más difícil fue el de los juguetes, un terreno en el que el constructivismo social ha sido muy claro: los juguetes obedecen a patrones culturales de reforzamiento de los géneros. Pero De Waal observa que cuando se le presentan juguetes humanos a nuestros primos, sus patrones de selección coinciden asombrosamente con los nuestros:
Kim Wallen, una colega de la Universidad Emory, y su discípula Janice Hassett proporcionaron a un grupo de 135 monos dos clases de juguetes para ver cuáles elegían. Se los ofrecían simultáneamente: muñecos de felpa o peluche, y juguetes con ruedas, como coches. Los machos iban a por los juguetes con ruedas. Eran más selectivos que las hembras, que se interesaban por todos los juguetes, coches incluidos. Era la indiferencia de los machos hacia los peluches lo que hacía que la mayoría acabara en manos femeninas. Los niños exhiben una pauta similar, con preferencias más pronunciadas en los varones. Una explicación corriente es que a los chicos les incomoda adoptar roles femeninos, mientras que a las chicas les incomoda menos adoptar roles masculinos. Pero no hay evidencia alguna de que los monos se preocupen por la percepción del género, por lo que es improbable que ellos sientan la misma incomodidad que se atribuye a los niños humanos. La realidad quizás sea más sencilla: puede que, simplemente, las muñecas no atraigan a la mayoría de los machos primates, niños o monos.
Niños y niñas comparten juegos de mesa, cantar, bailar, correr o practicar deportes juntos, pero las diferencias corporales hacen más activos a los niños que a las niñas, situación semejante a la de otros primates. El que hombres y mujeres sean diferentes no implica que sean desiguales, sino que sus roles no son exclusivamente producto de la dominación masculina sino parte de tendencias biológicas que, por cierto, no son destino, a diferencia de lo que en alguna oportunidad dijo Sigmund Freud. Que las niñas, en promedio, se interesen más por la maternidad no tiene nada de especial y tampoco que los niños estén más pendientes de la acción; el problema surge cuando tales disposiciones se convierten en límites definitivos cuyo costo de superación es muy alto. No todos los varones son candidatos a futbolistas ni todas las mujeres son candidatas a madres a tiempo completo.
Por último, y para sorpresa de quienes rechazan a la población LGBTQ en nombre de la naturaleza, las bonobas son muy amigas del sexo entre ellas, y lo mismo ocurre con los machos. Además, se registran 400 especies animales en las que se practica la homosexualidad. Incluso, se han identificado hembras y machos que caben dentro de la categoría trans y que no son excluidos del grupo, aunque no se destacan por su éxito reproductivo. Para De Waal, la biología indica que tenemos predisposiciones genéticas que nos hacen más proclives a ciertas conductas y comportamientos, un excelente argumento frente a las terapias de conversión y la moralina religiosa.
Diferentes abre muchas preguntas: ¿si un comportamiento está presente en todos los primates significa que no debe reprimirse en la vida humana? Es muy fácil como feminista alegrarse de la existencia de las bonobas o como homosexual suspirar de alivio porque se cuenta con un argumento contundente a favor de lo que en otros tiempos se calificaba de actos “contranatura”. También que los machos primates no suelen interesarse por la cría pero pueden perfectamente hacerlo, al igual que los hombres que asumen su rol de padres. ¿Vale lo mismo para el sexo forzado efectivamente existente en la naturaleza? ¿O las guerras y la violencia homicida en la que pueden incurrir los machos chimpancés en su entorno natural? ¿La inexistencia de la monogamia entre nuestros parientes justifica que nosotros no la practiquemos? No es lo mismo aceptar la violencia de los machos primates en su entorno natural que la guerra entre Ucrania y Rusia o entre Estados Unidos e Irán, en un planeta que cuenta con armamento nuclear. El fundamento biológico que hace comprensible una conducta humana persistente –las guerras, protagonizadas, en general pero no exclusivamente, por hombres– no sirve de mucho cuando se pondera racionalmente el alcance de las pérdidas. Además, es más divertido vivir como bonobos.
De Waal indica que no estamos absolutamente programados, que tenemos un margen para discernir. Por tal razón, la dominación masculina es criticable por cuanto limita y estigmatiza la variabilidad de la conducta humana. El feminismo ha valido la pena por cuanto ha reivindicado tal variabilidad y ha abierto una comprensión mucho más amplia de la vida. Ciertamente, como dice el autor, no se estudian otras especies con el fin de satisfacer nuestros deseos, por muy poderosos que sean, pero la ciencia puede servir para entendernos sin limitarnos. A diferencia de otros primates, podemos, así sea con grandes obstáculos, elegir y cambiar las cosas tanto como nos permiten nuestras sociedades y nuestra trayectoria como individuos. ~