El arte del desvío

Into the weeds

Lydia Davis

Yale University Press

New Haven, 2025, 152 pp.

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“¿Por qué escribo?” es el título de la serie de ensayos de Yale University Press en la que diversos autores explican la razón por la que lo hacen. Los ensayos publicados hasta ahora van desde una suerte de autobiografía en la que Patti Smith recorre su trayectoria creativa hasta la genealogía familiar de lectores de Natasha Trethewey. Si las razones que ofrecen parecen insuficientes para responder a la cuestión es porque quizá lo son. Tener una biblioteca, padres lectores o deseo de trascendencia puede ser una motivación para escribir, pero no alcanza para explicar lo que termina convertido en literatura. 

Into the weeds introduce a Lydia Davis, ensayista, traductora y autora de microrrelatos excepcionales, en la colección. Una de las primeras cosas que hace –y que volverá a hacer al menos una decena de veces– es repetir la pregunta: ¿por qué escribo? También alude a la simplificación que suele rondar a los autores. Menciona, por ejemplo, una ocasión en la que alguien le dijo: “Eres escritora, ¡debes tener mucho que decir!”. “¿Es tan simple? –cuestiona– ¿Escribo porque tengo demasiado por decir?”. Es cierto, responde, pero también la mayoría tiene mucho que contar. “Los humanos con mucho que decir hacen ruido, al igual que los grillos, los perros, los ratones”. 

Muy pronto aparece en el libro John Ashbery. En las Charles Eliot Norton Lectures de Harvard, reunidas en Other traditions (2025), cuenta Davis, cuando se le pidió que explicara sus poemas, Ashbery respondió que la explicación estaba en los poemas mismos, y citó a John Barth: “No deberías prestar demasiada atención a lo que un escritor dice. Ellos no saben por qué hacen lo que hacen”.

“Qué idea sensible y modesta la de Ashbery, pienso, la de dirigir la atención lejos de él”. Davis también relata que al explicar el origen de su poema “Self-portrait in a convex mirror”, Ashbery se sintió “inmediatamente atrapado e incómodo” al ver por primera vez la pintura de Parmigianino (que lleva el mismo título), por lo que “pensó hacer algo al respecto”. Davis lo parafrasea así: “La razón por la que escribo determinada historia quizá sea porque algo me inquieta hasta que hago algo al respecto”.

En vez de explicar por qué escribe, dirige esa pregunta a cómo lo hace, pero Davis no avanza hacia una respuesta única, sino que se desvía y construye un recorrido aparentemente desordenado a partir de la acumulación, la digresión y la asociación: hila un recuerdo personal con un autor, que la lleva a otro por semejanza formal, estética, temática o temporal. De pronto se detiene en detalles nimios: unos zapatos, las vacas de la zona en la que vive, su gato, un bastón. Las asociaciones parecen casuales, pero es ese mecanismo de asociación lo que Davis está observando: cómo algo del mundo llama su atención y, al hacerlo, empieza a adquirir una forma, lo que podría leerse como su método para abordar la ficción. 

Into the weeds no se asemeja en nada a sus textos reunidos en Ensayos I y Ensayos II, articulados ordenadamente bajo una premisa clara que se desarrolla sin desviaciones a lo largo del tema sobre el que ensaya, ya sea sus inicios en la literatura y su obsesión –desde entonces–por la sintaxis y “el uso preciso y sonoro del léxico” de sus autores de referencia, hasta el arte de Joan Mitchell. También contrasta con la condensación extrema de sus relatos, que parecen nacidos de una lógica matemática perfecta, compactos, con distancia irónica y con formulaciones que despersonalizan la voz. Frente a esa precisión, Into the weeds parece escrito por una Davis que se permite perder el hilo para descubrir adónde la lleva.

A lo largo del libro abundan los “quizá” y “tal vez”. La duda no parece una falta de decisión, sino una forma de mantener esa digresión en movimiento.

Como tiene apariencia de diario literario (no lo es) y Davis dice que fue escrito en “tiempo real”, Into the weeds produce la ilusión de una escritura que se descubre sobre la marcha, pero hay algo deliberadamente engañoso en esa sensación de espontaneidad. Los desvíos parecen producirse solos, pero podemos intuir que ha decidido cuáles conservar.

A pesar de ser un ensayo placentero, hay momentos en que puede volverse tedioso, como cuando se detiene en una lectura exhaustiva de The wheelwright’s shop de George Sturt, en el que el autor dedica cientos de páginas a dejar registro de un oficio a punto de extinguirse a fines del siglo XIX: la fabricación de ruedas de madera para carruajes. Davis lee el libro que un amigo le ha regalado en Navidad (cuidado con las amistades) y reconoce que ella misma ha sentido el tedio que luego nos traslada a los lectores a lo largo de unas quince páginas. El libro es árido, técnico, pero a su vez encuentra en él belleza en la sonoridad, el ritmo y el balance con que está escrito, y en la relación del autor con el lenguaje. Justo cuando parece estar desarrollando la idea al modo en que suele ensayar, vuelve a irse por las ramas. Por qué ha escrito ese libro, se pregunta Davis e hipotetiza en varios párrafos. Es evidente, concluye, que Sturt no escribió para una audiencia, sino porque sabía demasiado de este oficio y no quería llevarse ese conocimiento a la tumba, pero también “para admirarlo, para saborearlo al contarlo, para recordarlo y revivirlo”. ¿Podría Davis haber dicho simplemente que Sturt –como ella, como otros– lo escribió por placer y que ese placer es uno más bien egoísta que no necesita justificación? 

Ya en 2014, durante unas charlas del Festival de Literatura de Luisiana, a Davis le preguntaron lo mismo que da pie a esta serie de libros. Su respuesta entonces anticipó la que construye Into the weeds: escribir le permite tomar la materia prima del mundo y darle forma. Más de una década después, el libro parece llevar esa respuesta hasta sus últimas consecuencias. Quizá llenar 152 páginas con algo que se resume en una oración sea un desafío para alguien que se distingue por la concisión, pero también cabe la posibilidad de que sea una forma de averiguar qué ocurre cuando, por una vez, decide no abreviar el camino.  ~


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