Vida y milagros del increíble Chicho

Fernando Trueba dedicó su segundo largometraje a Chicho Sánchez Ferlosio, uno de los personajes más fascinantes que ha dado la España de la segunda mitad del siglo XX. La película vuelve ahora restaurada a las salas comerciales.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Como personaje de ficción, Chicho Sánchez Ferlosio habría resultado increíble. Solo el carácter disparatado de sus ocurrencias hubiera asegurado en el lector eso que los pedantes llaman la suspensión de la incredulidad, mucho menos exigente ante la comicidad que ante la tragedia. Pero Chicho no era un personaje de ficción y la persona impar que fue no necesita ser verosímil para ser verdad.

La que habría de ser una vida a contramano de lo establecido quedó ya en sus rasgos generales esquemáticamente representada en la contradicción de su nombre y el apodo por el que todo el mundo lo conoce. Nacido el 8 de abril de 1940 en Madrid, sus padres le pusieron José Antonio, al parecer por sugerencia de sus hermanos Miguel y Rafael, que guardaban de Primo de Rivera un recuerdo imborrable de cuando pasaba por su casa y se detenía a jugar con ellos al Mecano. Dos ilustres falangistas más, caídos por Dios y por España, vinieron a sumarse en la pila bautismal: Julio, por Julio Ruíz de Alda, y Onésimo, por Onésimo Redondo. José Antonio Julio Onésimo Sanchéz Ferlosio será su nombre, aunque enseguida su madre, Liliana Ferlosio, empezará a llamarle cariñosamente Ciccio (gordito), apelativo habitual que muchas madres usan en Italia para llamar a sus bebés. Así fue como un extenso, antipático y rimbombante nombre cargado de muerte y Falange resultó burlado por un apodo singular lleno de vida y compás: Chicho.

Rafael Sánchez Mazas –uno de los fundadores de Falange que participó en la creación colectiva del “Cara al sol” y al que se le atribuye la expresión de “¡Arriba España!”–, era entonces ministro sin cartera del segundo gobierno del Generalísimo. El particular carácter y la falta de puntualidad de Sánchez Mazas debían desentonar bastante en relación a sus compañeros, y no tardará en ser cesado por Franco, un año después de ser nombrado, cuando Chicho contaba con cuatro meses de edad. La relativa falta de medios en la que quedó la familia al perder el sueldo de ministro no duró mucho. Liliana se marchó con sus hijos a casa de sus padres en Roma, donde pensaban vivir, hasta que la muerte repentina de su tía Julia Sánchez Hernández convierte a su sobrino Sánchez Mazas en rico terrateniente. Un golpe de suerte más en la afortunada vida del padre de Chicho, una herencia que permitirá, andando el tiempo, que sus hijos mal que bien puedan desarrollar su vida a capricho, sin la necesidad imperiosa de tener que trabajar para sobrevivir como el común de los mortales.

El patrimonio recibido reunía fincas de miles de hectáreas y un palacio señorial del siglo XV adosado a la muralla de Coria, con bibliotecas surtidas, espejos venecianos, manteles de encaje en oro, cubiertos de plata, camas con dosel y abundante dinero en metálico escondido en la carbonera. Chicho, aún de pañales, regresará con su madre y sus hermanos al chalet del Viso madrileño, y el palacio de Coria será la segunda residencia familiar. ¿Cómo habría sido Chicho de haber nacido en el contexto de una familia trabajadora? Solemos pensar acerca del genio que su talento es innato, pero cómo no fijarnos en el trampolín que supone el abolengo de su cuna o la libertad que le dio no tener que preocuparse en buscar un sustento para mantenerse. Chicho dilapidó con alegría y generosidad la fortuna familiar de la que pudo disponer, sin ninguna previsión de futuro, aceptando a lo largo de su vida momentos de abundancia y de precariedad, que también los hubo.

Chichadas

Chicho tuvo una infancia de niño redicho y una adolescencia revoltosa, llena de ocurrencias singulares –“chichadas” las empezaron a llamar–, una constante en su vida que ha creado leyenda. Pero Chicho fue más que un hombre ocurrente, aunque, incluso en eso, en sus imprevisibles reacciones, mantiene el sello de la genialidad y un aire de libertad que resulta admirable. Alguien podría calificarlo como artista performático, sin embargo, sería rebajar su poder, banalizar la manera en que sus actos resultaban propios de un hombre libre, ensanchando los márgenes de lo posible y creando una honda impresión entre los presentes. Chicho era un maestro antiautoritario que con la propaganda por el hecho que suponía su manera de estar en el mundo socavaba los cimientos de la tiranía que nos habita por dentro. Las chichadas ponen siempre en crisis algún dogma de fe: nuestra sedentaria existencia, nuestra sumisión horaria, nuestros patrones mentales, nuestra agitada rutina, nuestro panteón de autoridades, nuestras creencias… Ese conjunto de programaciones que ordena el día a día en unos cauces muy concretos es cuestionado en la obra de Chicho. 

Cuando digo obra incluyo, además de sus canciones, estas acciones que sin tener un soporte material se mantienen vivas en la memoria y han llegado hasta nosotros en forma de relato oral transmitido con pasión legendaria por sus amigos y seguidores. Chicho se habría reído al escuchar sus chichadas elevadas con rimbombancia a la categoría de obra de arte, pero es la manera que tengo de señalar al lector el valor que tuvo simplemente por vivir cómo vivía. Ya quisieran muchos de esos artistas que llenan el mundo de pesadas obras un poco de la ligereza y la gracia de aquellas chichadas.

El último juglar

Dicho esto, que su arte se manifiesta más allá de las canciones y poemas que dejó, paso a ocuparme de su importancia como cantante, que no es poca, pese a los esfuerzos que hizo el mismo Chicho por quedarse al margen. Cuando me vine a vivir a Madrid en el año 1996 yo ya sabía de él porque mi padrastro lo había conocido años atrás. Me había contado alguna de sus chichadas y hasta me había enseñado sus “Coplas del forzado”, la primera canción que yo toqué en la guitarra, conocida después con el título más descriptivo de “Maldita mili”:

No hay bien que por mal no venga
ni principio sin final,
ni principio sin final ni filósofo sin pena,
flor del rosal, mal rayo parta al general.

“Vete a ver a Chicho”, me dijo mi padrastro, dándome las señas del café La Manuela. Allí, rodeado de unas treinta personas, lo vi actuar con Rosa, su mujer, y con Mariano Marín al piano. Quedé deslumbrado y le pedí su teléfono con la intención de entrevistarlo para el Libertario andaluz, una publicación volandera que sacábamos un grupo anarquista en un pueblo perdido de Sevilla. Entre medias lo visité varias veces en su casa del barrio del Pilar. Me pasó una cinta en VHS de la película Mientras el cuerpo aguante, que había grabado en una rara ocasión en que la pusieron de madrugada en Televisión Española. En una de estas le pregunté si había grabado algún disco y me dijo que no. Que me había mentido tardé en descubrirlo; entonces, aunque parezca increíble, no existía Internet. Chicho apreciaba la película que había hecho con Trueba, según me dijo, después de haberla visto al cabo de los años, no le parecía que ahí cantase con Rosa tan mal como se temía. En cambio, sobre sus discos, como supe después, tenía una pésima opinión. Al disco de Clarté, Canciones de la Resistencia Española (1964), no le daba ninguna importancia, y, de hecho, trataba a ese cancionero comprometido como un fruto inmaduro de juventud, “una cosa antigua” a la que podía volver para recordar una época pasada, “pero nada más”, como asegura antes de interpretar “La paloma”, en Mientras el cuerpo aguante.  

A pesar de su mal registro, el cancionero de Chicho, especialmente sus primeras canciones militantes, ha tenido una difusión extraordinaria. Dado que en el disco de Clarté no aparece referencia de su autoría –“Se silencia el nombre por razones de seguridad”, se podía leer en aquella edición– la popularización de estas canciones se dio de forma anónima o en las voces de Rolando Alarcón, Quilapayún, Soledad Bravo o Julia León, que las cantaron por otras latitudes, mientras que aquí se difundían por entornos universitarios pasando a ser parte del repertorio militante del antifranquismo, junto a canciones como “L’estaca” o “La poesía es un arma cargada de futuro”. 

Las seis canciones grabadas por los suecos en 1963 y publicadas en enero del año siguiente convierten a Chicho en uno de los padres de la canción de autor en España. Paco Ibáñez había empezado en París poniendo música a “La más bella niña”, un poema de Góngora, en 1956, pero no fue hasta 1964 que sus canciones fueron publicadas en un disco y llegaron a España. “Al vent” fue compuesta por Raimon a lomos de una Vespa en 1959, pero apareció en un EP en 1963. Pues bien, desde al menos 1962, Chicho andaba componiendo estas canciones y cantándolas en ámbitos universitarios y militantes con el objetivo de subvertir el sistema establecido. Dado que Chicho no componía pensando en hacer carrera musical (y pasar la censura), es el suyo el repertorio más explícito de la época: contra el trabajo y la explotación capitalista en “La paloma” (“Soy un hombre del pueblo / harto de trabajar, / mi vida es el trabajo, paloma, / pero me pagan mal. / Las leyes están hechas / a favor del patrón, / la ley no escucha al pueblo, paloma, / aunque tenga razón. / Que no, que no, paloma, no, / que así que no trabajo yo”); antimilitarista y en favor de la lucha armada contra la tiranía del poder en la “Canción de soldados” (“Ay, que yo no tiro, que no, / ay, que yo no tiro, que no, / ay, que yo no tiro contra mis hermanos. / Ay, que yo tiraba tiraba, que sí, / ay que yo tiraba tiraba, que sí, / contra los que ahogan al pueblo en sus manos”); contra la pena de muerte en la “Canción de Julián Grimau”, compuesta horas después de que el dirigente comunista fuera ejecutado la madrugada del 20 de abril de 1963 (“He conocido el crimen una mañana; / color tiene mi pena de sangre humana. / Solo nubes y plomo lo presenciaron: / Julián Grimau, hermano, / te asesinaron, te asesinaron”); o en favor de la huelga general en “A la huelga” (“A la huelga diez, / a la huelga cien, / a la huelga, madre, / yo voy también. / A la huelga cien, / a la huelga mil, / yo por ellos, madre, / y ellos por mí”).

De todas ellas, quizás las más conocidas fueran las “Coplas del tiempo I” (“Hay una huelga en Asturias / que calienta España entera / y es que allí se ha levantado / toda la cuenca minera”), sobre las huelgas mineras de Asturias de 1962, y, sobre todo, la de “Los dos gallos” –más conocida hoy por versiones como la de Silvia Pérez Cruz, como “Gallo rojo, gallo negro”–, un tema que pese a ser de los primeras que nutren el repertorio de la canción protesta española, lleva ya en su estribillo el anuncio del desencanto:

Ay,
si es que yo miento
que el cantar que yo canto
lo borre el viento.
Ay,
qué desencanto
si me borrara el viento
lo que yo canto. 

“Los dos gallos” o “Gallo rojo, gallo negro”, la canción más conocida de Chicho.

Este primer repertorio, compuesto de urgencia y pese a su belleza inevitablemente dicotómico y panfletario, constituye un logro ejemplar como cancionero revolucionario, más emparentado con las canciones anónimas de la guerra civil que con la llamada “canción de autor”, donde la personalidad del creador a menudo sobrevive y se impone a sus canciones. En el caso de Chicho hay, en estos primeros temas, una contribución emboscada que ilumina un cancionero desde un nosotros que incluye a cualquiera que estuviese contra el régimen. Además de este propósito en favor de la causa revolucionaria, dejando a un lado la propia promoción personal –inevitable en el momento en el que se entra en el sistema discográfico–, estas seis canciones triunfaron de boca en boca, sin que casi nadie supiera que eran de Chicho. Mis padres las conocían como anónimas canciones de lucha, no la relacionaban con el autor de “Círculos viciosos” –la canción que cerraba el disco de La mandrágora de Javier Krahe, Joaquín Sabina y Alberto Pérez– ni de esas otras canciones de Chicho y Agustín García Calvo que cantaba Amancio Prada y que también formaban parte de la discoteca familiar. 

Último juglar, hombre impar siempre a la contra, cualquier etiqueta le sienta mal, de ahí que su papel histórico como padre de la canción protesta, junto a Raimon y Paco Ibáñez, no haya sido del todo reconocido. Y es una pena, no porque Chicho perdiera en vida el aprecio que le debemos, sino por aquellas grandes canciones que pudiendo ser populares han quedado en la penumbra de ser consideradas de culto. Por ejemplo, suya es la mejor canción sobre la pena de muerte que tenemos en España, “Última voluntad (ejecución pública)” se titula, y quizás fue compuesta cuando mataron a Salvador Puig Antich: menos de un minuto y medio de canción a capela, sin más aditamento que la voz de Chicho “al natural”. Una obra maestra apenas conocida que cierra su primera etapa de protesta –unos años que cuentan con una docena más de canciones que retratan la vida de un militante de extrema izquierda–, un final que no pone ya el acento en la revolución colectiva, sino en los derechos humanos individuales, en el derecho a que la vida esté garantizada y el poder no abuse con sus leyes, “su corte y su parlamento”.

“Última voluntad (ejecución pública)”, una canción a capela de menos de un minuto y medio se convierte en uno de los grandes alegatos contra la pena de muerte.

Entretanto la vida

 La inquietud de Chicho le hace vivir muchas aventuras, políticas y vitales, siempre un paso por delante de aquella década prodigiosa. Comienza estudios de Derecho en Salamanca en 1957 y enseguida los abandona para recalar en la facultad de Filosofía y Letras de Madrid en 1960, donde se dedica más a la agitación estudiantil que a pasar por clase. Entremedias se ha casado con Ana Guardione, con la que un año y medio antes ha tenido a Marcos, su primer hijo. 

Denunciado por blasfemia por un cura que al parecer lo escuchó cantar “Preguntitas sobre Dios” de Atahualpa Yupanqui, en noviembre de 1960 conoce por primera vez la cárcel. Una condena de seis meses, la mitad de los cuales se los pasa en una celda de aislamiento, durmiendo en el suelo. Ese fue su encarcelamiento más largo, pero no el único, al menos estuvo a la sombra en cinco o seis ocasiones más. En febrero de 1962 vuelve a ser detenido “por hacer una colecta en pro del detenido estudiante Luis Gómez Llorente”, según se lee en un informe policial posterior, que lo califica de “muy definida ideología marxista”, y donde también se da cuenta de una tercera detención, el 28 de agosto de 1963 por escribir la palabra Huelga en un buzón de correos en las inmediaciones de la Delegación Nacional de Sindicatos.

Chicho estaba ya comprometido con el PCE y a finales de septiembre de ese año cae el grupúsculo del que forma parte. En esta ocasión, coincide durante tres meses en Carabanchel con los mineros asturianos presos. Al verano siguiente, su hijo Marcos, que aún no ha cumplido los cuatro años, muere ahogado en la piscina de Coria. 

No tarda en desengañarse del burocrático Partido Comunista de Carrillo y se hace prochino ingresando en el PCE marxista-leninista, que lo manda a la idealizada Albania en la primavera de 1966, a trabajar en Radio Tirana. Al mes, tras comprobar las desigualdades sociales y los privilegios de la clase dirigente albanesa, regresa a Madrid totalmente desencantado con el socialismo y con la hipocresía de sus compañeros de organización, que, a despecho de la realidad, siguen defendiendo la República Socialista Popular de Albania como si se tratara de la utopía al fin realizada. Aquel año nace su hijo Andrés y muere su padre. En 1968 vive el mayo francés sin gran entusiasmo y a finales de julio nace su hija Brígida. En 1969 lo acusan de haber intentado atropellar a un policía y Chicho se escapa a Italia, donde vivirá durante medio año. 

De regreso a España pasa tres meses en la cárcel de Carabanchel, hasta que su abogado desmonta la acusación del policía y sale absuelto. Según me contó él mismo, es entonces cuando la discográfica CBS se instala en España y le propone antes que a otros grabarle un disco. Chicho, sin embargo, prefiere emprender su viaje a Oriente en furgoneta con el dinero que ha sacado de la venta de la gran finca de Montesordo que había heredado a medias con su hermano Rafael. Camino de regreso, tras siete u ocho meses de odisea, la familia decide parar en Ginebra a visitar a su hermano Miguel, cuando la policía detiene a Chicho al encontrar escondido en el motor de la Volkswagen varios ladrillos de hachís. En el juicio, vestido con un terno negro y un gran collar de abalorios orientales basa su defensa en ser un científico que investiga el cannabis. Sea como fuera, lo absuelven con la prohibición de pisar Suiza en los siguientes cinco años, y todavía tiene el valor de reclamar el hachís incautado, extremo que no consigue. 

Se separa de Ana Guardione y comienza una relación con María del Carmen Martínez, Menchu, con quien tiene un hijo, Pablo, en enero de 1975. Una serie de complicaciones hacen que el bebé quede con parálisis cerebral. La tragedia con sus hijos tendrá todavía un episodio amargo con la muerte de su hija Brígida, a consecuencia de la caída de un caballo en el verano de 1977. 

En 1978 graba A contratiempo, donde recoge una selección de canciones muy distintas de su primer repertorio militante. El sueño de la revolución colectiva y su retórica ha sido sustituido por la subversión cotidiana y una suerte de anarquismo anarquizante, muy en consonancia con lo que su amigo García Calvo va predicando por bares y ateneos. El pueblo ha dejado paso al cualquiera, y el acento se pone en el no ser, pues la identidad personal es una alienación más en este mundo engañoso y opresor.

Fotograma de Mientras el cuerpo aguante (Fernando Trueba, 1982).

‘A contratiempo’

A contratiempo (1978) fue el único disco de estudio que grabó Chicho. Las composiciones propias se mezclan con canciones hechas a partir de poemas de García Calvo, su cuñada Carmen Martín Gaite, su hermano Rafael, su padre y el mismo Dante, del que tomó en su italiano original nada menos que el comienzo del Canto III, para, a ritmo de una letanía blusera, entonar el momento en el que de la mano de Virgilio se encuentra Dante con la puerta del infierno, en cuyo dintel puede leerse el famoso endecasílabo “lasciate ogni speranza voi che entrate”.

No es la única actualización de un texto clásico; más interesante aún es la presencia en este disco del Carmen Arvale, un himno ritual en latín arcaico que la cofradía romana de los Frates Arvales cantaba. La reconstrucción del texto latino es de Agustín García Calvo y deja de lado la interpretación más usual que lo toma como una súplica a Marte y a los dioses del hogar pidiendo protección de los campos frente a plagas. El Carmen Arvale que canta Chicho como en trance, entre el rock and roll y la tarantela, es una invocación guerrera, un rito propiciatorio para cantar y bailar antes de entrar en batalla, un acto de magia mimética en el que se representa con brincos de victoria el ataque y la derrota del enemigo contra el que se va a luchar.

De la tradición española Chicho incorpora dos romances anónimos a los que pone música: “Ladinadinadaina”, del siglo XVII, transmitida a Chicho por su hermano Rafael, una historia de un crimen pasional al truculento estilo de los pliegos de cordel; y el “Romance del prisionero”, culmen de nuestro Romancero viejo, al que tras su brusco final Chicho añade cuatro seguidillas arromanzadas de aire existencialista, pero con sabor añejo: “Cárcel tengo por fuera, / cárcel por dentro, / voy vagando y vagando / puerta no encuentro. // Tener no me importara / cárcel por fuera / si de la de aquí adentro / salir pudiera”.  

Sobre las cárceles, más declamada que cantada, aparece también en el disco la “Balada de las prisiones de verano de 1968”, de García Calvo, autor que repite con “La gracia nevando”, unos “antivillancicos” contra la fe y en favor del olvido de los dogmas que nos conforman como sujetos (“Cuando ciegue el alma / el ciego verá”); “Afró Tambú”, una imprecación a la diosa del amor –llamada por los distintos nombres que tiene en distintas tradiciones: Afró, Tambú, Zadüingara, Júmbara y Semelé– para conseguir el favor de “Mariló, la de mansos ojos”; y la canción que da título al disco, “A contratiempo”, que el poeta antizamorano escribió a partir de la ocurrencia y los versos iniciales de Rafael Sánchez Ferlosio (“Carabelas de Colón, / todavía estáis a tiempo”), un poema que el propio Chicho en alguna ocasión presentó como el intento de expresar “la loca carrera del tiempo actual, del mundo que nos estamos encontrando, tomando como modelo de este mundo histórico el nuevo mundo geográfico que se descubrió en América”, un poema en el que “se imagina que las carabelas simplemente se vuelven atrás, e incluso se vuelven a convertir otra vez en la madera que fueron, para crecer como árboles otra vez”.

Una de mis preferidas es “Ni aguantar ni escapar”, una canción de corro que juega a la adivinanza en una letra de Carmen Martín Gaite que va enumerando extremos y encuentros paradójicos, retratando esa búsqueda constante del justo medio en la que se nos va la vida: “Ni de ida ni de vuelta / ni al margen ni en el ajo / ni pasión ni desdén: / vacilación resuelta / con el suelo debajo / por entre el mal y el bien”.

El disco se cierra con “Llegarás por los calveros”, un poema del padre, Rafael Sánchez Mazas, que predice la llegada de la muerte como una señora blanca atravesando la dehesa extremeña.

Este conjunto de temas hechos a partir de poemas ajenos se completa con las cinco canciones de Chicho, que son las que han aguantado mejor el paso del tiempo, o al menos las más escuchadas en las plataformas digitales. De su anterior repertorio incluyó el clásico “Los dos gallos” y “La paloma”. “Los dos gallos”, además de ser la primera canción que sacó a relucir el fantasma del desencanto, como ya he comentado, fue también origen del título de la película de Jaime Chávarri sobre la familia Panero. Fue el fenómeno de El desencanto (1976) el que popularizó el término como un estado de desilusión político común a la generación del sesenta y ocho que quiso cambiar el mundo. Como una suerte de profecía, a finales de los setenta, el estribillo de Chicho acababa cumpliéndose en sus negros augurios: la visión dicotómica de los dos gallos, uno bueno y otro malo, resultó mentirosa, el viento de los tiempos borró las canciones de entonces produciendo el des-en-canto, no solo porque el avance del mundo no siguiera la ansiada senda revolucionaria y a la mayoría de la gente le importara un pimiento, sino porque siendo pocos los que venían a representar la lucha del incansable y valiente gallo rojo, no hacían más que pelearse entre ellos por el poder, perdiendo la fuerza en esas guerras intestinas.

Cuando el cambio de régimen abre la posibilidad a muchos correligionarios antifranquistas de vivir de la política de partidos aspirando a un cargo representativo, Chicho hace tiempo que ha dejado de enarbolar la bandera de la transformación social y ha pasado del nosotros a una defensa de la singularidad del cualquiera frente a la opresión del poder y la alienación colectiva. En este sentido, la primera canción del disco, “Si las cosas no fueran”, es una canción amorosa –junto con “Afró Tambú”, las únicas con esta temática–, que más que de amor habla del frenesí del mundo que lo impide. Es este un alegato contra la enajenación contemporánea, cuyo trajín de rutinas y urgencias nos distrae de lo verdaderamente importante, el amor; un amor fraternal (“a tu vera, hermana mía, / cuantos ratos pasaría”), lejos de abstracciones ideales, que vive en el encuentro de los cuerpos y en pasar el rato al margen del enojo y la desesperación en los que a menudo caemos, rodeados como estamos de “ciertos humanos” que no se curan “del vicio de adueñarse de sus paisanos”.

En “Hoy no me levanto yo” abunda en su resistencia a las rutinas y programaciones sociales, rebelándose contra el mandato de levantarse de la cama, tan interiorizado dentro de cada uno de nosotros que la propuesta de desobedecerlo se vuelve irremediablemente cómica. Con el sentido del humor levantisco de las chichadas, esta gran canción se vuelve una denuncia incontestable de la agitación sin fruto propio de nuestra época de aceleración sin fin:

Hoy se nace con el sino
de actuar por actuar,
la gente anda arrebatada
y no se para a pensar
que hay veces que levantarse
se lo puede uno saltar
y aunque a nadie le hagas falta
allí te vienen a hurgar,
pues por mí que canten misa,
no me pienso levantar.

La cara A del vinilo se cierra con “El Ser”, que podría valer como resumen del ideario de García Calvo recogido en su Sermón de ser y no ser, “un poema que trata de hacer vivir la relación entre los problemas ontológicos y los conflictos políticos o personales”. Así la canción discurre con sorna como una especie de diálogo mayéutico, dirigido explícitamente a un buscador del ser, con respuestas desconcertantes que se refutan a sí mismas, hasta dejar la pregunta al desnudo como única contestación. La esencia humana se define aquí como una constante interrogación acerca de su naturaleza, donde toda posibilidad de anclaje es engañosa:

No preguntes por el hombre,
menos por la explotación,
que la pregunta pregunte
su propia interrogación.

Y ya que preguntamos preguntaré
por qué no te preguntas este porqué:
¿Qué será el ser?

La década de los setenta son los años en los que la revolución se deja de pensar en términos de clase mayoritaria y emergen las luchas de las minorías que aspiran a un mundo que no las excluya. Y junto con las minorías que buscan reconocimiento social también empiezan a ser legión aquellos que aspiran a la salvación individual a través de filosofías o religiones exóticas. En un mundo en constante cambio, el temor al desarraigo multiplica la oferta de identidades, cada una de ellas definida y defendida como esencial, como el camino a seguir, como el Ser con mayúsculas. Frente a los que creen haber hallado la respuesta inmutable, Chicho se queda con la pregunta, con la libertad de renunciar a definirse y la voluntad de vivir la vida como un experimento:


Preguntar la realidad
sin intentar transformarla,
eso es pasar por la vida
sin romperla ni mancharla.
Hay quien sigue caminos que son igual
que el del sol cuando pasa por el cristal.
¿Qué será el ser?

¿Qué es el ser, qué es el ser, qué es el
ser, qué es el ser, qué es el ser?
Eso es el ser.

“El Ser”, la mejor vacuna contra las identidades mayúsculas. En la imagen, la portada de A contratiempo (1978).

Chicho en otras voces

Chicho no tenía buena opinión del disco A contratiempo, decía de él que tenía serias malformaciones de nacimiento y que, si al principio “me parecía bastante aceptable”, “poco a poco fui viendo fallos hasta convencerme de que solo se salvaban dos o tres canciones”. El escaso sentido del ridículo del que podía hacer gala en sus chichadas, lo atenazaba si se trataba de cantar en un estudio de grabación. Su miedo frente al micrófono y su inseguridad ante el registro nos han dejado lamentablemente con muy pocas y maltrechas grabaciones. Porque lo cierto es que, si uno lo escuchaba cantar en directo, las canciones del disco sueco y de A contratiempo resultan decepcionantes: están en su mayoría desprovistas de su pulso rítmico, ralentizadas y con el tono normalmente más bajo de lo conveniente, y la voz se nota algo asustada, sin esos juegos melismáticos y ese vibrato asilvestrado que la hacía tan emocionante.

La siguiente grabación discográfica será ya con Rosa Jiménez. Un sencillo –el primer disco de la compañía Nuevos Medios de Mario Pacheco– con “Las coplas retrógradas” y “Zumba que zumba”, un tema del folklore venezolano que en España había dado a conocer Soledad Bravo. En un principio les ofrecieron grabar cuatro canciones, pero Chicho dijo que dos, y las dos se registraron en directo y con público en el café La Aurora en marzo de 1982. Las coplas retrógradas son una contestación lapidaria y corrosiva a los nuevos tiempos de modernidad que recorren el país:

Dicen que son mis coplas
del diecinueve
porque digo que es blanca
la blanca nieve,
yo no me enfado
que mi siglo parece
que no ha empezado.

Estas coplas se burlan de la frivolidad de la nueva ola y a la par defienden la necesidad de seguir denunciando de viva voz los atropellos del poder, más allá de su barniz constitucional, incluso de su carácter democrático: “Fuera el abuso, / fuera los abusones / y quien los puso”. A partir de entonces, la protesta frente a la estafa democrática y la incoherencia de los políticos que pasaron de la clandestinidad antifranquista a las poltronas del gobierno, será una constante en su cancionero. Coplas pidiendo la abstención en las elecciones se alternan con temas contra la corrupción, la entrada en la OTAN y las centrales nucleares. O contra la soberbia institucional de las nuevas autoridades que juegan con el tiempo de los cantantes, como aquellas dos dedicadas a la Diputación de Sevilla, por haberle suspendido sin aviso ni explicación un concierto, y al Ayuntamiento de Cádiz, por no pagarle un recital. “Canciones de un solo uso”, llamaba Chicho a estas composiciones urgentes usadas como arma en disputas transitorias, en este caso contra “estos políticos nuevos que el viejo Estado rezuma”.

Desde principio de los ochenta, quizás desde un poco antes, Rosa Jiménez será su compañera sentimental y artística. Rosa era la estudiante de psicología que se ocupaba de cuidar de Pablo, el hijo de Chicho y de Menchu. Chicho se enamora de Rosa y se vuelven inseparables. Mientras el cuerpo aguante muestra de soslayo los comienzos de una relación que continuará hasta la muerte de Chicho. Liliana Ferlosio, llama a su nueva nuera la Joselita, comparándola burlonamente con el pequeño ruiseñor. No debió de ser fácil para Rosa ser la pareja artística de un tipo tan fascinante y magnético como Chicho. Solo una gran cantante, con personalidad expresiva y una gran voz, podría haber pasado con éxito la prueba. No solo le pasa a ella, también para muchos, entre los que me encuentro, resulta molesto escuchar a Amancio Prada al lado de Chicho: es como juntar el agua con el aceite, la gracia popular y rítmica de Chicho no casa con la interpretación afectada y al ralentí de Amancio. Y eso que las mejores grabaciones, aquellas que permiten intuir lo que hubiera dado de sí nuestro cantante con una buena producción discográfica, son las que hizo con él en directo. Estoy hablando de “El mundo que yo no viva” o las seguidillas castellanas de “Pa la sangre”, registradas al alimón durante un concierto en el Círculo de Bellas Artes en 1998 y recopiladas por el leonés en el disco Hasta otro día, Chicho.

Gracias a Amancio Prada conocemos esas dos grandes canciones en voz de Chicho. La primera de ellas, quizás la mejor de las que hizo Chicho a partir de un poema de García Calvo, aborda el tema de la utopía como ese sueño irrealizable de un mundo “más limpio que agua de oro”, hecho de momentos sublimes, compartido con amigos y amores antiguos y liberado del yugo del trabajo: “El gran árbol le da su fruto / al que el nombre del fruto diga. / Ay de mi vida”. 

“El mundo que yo no viva”, poema de García Calvo hecho canción por Chicho, aquí interpretada con Amancio Prada en la Sala Manuel de Falla de la SGAE, el 7 de julio de 1998.

También le debemos a Amancio Prada haber grabado “Dulce vino de olvido”, una emocionante balada, la primera canción que expresa –Chicho siempre por delante– la pena de un padre separado que no puede ver a su hijo porque la madre se lo impide. Una canción que, según me dijo, fue consecuencia de un tiempo en el que Menchu, enfadada por la separación, le privó de ver a su hijo Pablo:

Ese niño que tienes mi rostro conocía / y por tu causa / moriré en su recuerdo día a día, / ese niño que tienes mi rostro conocía. // Como flores que nacen de una rama arrancada / salen mis versos / sabiendo que su suerte está ya echada, / como flores que nacen de una rama arrancada.

En ese mismo disco de 1985, aparecía “La vecina”, cuya letra había sido un poema de Chicho al que Amancio Prada metió por rumba. Recuerdo preguntarle a Chicho por ella y confirmarme que era una vecina a la que escuchaba discutir con su marido a través de la pared y que, sí, como contaba en el poema, le llegó a dar aquel papel que era una declaración de amor por redondillas, un amor que se conformaba con solo dar noticia de su deseo sin querer ir a mayores:

Por mí no tendrás problemas, / desconocida paloma, / tómatelo todo a broma / y arroja al fuego el poema. // Soy un viejo prematuro, / sin dientes y sin cabello, / pero me queda un destello / de niño sencillo y puro. // Jamás te molestaré, / me conformo con tu cara / y tu voz cálida y clara / a través de la pared.

Una tarde en el barrio del Pilar

Cuando lo fui a entrevistar a su piso en el barrio del Pilar, Chicho me dijo que quería grabar. Que se le había acabado el dinero de la herencia y que Rosa tenía mucho interés en grabar un disco. Yo tenía entonces 20 años y dedicaba con entrega la mitad de mis tardes a militar en el movimiento libertario. Mi fascinación absoluta por Chicho y mi ingenuidad ideológica me hacían verlo como la encarnación de un héroe insobornable, cuyo ejemplo mostraba la perfidia de tantos otros que se habían vendido al capital. 

Inocente de mí, pensaba hallar en él la confirmación definitiva sobre la Transición musical española, tal y como yo la entendía: la marginación de los cantautores más comprometidos, entre los que se encontraba él, y la promoción traicionera de los más comerciales junto con grupos pop que mostraran una nueva España de luz y de color, lejos del mal agüero de los cantantes protesta. Chicho me llevó en todo momento la contraria, para él mi interpretación estaba distorsionada por prejuicios éticos o políticos que nada tenían que ver con la canción, a la que había que juzgar como obra, deslindando lo que podíamos pensar de su creador o intérprete: “Hay cantantes que tienen un buen sentido de la música y una capacidad de concentrarse en lo que están cantando, que puede ser emotivo o hablar de cualquiera de nosotros, y, sin embargo, en su vida privada son unos cerdos”. Para Chicho era “lamentable tomar partido en estas cosas”, o dividir a los cantantes entre comprometidos o serviles:

No acepto la premisa de que en algún momento dado los cantantes tuvieron una función social de denuncia. Eso es un poco como los himnos militares. Cuanto más se parezca una canción a un himno militar que de alguna forma moviliza, peor. No, yo creo que es mejor lo contrario, alejarse para poder ver mejor lo que está ocurriendo y, en ese sentido, es más eficaz generalmente la burla, si de verdad encuentras motivos para burlarte.

Así hablaba Chicho, si tratabas de encuadrarlo en una casilla fija se revolvía incómodo. A excepción de su primer cancionero destinado a movilizar a las masas, su obra posterior se conformaba más en hacer pensar al individuo, hacerle sentir una determinada injusticia mediante una risa inteligente. Como en el Rock de Belloch, que el mismo Chicho me citara, donde señalaba las incoherencias del personaje cuando “coge el Ministerio de Justicia e Interior, / cosa que a un demócrata le da pavor”, o como en una de las muchas, al menos seis, que tuvo a bien dedicarle a Felipe González, la de “Medias verdades”. En esta canción, que pudimos escuchar los pocos que asistimos a sus conciertos en La Manuela, se demuestra aquello de que si hay genio no hay tema menor. Es una divertida denuncia dirigida hacia Felipe González que va enumerando los casos de corrupción de su gobierno haciendo uso de la reticencia, una figura retórica que consiste, según la RAE, en la “expresión de un enunciado incompleto, pero que da a entender el sentido de lo que no se dice, y a veces más de lo que se calla”: “De medias verdades / te quejas tú, / Feli Gonzá / poli corrú”. El público al escucharla entonces se partía de risa, terminando mentalmente los nombres y las palabras apocopadas: “Despá Juan Gue / abrió fraudú: / Sevilla enté / de más lo su. / Dijiste tú / ‘por uno dos’: / mentira pu, / que venga Dios. // Que la corrú del pelotá de la mordí; / que la locú desesperá del nuevo ri”. Si la canción se hubiera difundido cuando fue compuesta, en la última etapa del felipismo, el PSOE habría perdido las elecciones del 96 con muchos menos votos. O no. Lo que no hay duda es que hoy, en tiempos de Internet, habría sido un éxito viral.

“Medias verdades”, un divertido retrato de la corrupción del gobierno socialista de Felipe González, grabado en directo en 1998 y publicado en 2022 en el disco La última noche en el Círculo de Bellas Artes (Madmua Records).

La entrevista dio para mucho. Me enseñó los paisajes fractales que hacía en el ordenador a partir de ecuaciones matemáticas; me contó de las canciones que estaba componiendo Alberto Pérez con su ayuda en las letras, y de cómo el género marca lo que se puede y no se puede decir en una canción; de su preferencia por la prosa menos complicada de su hermano Rafael; de las cartas de protesta que enviaba a los periódicos; de la mirada tan humana de su perrita Tina y de cómo los ojos de los animales eran más o menos humanos dependiendo de su cercanía a nosotros en la escala evolutiva; de que no era pacifista, pero si defensor de pegar solo las veces pares; de lo mucho que aprendió en la cárcel y de lo poco que aprendió en la mili; del derecho al suicidio; de su oposición a toda clase de racismo entre unas músicas y otras, y de su interés por las canciones de Tino Casal y su intención de hacer una versión de “El hombre del piano”, que tan bien cantaba Ana Belén.

Aquella tarde fumamos muchos porros, hasta acabar su china, y cuando vio que no me iba me llevó con él en taxi hasta una parada de metro donde había quedado con un camello. Chicho era un fumador impenitente, podía fumarse al día numerosas pipas de hachís, sin que ello hiciera mella en su generosidad: cuando el camello le entregó la postura de cinco mil pesetas, me dio mucho más de la mitad a cambio de dos mil. Y no consintió en que me llevara menos. Chicho era partidario de acabar con la prohibición de las drogas y legalizar el acceso a todas las sustancias. Le pregunté qué le aportaba el hachís, pero le quitó toda importancia, más allá de ser un hábito estimulante que en la costumbre había perdido brillo y le servía para calmarse. “Me alegro de no ligarlo ahora con ninguna ideología. Como el tabaco o el vino o cualquier otra cosa”, me dijo, lejos de atribuirle al hachís una virtud iluminadora, como supe después que había hecho en un poema donde comparaba la heroína, la coca y el hachís:

Le eché caballo a las palomas
y se dormían en medio del bando
como palabras sueltas que se caen de una frase.

Le eché perico a las palomas
y refulgían en mitad del vuelo
como ideas brillantes que ilustran un discurso.

Le eché hachís a las palomas
y parecían interrogar al cielo
poniendo en duda la verdad de siempre.

De las tres ebriedades que ilustra el poema, las canciones de Chicho tienen sobre todo de la última. Aquellos a los que les resulte exagerado establecer un vínculo de la obra con la sustancia psicoactiva empleada en su creación, y hagan como Chicho cuando le pregunté, quitarle importancia, estarán al menos de acuerdo en que sus canciones tienen, como las palomas cannábicas, la virtud de “interrogar al cielo poniendo en duda la verdad de siempre”. A nuestro autor le gustaba mucho experimentar con drogas, y podemos sin duda rastrear en su obra la influencia psicodélica, aunque no necesariamente en relación directa al uso de enteógenos, pues sospecho que a Chicho el poder de percibir la realidad más allá del marco de las convenciones establecidas le venía de nacimiento.

Mientras llegaba el camello seguí con la entrevista. Me habló de cómo, sin caer en el culto al cuerpo ni creerse un superhombre, cuidar el estado físico era esencial para que la cabeza funcionase mejor. Él reconocía con pesar haberse descuidado mucho: “estropear la salud tontamente es una idiotez, y yo lo he hecho”. Me comentó de pasada lo malo que había sido él grabando discos y se detuvo en explicarme que la canción comprometida antifranquista, de la que él participó, era “perturbada, ambigua y confusa”, “fruto típico de una situación perturbada, ambigua y confusa”. “Las malas situaciones crean malas acciones y malas personas”, me dijo, y el franquismo fue una mala situación que hizo que “todos fuéramos personas muy limitadas, con muchísimos prejuicios y temores”. Chicho estaba muy lejos ya de cualquier ideología, más allá de creencias muy básicas como la de no fastidiar a otro. Tenía una absoluta falta de fe hacia los partidos políticos, entre ellos Izquierda Unida, que no se habría financiado ilegalmente, pero que ahí estaba Anguita abrazando a un dictador como Fidel Castro, lo que le parecía fatal. No era alarmista en cuanto a un posible apocalipsis ecológico, él consideraba que el mundo en general, por insoportable que se hubiera vuelto, no se iba a terminar, aunque sí que se acababan los mundos particulares: el del afilador de cuchillos, el del que hace los botijos… Recordó en un punto cómo el episodio de Abel y Caín muestra que la Biblia está en contra de la pena de muerte y la venganza. Él insistía mucho en que la culpa no tenía sentido, como también veía absurda “la idea de que nosotros nos tenemos que responsabilizar del mundo”: “Yo –me decía–, desde que me despreocupé de todo esto, duermo mejor”. Chicho no creía en la salvación colectiva.

¿Y qué hacemos frente a la agresión continua del sistema?, le pregunté con mi juvenil intensidad.  “En los momentos en los que no se esté produciendo esa agresión –me contestó–, en los momentos en los que no sea efectiva, sería hacerle un favor al agresor seguir siendo receptor de los ecos de las agresiones recibidas. Lo que más le puede joder al Estado es que la gente no quede penetrada de él y que siga viviendo. La simple distancia es una forma enorme de desobediencia. En los países menos estatalizados tú ves que la gente tendrá más o menos problemas, pero consigue vivir sin que el Estado les viva, por lo menos durante largos ratos, y como la vida se compone de largos ratos…”.

Me despedí de él con una sensación agridulce. Yo tenía 20 años y creía todavía en la posibilidad de un cambio radical de sistema y Chicho, el mismo que había compuesto inolvidables himnos revolucionarios, no había hecho otra cosa que llevarme la contraria en todo lo que implicase más de dos o tres personas, arruinándome de paso la posibilidad de publicar la entrevista en un medio libertario para los que yo entonces colaboraba. Chicho no era de los nuestros porque no era de nadie, ni suyo siquiera, creía en una “salvación semiindividual”, o más bien en estar a salvo, quedándose al margen en lo posible del devenir agitado del mundo.

“Cantante callejero”, según aseguraba Chicho, esa era la profesión que constaba en su DNI.

‘Romancero de Durruti’

Aquel encuentro con Chicho había sido una lección maestra de cómo no dejarse atrapar. Una lección de libertad. Chicho era un ser libre, un fuera de la grey, como diría su amigo Javier Krahe. El tiempo no tardó en hacerme comprender que tenía más razón de lo que yo pensaba, y que el abuso de poder, ay, se da en cualquier grupo humano, también entre los que luchan contra los abusos del poder, arruinando toda esperanza de arreglo definitivo. Mi sorpresa fue que, unos años más tarde, en el año 2000, cuando la experiencia militante me hizo tomar distancias de toda organización, me enteré de que Chicho había compuesto un romancero en honor a Durruti, para una película sobre la vida y la muerte del líder anarquista. 

Al principio no me lo creí, luego pensé que lo habría hecho por dinero. Sin embargo, viendo la película, no creo que hubiese cobrado mucho por su participación. Buenaventura Durruti, anarquista (Jean-Louis Comolli, 1999) era un falso documental en el que el grupo de teatro Els Joglars trata de recrear en escena la vida del mítico hijo del pueblo. No estaba nada mal y Chicho tenía un papel importante. De hecho, empezaba con él, tocado con un sombrero negro y cantando a capela ante la atenta mirada de un corro de niños en lo que parece el patio de un colegio. 

El conocido como Romancero de Durruti consta de once canciones sobre la lucha de los anarquistas contra el poder, desde comienzos de siglo hasta la victoria del Frente Popular en el 36, y están compuestas con el asesoramiento histórico de Abel Paz, el hagiógrafo de Durruti, y la colaboración de la guionista Ginette Lavigne y de Alberto Pérez. Es un cancionero espléndido, interpretado a solas por Chicho, a veces ilustrando con su voz una escena pasada, otras ofreciendo un resumen del acto que sigue y en algunos casos haciendo avanzar la trama en episodios difíciles de mostrar sobre un escenario. De las once composiciones que hizo, se utilizaron nueve, y en ellas reposa el elemento emotivo de una película que hace buen uso del distanciamiento brechtiano. 

El romancero entero está en Youtube y acumula más de un millón de visualizaciones. La idea, adecuada para la película, de grabar a Chicho en calles, puertos y estaciones de tren, lamentablemente nos ha dejado un registro sonoro precario. De todas ellas mi preferida es “Los bandidos”:

Yo soy del campo, amigo mío, 
y luego fui peón minero, 
cerró la mina y al poco tiempo 
me hice bandido, ay.


Como los lobos, amigo mío, 
robo comida y hasta he matado; 
la mala vida, aunque no quieras, 
te hace bandido, ay. 

Canciones y poemas reunidos del Romancero de Durruti interpretado por el mismo Chicho en la película Buenaventura Durruti, anarquista (Jean-Louis Comolli, 1999).

A mí me pareció raro que Chicho hubiera participado en aquel proyecto, pues durante la entrevista le pregunté directamente qué opinión tenía sobre la anarquía, y su respuesta fue demoledora: “Si contemplar la posibilidad de un destino colectivo cuando se ve al alcance de la mano ya es lamentable, cuando encima está lejos del horizonte… A menos que se tome como inspiración literaria, lo cual está muy bien, y cualquiera es libre de hacer de su vida, a trozos, literatura. Y quizá no sea posible vivir de otra forma”. Su contestación seguía abundando en la vida social como si de un teatro se tratara, donde todos utilizamos máscaras para relacionarnos con los otros y con nosotros mismos. Aunque en Chicho la contradicción era una forma de ser sin ser –un juego de máscaras, donde, como decía García Calvo, la verdad no es más que el descubrimiento de la mentira–, no había realmente contradicción; al fin y al cabo, Chicho en esta película había representado el papel de un juglar libertario, y no por interpretar este papel pensaría necesariamente en la anarquía como algo más que una inspiración literaria.

Lo que si era cierto es que viendo en perspectiva sus intervenciones en el teatro del mundo, a todas ellas le era consustancial una actitud libertaria crítica contra toda forma de opresión y en favor siempre de los oprimidos. Por ejemplo, la canción de “La huelga del metal” del Romancero de Durruti la recicló dos años más tarde adaptando la letra en apoyo de la huelga de los trabajadores de Sintel. Una versión que interpretó en directo con Elisa Serna frente a los huelguistas acampados en la Castellana:

Telefónica se fía
del valor del capital,
pero no ha tenido en cuenta
el valor del personal.

Mucha promesa,
poco jornal:
o me dan lo que me deben
o la huelga sigue igual.

Chicho no se acaba nunca

Cuando lo de Sintel, estaba ya al tanto de su enfermedad, un cáncer que lo acabaría matando dos años después, el 1 de julio de 2003. El año de su muerte se le pudo ver muy desmejorado en la película Soldados de Salamina, contando cómo su padre se libró de ser fusilado. Un año después, Jorge Drexler lanza su noveno disco y el single de promoción tiene como estribillo una cuarteta de Chicho que se la dio a conocer Joaquín Sabina, con el encargo de que hiciera con ella una canción:

Yo soy un moro judío

que vive con los cristianos,
no sé que dios es el mío
ni cuales son mis hermanos.

Drexler, según contó en alguna entrevista, se acercó a conocer a Chicho al hospital para mostrarle cómo había quedado la “Milonga del moro judío”. Chicho le llegó a corregir un par de versos de las décimas espinelas que formaban las estrofas. Aquella milonga fue el primer gran éxito popular del cantante uruguayo en España, sonaba a todas horas por la radio. 

En 2005 Amancio Prada publicó Hasta otro día, Chicho, un libro-disco con 19 temas compuestos o cantados en su día por Chicho, que también acompaña en un par de temas a Amancio. 

En el 2008 salió publicado De Chicho, un libro con sus canciones, poemas y otros textos que nos alegró la vida a sus seguidores.

Luego, en 2014, Silvia Pérez Cruz y Raül Refree hicieron con gran aceptación de público y crítica una versión de “Gallo rojo, gallo negro”, tema cantado también por Nacho Vegas. La “Canción de soldados” tiene una reciente versión en la voz privilegiada de la joven cantaora María José Llergo, y España entera se sobrecogió ante la interpretación a coro de “A la huelga” en versión feminista y entonada por cientos de mujeres en Bilbao durante el mítico 8 de Marzo de 2018.

Esta segunda popularización de Chicho tiene que ver sin ninguna duda con internet. Su obra es un ejemplo de supervivencia digital: sin la novedad tecnológica de la red y su organización horizontal y compartida, no se entiende que una figura tan marginal haya sido recuperada del olvido, que cada vez sean más sus seguidores y que los vídeos de sus canciones acumulen miles de visitas en Youtube.

Al calor de este nuevo interés popular, un interés minoritario pero suficiente, el disco sueco volvió a ser editado en vinilo y en su formato original por Madmua Records en 2018, añadiendo en su versión digital diez canciones más, en su mayoría versiones de canciones de la Guerra Civil y latinoamericanas. Y, un año después, la misma discográfica sacó un nuevo disco con nueve canciones interpretadas con guitarra y grabadas en un magnetófono por su amigo Agustín García Calvo, entre 1967 y 1969, en aquella academia de lenguas clásicas que el zamorano abrió en la madrileña calle del Desengaño. Entre ellas están ya algunas de las imprescindibles, como “Hoy no me levanto yo” o “Si las cosas no fueran”, y tres inéditas, como el blues que da título al álbum, “Yo no vivo por vivir” (“Hoy no vivo de verdad, / ayer vivía en la vida, / ayer vivía en la vida, / hoy no vivo de verdad, / mañana seré un recuerdo, / luego ni recuerdo ya”).

“Yo no vivo por vivir”, una de las canciones inéditas del disco homónimo de 2019, grabado cincuenta años antes por Chicho en el magnetófono de Agustín García Calvo.

En ese mismo 2019, David Trueba estrenó el documental Si me borrara el viento lo que yo canto, un relato coral del antifranquismo más imaginativo que cuenta la apasionante historia del disco sueco y otras aventuras del joven Chicho, narradas por sus amigos y por la maravillosa Ana Guardione, su mujer de entonces.

Y en el 2022, se editó La última noche en el Círculo de Bellas Artes (Madmua Records) una grabación bien hecha –¡por fin!– del concierto que dio Chicho y Rosa con Mariano Marín al piano en 1998. Este disco pasó muy desapercibido, pero en él se puede disfrutar de una aceptable interpretación por parte de Chicho y también de Rosa –que canta aquí como nunca–, con trece de las canciones más hermosas de su etapa de madurez, dos de ellas poco conocidas, la de “Medias verdades”, comentada más atrás, y “Pero al cuarto no”, otro magnífico tema que yo creí perdido, sobre la imposible separación de poderes en España y el papel libre de la prensa. Una canción que marca distancias con el nuevo régimen (“No me parece que vayan hacia la democracia que yo soñé: / solo siento mucho recelo, poco consuelo, ninguna fe…”) y que confía de tal manera en el papel vigilante del cuarto poder, que debería ser el himno de los periodistas insobornables y la vergüenza de los vendidos:

Yo iba mirando la enciclopedia y hallé una regla que no está mal:
separar al legislativo al ejecutivo y al judicial,
y pensaba yo,
y pensaba yo
que en mi tierra de alguna forma la antigua norma se quebrantó
y el segundo acalló al primero, amarró al tercero y al cuarto no.

“Pero al cuarto no”, cantado por Chicho, con Rosa Jiménez a los coros y Mariano Marín al piano allá por 1998 en la sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes.

‘Chicho o mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica)’

En esta celebración de lo vivo que está Chicho, de la vida que nos sigue dando a los que todavía no hemos muerto del todo, llega ahora el reestreno de Mientras el cuerpo aguante, restaurada en 6k a partir de su negativo original en 16mm y con el largo título que su director, Fernando Trueba, quiso ponerle. 

Hasta hace poco, con el título acortado, se podía encontrar en Youtube, donde llegó a sumar casi un millón de visualizaciones, fruto de la admiración de la nutrida internacional chichesca, que encuentra en el “cantante callejero” una forma de existencia tan heterodoxa como inspiradora. En su estreno, en cambio, no tuvo la repercusión que merecía. No llegaron a veinte mil espectadores los que pasaron aquel otoño por los pocos cines en los que se proyectó. Era la segunda película de Trueba, después del éxito de Opera prima, que fue vista por un millón doscientas mil personas. El 21 de septiembre de 1982 se estrenó en el Festival de San Sebastián y Diego Galán, el crítico de El País la despachó tildándola de “retrato disperso”, otorgándole “un interés relativo” y calificándola de “una monótona descripción”; llegaba al punto de cuestionar incluso al retratado, preguntándose si “es suficiente su filosofía para ocupar la atención”, o si su biografía “es realmente tan significativa de una etapa de la vida de nuestro país”.

Al día siguiente de que la crítica apareciera en el periódico, Trueba, que entonces tenía 25 años, se despertó tras haber soñado que le tiraba al crítico un cubo de agua fría. Excitado por la ocurrencia, la llevó a cabo. Y se armó un escándalo que no ayudó a la difusión de la película. Para colmo, Mientras el cuerpo aguante llegó a las salas comerciales el día antes de que empezase la jornada de reflexión que concluiría con la histórica victoria del PSOE en las elecciones generales del 28 de octubre. Ese jueves electoral, Diego Galán volvió a la carga: “Una estética que recuerda a espacios televisivos de poca ambición…”. Pasada por agua o en seco, qué ceguera la del crítico: ¡no que pedía “reconstrucciones dramáticas” y hasta el concurso de otros personajes! Porque al protagonista lo volvía a sentenciar: “No es infrecuente encontrarse con teóricos parecidos en viejos cafés o en pubs fuera de moda”.

 Así fue como esta rara y excelente película pasó desapercibida, cuando a mi parecer y el de muchos es, junto a El desencanto de Jaime Chávarri, el otro gran documental de la Transición, teniendo a su favor ser mucho más luminosa y menos deprimente que el retrato de los Panero. Mientras el cuerpo aguante permite entender el cambio de época a través de un personaje libre que, a contramano del entusiasmo por la modernez del momento, escapa del rodillo que significó la normalización democrática y apuesta por vivir a su manera. Una enseñanza, la de esta “comedia didáctica”, que sigue iluminando hoy, con más brillo si cabe, el camino singular de la inteligencia y de la alegría contra cualquier forma de obediencia.

Según Trueba fue el mejor rodaje de su vida. Por la mañana se acercaba a la casa de Chicho y lo despertaba. Chicho se vestía, siempre con la misma ropa, y bajaba al bar de enfrente donde los nueve miembros del equipo, no eran más, lo esperaban. Se tomaba un café mientras jugaba a la máquina de pinball, y, según se le ocurría, le iba diciendo a Trueba lo que podían rodar esa jornada. Y así lo hacían. Este guion sobre la marcha y el buen ambiente del rodaje alumbraron una película insólita como pocas, gracias a la cual el increíble Chicho ha quedado inmortalizado como lo que fue, en su forma incompleta, jugando a la indefinición de ser sin ser. Como él mismo escribió en un poema:

Así quiero seguir, en mi forma incompleta,

un oscuro cantor y aprendiz de poeta,

Perogrullo inventor, Perogrullo profeta,

filósofo irreal a quien nadie respeta.

¿Para qué definir a quien no se define?

A fuerza de no ser, no he sido ni en el cine.

Pero al poder del mundo no esperéis que me incline

mientras el cuerpo aguante y el cuento no termine.

Chicho o Mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica) se reestrena el 25 de septiembre en salas comerciales.


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: