Foto: Stand de la galería Michel Rein en Art Basel Paris, 2026. Cortesía de Michel Rein.

Dejar atrás la época contemporánea

En los pasillo de Art Basel Paris, la mercantilización salvaje del arte contrastó trágicamente con las protestas en las calles, que reclamaban no convertir la dignidad en un lujo.
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Que coman pasteles.
Dizque María Antonieta, pero nadie sabe.

En 2014, traduje para esta misma revista una carta abierta: El arte, ¿es algo más que un producto de lujo?, firmada por Giorgio Agamben, Georges Didi-Huberman y Jean-Luc Nancy, entre otros (como si hicieran falta más). La carta hacía pública la preocupación respecto al papel del dinero privado en el arte: “[…] nos parece urgente […] exigir que las instituciones públicas dejen de servir a los intereses de los grandes grupos privados acomodándose a sus elecciones artísticas. No pretendemos dar lecciones de moral. Queremos simplemente abrir un debate que ya no puede esperar y explicar por qué no vemos ningún motivo de celebración en la inauguración de la Fundación Louis Vuitton”.

Doce años después, la realidad ha superado lo que se denunciaba. París cuenta con varias fundaciones como aquella contra la que protestaban los firmantes, pocas con tantos visitantes como la Fundación Louis Vuitton, en la que nunca no hay que esperar para entrar. Una pandemia no cambió nada: el dinero privado predomina y el arte de las principales galerías e instituciones es un producto de hiperlujo. La urgencia del debate sigue.

La parte más difícil también permanece: cómo señalar lo que está mal sin dar lecciones de moral y ejerciendo la autocrítica (no muy popular en el mundo del arte). Me parece imposible hablar de la feria de arte contemporáneo Art Basel Paris, recién celebrada mientras la ciudad, el país y Europa ardían. Y me refiero principalmente al fuego metafórico de la ira y el descontento y no al de las imágenes engañosas de una ciudad en llamas que circularon en los medios internacionales.

No se puede hablar de Art Basel sin hablar de las protestas estudiantiles de las últimas semanas. No se puede hablar de las protestas sin hablar de la manipulación ejercida por los algoritmos y los medios de comunicación. Y no se puede hablar de todo ello sin hablar de desigualdad, de desinformación y de la desconexión que ambas producen. Vasto programa (cuentan que dijo De Gaulle, pero nadie sabe).

Decidí entonces transformar este texto en un paseo diagonal por “la semana del arte”, un scrolling personal entre datos duros y anécdotas que me llevan a un paroxismo de desesperanza, sin soluciones que proponer, pero convencida de que algo tiene que cambiar.

Mientras muchas pancartas de las recientes protestas estudiantiles en Francia evocan mayo de 1968 (¡o hasta 1789!), en los últimos días circulan banderas con la estética del Groupe Surréaliste en Clandestinité con la consigna “Quitter l’époque contemporaine”, una invitación a abrir un tiempo radicalmente nuevo.

El 31 de agosto, trabajadores, familias y estudiantes bloquearon el liceo de la Cité du Nord en Mayotte, departamento francés del océano Índico. La escuela acogía a 2,300 alumnos en instalaciones para 900, con sanitarios averiados, cortes de agua y sin comedor. A mediados de septiembre se movilizaron los alumnos del Saint-Exupéry de Créteil: 1,500 estudiantes sin enfermería ni apoyos para estudiantes con discapacidad. Las protestas se extendieron por Francia.

El 17 de octubre marcharon más de medio millón de personas. A los estudiantes se sumaron sindicatos, familias, profesores y “chalecos amarillos” para reclamar recursos para educación y servicios públicos, mejores salarios y pensiones, precios más bajos y el fin de la represión. En las redes francesas circulan imágenes de familias con niños, adultos mayores, jóvenes disfrazados, cantos y bailes. En République, una orquesta acompaña a los manifestantes. Al final de la tarde y por la noche hubo enfrentamientos con la policía, saqueos e incendios: ardieron vehículos, comercios y la oficina de turismo de Lyon.

Parte de la prensa internacional y de los contenidos que circulan en redes fuera de Francia reduce sistemáticamente semanas de movilización a imágenes de saqueos e incendios atribuidos a los estudiantes: una Francia en llamas, sin explicación de las carencias escolares ni de las demandas sociales.

En los días siguientes, miembros de los partidos de derecha y ultraderecha hacen eco de Trump, y vinculan los disturbios con franceses de familias inmigrantes. Sin embargo, las primeras comparecencias judiciales revelan diversidad social: jóvenes de clase media sin antecedentes penales, repartidores, trabajadores de la construcción y hasta empleados de Amazon.

Las historias de Instagram propagan la desinformación; la familia en el extranjero nos escribe para saber si estamos bien. Entre las escuelas donde se originan las protestas y la Francia que les muestra su algoritmo hay una distancia comparable a la que separa las calles de los muros de cristal (esto no se inventa) del Grand Palais que alberga una feria de arte para millonarios.

Un influencer del arte contemporáneo que ha llegado a París para Art Basel pasea el sábado 17 de octubre entre vidrios rotos y jóvenes con cubrebocas y capuchas. Sube una historia que habla del arte y las protestas estudiantiles como formas necesarias de disrupción. Los primeros comentarios van de la crítica al escándalo y confirman la desconexión: “¡Alguien quiere pensar en Céline!” (una de las boutiques destruidas, no el escritor).

Le doy like y mi algoritmo lo entiende todo y me bombardea con posts críticos a Art Basel y datos que desconocía. Entre los accionistas de MCH, propietario de la feria, está Lupa Systems, fundada por James Murdoch, hijo del magnate Rupert Murdoch y antiguo director ejecutivo de 21st Century Fox. “¿Quién hace de James Murdoch en Succession? Google, voy a tener suerte”.

Días después, más de 200 galerías acuden a Art Basel Paris. Algunas galerías consolidadas quedan en sectores del segundo piso tan laberínticos que una topoagnósica como yo no las encuentra ni siguiendo el plano. Según un cálculo basado en precios publicados por ARTnews, alquilar un stand costaría entre unos 23,500 y 115,000 dólares, sin contar mobiliario, sueldos y alojamiento.

El acceso a Art Basel se divide según la importancia de cada individuo: el martes 20 de octubre, cada galería selecciona a seis clientes y sus acompañantes para una visita privada; el miércoles 21 entran los VIP First choice; el jueves 22 se suman los VIP «normales», los invitados y quienes compran una invitación por 120 euros. El público general entra los últimos días pagando 47 euros por persona.

Llego a la feria con un sentimiento de culpa. Cruzo las puertas del Grand Palais y entro en un universo ajeno a la calle. Hay algunas obras militantes de los años setenta y ochenta y stands que parecen reconcebidos para comentar la actualidad, como los de las excelentes Michel Rein o Christophe Gaillard.

En la sección principal, sin embargo, predominan la pintura y los nombres consagrados, de Juan Gris a George Condo. En pleno manspreading, dos obras tan monumentales como repetitivas de Koons y Murakami, que Le Monde describe como una batalla de auras. Se echan en falta esas obras “de antaño”, que parecían estar hechas para escandalizar. Salvo algunas pinturas abstractas recientes, tu hijo de cinco años no podría haber hecho ninguna de las obras expuestas.

El hueco entre los VIP y el público general tiene sus ventajas, hay menos gente y los galeristas están relajados: dan por hecho que ya no quedan compradores. Hay tiempo para una galleta de siete euros. Zander exhibe diez obras de la serie Today de On Kawara. Cualquier obra de Kawara es para mí como esa planta que atrae a los gatos: los galeristas y yo pasamos un buen rato investigando (preguntándole a ChatGPT) de quién es la pintura reproducida en el artículo del Excélsior que acompaña, como en todas las obras de esa serie, la fecha de ese día en un lienzo. En The Modern Institute, dedicado exclusivamente a Richard Wright, una curadora me explica la maravillosa instalación de libros intervenidos (otro anzuelo) que el artista ha hecho para la feria.

Pregunto en una de las powerhouses de la feria por el precio de una miniacuarela de Elizabeth Peyton. La asistente del stand me contrapregunta: “¿Quiere saber por curiosidad?” (y no porque pueda comprarla, piensa sin decirlo); y tiene razón: 350,000 dólares, leo al siguiente día. Me gusta una pintura de Rinus Van de Velde (quizá porque parece de Pettibon). Pido el nombre del artista a la encargada del stand de la galería Tim Van Laere y me regala un libro.

Según la prensa, la obra más cara de la feria es un Modigliani valorado en más de 100 millones de dólares, presentado por Pace Di Donna Schrader Galleries. Aunque aún espera comprador, Emmanuel Di Donna describió el arranque de la feria como “beber de una manguera contra incendios”. Como las que, no lejos del Grand Palais y hace apenas un par de días, la policía usaba para aplacar a los manifestantes.

En el sector numerado con las últimas letras del alfabeto conozco a más gente. Le pregunto a la directora de Prats Nogueras Blanchard: “¿Supiste que cerró…?”. Ambas decimos al mismo tiempo el nombre de una galería distinta. “Están cerrando todas”, me dice.

Según Le Monde, el 86 % de las galerías francesas encuestadas es pesimista sobre su futuro y un tercio registra márgenes nulos o negativos. El proyecto de presupuesto para 2027 prevé 95.4 millones de euros menos para Cultura que el presupuesto inicial de 2026.

Es jueves 22, hacia las tres de la tarde, mientras le quito el tiempo al personal de las galerías que conozco, cuando llega el correo de los directores: la feria cerrará dos días antes de lo previsto. Mi primera reacción (impopular) es de alivio. Se invocan motivos de seguridad; yo escojo verlo como un gesto de respeto al contexto. Intento compensar mi torpeza: “En fin… lo que ibas a vender ya lo has vendido, ¿no?”. “Habrá que pedir un reembolso”, comentan dos asistentes.

Aun con el coste de los stands y los dos días de cierre anticipado, la manguera contra incendios sigue dando de beber: Gagosian vendió una pintura de Willem de Kooning en diez millones de dólares; Hauser & Wirth reportó ventas por unos 30 millones de dólares, con obras de Gerhard Richter y Georg Baselitz, entre otros; David Zwirner, unos 27 millones, con pinturas de Richter, Joan Mitchell y Josef Albers.

El saldo comercial de los dos primeros días de la feria fue de más de 300 obras vendidas, por unos 147 millones de dólares.

Para mediados de octubre, el saldo humano de las manifestaciones venía sobre todo de la respuesta policial. Un proyectil disparado a corta distancia le fracturó la mandíbula a un estudiante de catorce años. El agente fue imputado por violencia y apartado de su cargo. Otro estudiante, de dieciséis años, perdió el ojo derecho por un disparo de LBD (un lanzador policial de proyectiles de impacto) durante el bloqueo de un liceo. Un tercero, de quince, perdió una mano al estallar una granada policial. Un video mostró también un vehículo policial acelerando hacia un grupo de alumnos que huyeron corriendo.

La mañana del viernes 23 de octubre, último día de la feria, un tal Kevin T. mató a Pengo Bossio Wangi, de veintiséis años, y disparó contra otras cinco personas en Trappes y La Verrière. Entre ellas había una niña de doce años que recibió ocho impactos de bala. Declaró que había querido vengar a los comerciantes afectados por los disturbios del 17 de octubre atacando a personas negras y árabes.

He pasado la semana entre jerarquías que en el microcosmos de la feria dan estatus: quién puede comprar qué, quién entra y quién no tiene lugar. Los saldos de la semana muestran cuánto depende de esas jerarquías: el reparto de la atención, los recursos y la protección. La mercantilización salvaje del arte y su transformación en privilegio son un contraste trágico con lo que sucede justo afuera, en donde, para muchos, la dignidad es un producto de lujo. ~


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