Libertad pese al confinamiento: Decameron, de Kirill Serebrennikov

En su adaptación teatral de la clásica obra de Bocaccio, el director ruso Kirill Serebrennikov celebra la libertad frente a todo tipo de confinamiento.
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El director ruso Kirill Serebrennikov ha estado bajo arresto domiciliario o imposibilitado de salir de su país desde agosto de 2017, pero eso no ha impedido que sus obras o películas se estrenen en Cannes, Berlín o Rusia.

Tampoco esta vez pudo estar presente en Berlín para supervisar la reposición de su Decameron en el Deutsches Theater de Alemania. Pero la obra, inspirada en los relatos de Giovanni Boccaccio, ha sido un éxito desde su premiere en 2020, cuando pudo presentarse una semana antes de que la mayor parte de los países en Europa pusieran el cerrojo a sus fronteras por la pandemia.

Esta puesta en escena alucinante es una lectura contemporánea, inclemente, agridulce, donde el tiempo parece detenerse. El célebre director ruso inserta diez historias no en una finca toscana, sino en un presente soledoso, tecnológico, voraz.

Escena de Decameron. Cortesía Deutsches Theater.

Con la sala a reventar desde la primera función –como parte del festival internacional Radar Ost, recientemente celebrado en la capital alemana– y la pieza en vuelo ascendente, irrumpe un escenario que reproduce un gimnasio al que acuden señoras en el ocaso de la edad que luchan por recuperar la juventud, mantenerse saludables, ejercitarse, huir de la muerte.

Las historias de Boccaccio pueden ser urgentes y necesarias cuando se les hurga así, con la mirada de Serebrennikov. Y entonces se justifican los alardes tecnológicos de la puesta en escena, la socarronería de un elenco mixto binacional, con intérpretes rusos y alemanes que hablan en su lengua materna (como deferencia en las funciones que tuvo en el Ost, hubo subtítulos en inglés).

La obra es de vértigo. Sus tres horas de duración, intermedio incluido, se pasan volando. Cada uno de los relatos seleccionados tiene un peso en la totalidad del montaje y oscila deliciosamente de la seducción a la violencia, toca el desengaño, el sexo, la memoria, los que se van, quienes se quedan, la idea libertaria de lo vivido, el enorme recuerdo y peso de las cosas.

Son puñetazos, un gozo pulcro donde es imposible no enamorarse del lenguaje visual que se utiliza y se proyecta en los paneles para ir armando ese rompecabezas de tonalidades humanas. Parece con este montaje que, en el fondo, el ser humano no ha cambiado pese a todas las épocas y crisis; sigue presa de sus pasiones y obsesiones perennes, de todos sus impulsos. Eso cuenta el escritor italiano, eso contemporiza el director ruso.

La puesta tiene una fuerte carga filosófica, donde son inevitables las referencias a la libertad o la capacidad irrefutable de la imaginación pese a todos los confinamientos. La propia existencia amarrada a un solo sitio, todo un universo kafkiano que, sobre todo en la parte final, se materializa en una postal donde un actor sube entre hielo seco a una enorme vitrina para quedarse ahí, inmóvil.

Hay también una imprescindible y deliciosa parte musical de Daniel Freitag, quien puso ejecutantes en vivo que acompañan todo el montaje, transitando de una escena a otra.

Escena de Decameron. Cortesía Deutsches Theater.

Los siguientes días, pese a la apabullante oferta berlinesa de teatro, la fuerza de este montaje, junto con toda la selección del festival, tendría una resonancia destacada en la prensa de Berlín.

El estreno internacional de Decameron, producida en colaboración con el Centro Gogol de Moscú, se había previsto para la temporada 2018-2019, pero Serebrennikov estaba bajo arresto domiciliario. Aun en ese tiempo, el también director de cine y ópera encontró la inspiración para entretejer la puesta. Los ensayos, pues, tuvieron que ser a distancia y todo el plan de producción fue modificado para sacarlo adelante finalmente en 2020, aunque sin la presencia del director. Nadie se imaginaba que llegaría una cuarentena como la que cuenta el libro.

La historia de cómo se concretó el montaje se presta para un guion de película, una locura distópica que pudo ser posible por el empeño, la férrea necesidad y resistencia de los equipos de producción de ambos países.

El Radar Ost, organizado y con sede en el Deutsches Theater, incluyó en una jornada intensiva de cuatro días, a artistas de Bielorrusia, Rusia, Bosnia y Herzegovina y Ucrania, cuyo trabajo se agrupa teatral y estéticamente en la tensión entre “arte y conflicto”, mientras que el lema de la edición fue: “Cooperar en lugar de curar”.

Crear en la deriva

Al director desde 2012 del Centro Gogol, uno de los más vanguardistas de la escena rusa, lo detuvieron en 2017 al salir del set de filmación, justo cuando estaba por terminar su celebrada película, Leto.

La acusación por un supuesto desvío de fondos por casi 1.8 millones de euros desató el apoyo a Serebrennikov de la comunidad cultural internacional, pero eso no ha detenido la persecución y hostigamiento en su contra por parte del gobierno ruso. En febrero de 2021, debió dejar la dirección del Centro Gogol.

Pero se las ha ingeniado para seguir dirigiendo y encabezar proyectos. No solo sus puestas en escena, sino varias de sus cintas, como El estudiante, que habla del fanatismo religioso, han hecho que el conservadurismo en su país levante las cejas. Apenas en junio de este año se estrenó en Cannes La gripe de los Petrov. Tampoco ahí estuvo presente su director.

En Berlín, además de la reposición de Decameron, abrió el festival FIND su montaje Outside en la Schaubühne.

La obra –que, a diferencia de Decameron fue un estreno en Alemania y tiene a un elenco formado íntegramente por actores rusos– carga también una historia trágica. En ella se cuentan las experiencias e historias de represión del fotógrafo chino Ren Hang, quien retrató a su joven generación antes de suicidarse. Hang, también poeta, fotografió los paisajes, los cuerpos desnudos, la sexualidad cargada de rebeldía.

Kirill Serebrennikov tuvo una fascinación arrolladora por el arte de Hang y ambos planearon trabajar juntos. Dos días antes del encuentro, el joven se suicidó en Beijing, un mes antes de cumplir los 30 años. Así, Outside es un monumento a Hang, donde también se mezcla parte de la historia personal del ruso. Son, al fin y al cabo, dos potencias artísticas dramáticamente marcadas por la tragedia, y que en su poética defienden vehementemente la identidad, la belleza, la rebelión del hombre contra los sistemas totalitarios.