Gunther Gerzso, el mito enterrado

En tiempos donde todo es visible y es motivo de registro y sobreexposición, el arte de Gunther Gerzso, que sugiere y restringe, obliga a mirar. El Museo de Arte Carrillo Gil exhibe su obra.
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Detrás de la representación hay un misterio. ¿Qué hay debajo de ella? Quizá se trata de la muerte, es decir, de la nada o la ausencia; o de algo que enmascara otro misterio, tal vez universal y sin explicación, inconfesable. En sus pinturas, Gunther Gerzso (1915-2000) convoca el secreto.

Pensemos, por ejemplo, en Spaciale (1959), óleo en el que representa una superficie indeterminada de tonos ocre; al centro, trazando una línea horizontal, Gerzso pinta una abertura que desgarra una pequeña parte de la composición. Es inevitable no acercarse al cuadro. Primero para cerciorarse de si el jirón es real, un trozo de tela rasgado del lienzo; luego, para indagar: ¿se puede uno asomar al interior? ¿Qué hay detrás de la hendidura?

Lo de Gerzso es comparable al dedo que pinta Caravaggio –¿qué siente el dedo de Santo Tomás al introducirse en la herida del cuerpo de Cristo?, ¿percibe su temperatura o la consistencia de sus adentros?, ¿qué quiere realmente investigar con ese gesto?– pero más abstracto, como si la materia y su escenificación se contuvieran y guardaran sus propios secretos.

Algunos han querido ver alusiones sexuales en las hendiduras de los paisajes y en las perspectivas de las composiciones de bloques de color que se abren y levantan, por ejemplo Negro-Blanco (1990), pero el creador mexicano, de ascendencia húngaro-alemana, va más hacia dentro, hacia la arquitectura de una identidad intrincada.

En Paisaje (semejanza mía) (1986), Gerzso pinta en disposición vertical una franja gruesa de vibrante color naranja, interrumpida por el bloque que forma un conjunto de pequeñas figuras rectangulares de tonos verdes, superpuestas unas sobre otras; del lado derecho, otras capas verticales que dan la impresión de cubrir algo. Las esquinas de las figuras son muy particulares, como si sus puntas se pudieran desprender para ver qué hay debajo.

“Está prohibido tomarle foto”, me advierte la guardia del Museo de Arte Carrilo Gil, donde se expone la muestra Gunther Gerzso. Algo en común con el pasado. Se puede sacar foto de todo, menos de este paisaje. Con sus palabras, pienso, trata de decirme que mirar el interior del artista, la semejanza escapada de algún tipo de espejo, ha sido suficiente como para todavía querer robar una imagen con el teléfono.

Es que detrás o debajo de las obras de Gerzso hay algo que se esconde, una dimensión mitológica, soterrada, como las raíces inquietas de los árboles que destruyen las banquetas, convirtiéndolas en una especie de plato roto, saliendo a la superficie, como un eco de los estratos más profundos.

Sobre ello, la muestra explora, a través de varias obras, los viajes del artista a Grecia, lugar que lo fascinó. En esas pinturas habita una claridad, una luminosidad diáfana que encubre figuras que son menos precisas. A pleno sol es menos fácil mirar, la operación se dificulta. El exceso de luz ciega.

Veamos, por ejemplo, su Clytemmestra II (1960), apenas una evocación polvosa que genera una sensación de calor, una luz brillante que impide ver a cabalidad lo que ahí está representado, lo que guarda la obra. En el tiempo actual, donde todo es visible y es motivo no solo de registro, sino de sobreexposición, el arte de Gerzso, que no deja ver más allá, inspira una enorme curiosidad. Su mirada sugiere y restringe, casi siempre solapando elementos, otras con efectos de luz relumbrantes.   

La muestra incluye obras de otros creadores, por ejemplo el largo muro de ladrillos de Jorge Méndez Blake que se sostiene en el centro por un ejemplar de El castillo de Kafka. El ocre rojo de los ladrillos y su ordenamiento apilado resuenan bien con las placas, los muros y las bardas que sugieren los trazos del pintor, como el impresionante Muro azul. Chiapas (1977), colocado de forma efectiva cerca de El castillo (2007).

El misterio de Gerzso lo retrató mejor que nadie Graciela Iturbide. Ella participa con unas fotografías espléndidas de las manos de Gerzso. En una de las imágenes, el encuadre y el ángulo de la cámara hacen pensar que él mismo estaba mirando sus manos, gruesas, grandes, fuertes, que enmarcan una montaña al fondo. La foto más bella y simbólica es la de la sombra de su mano que se alarga por la luz, que parece convertirse en un anfibio, una rana saltarina, sobre un muro de piedra con sus respectivas texturas y capas gerzsianas. La fotógrafa supo retratar bien al creador, sin mostrarlo por entero, apenas sugerirlo de forma poética.  

Gerzso fue un artista en toda la línea. Pintor, escultor, escenógrafo, director de arte, guionista. La exposición también da cuenta brevemente de su trabajo en películas como El bolero de Raquel (1956), donde Cantinflas improvisa un magistral e inolvidable baile en un escenario diseñado por Gerzso, de inspiración lecorbusiana, con líneas figurativas que alargan y dislocan trazos anatómicos, por ejemplo brazos y piernas, que tienden a hacerse abstractos.

Habría que hacer un ciclo de cine con todo el trabajo de Gerzso en esa disciplina, especialmente el que hizo con Roberto Gavaldón en La otra (1946), A la sombra del puente (1948), Rosauro Castro (1950), y con Alejandro Galindo en Los que volvieron (1946) y Una familia de tantas (1949), película por la que ganó un premio Ariel por su trabajo escenográfico. Habría que seguir hablando del enigma de su obra en el contexto del arte en México, que lo designa como un artista con búsquedas singulares y sin la obviedad del mundo real, a un cuarto de siglo de su muerte. ~

Gunther Gerzso. Algo en común con el pasado
se exhibe en el Museo de Arte Carrillo Gil (MACG) hasta el 12 de abril de 2026.  


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