Rayne Zaayman-Gallant / EM

Algunas reflexiones sobre la IA

Estamos inmersos en un auténtico cambio de paradigma, involucrémonos en su diseño y optimización.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

La única sabiduría que podemos aguardar

es la sabiduría de la humildad, la humildad es infinita.

            T. S. Eliot, East Coker

La denominada Inteligencia Artificial (IA) está entre los grandes temas del tiempo presente que nos afectan a casi todos. Se escribe y discute sobre la denominada razón algorítmica, los big data y el futuro de la era digital dejando con frecuencia un poso de complejidad, de precaución y de expectación frente a estos temas. La lectura del último libro del profesor Daniel Innerarity, Una teoría crítica de la inteligencia artificial, informa, documenta y da respuestas a muchos de los interrogantes que surgen cuando hablamos sobre este tema. En palabras del autor, la crítica de la razón algorítmica que plantea se opone tanto al determinismo tecnológico como a la simplificación moralizante. El riguroso examen filosófico de su extenso ensayo puede inducir en cada uno de nosotros una gran diversidad de preguntas para las que solo el futuro nos irá desvelando sus correspondientes, a la vez que incompletas y provisionales, respuestas. También nos puede sugerir su lectura la reflexión sobre otros escenarios menos prosaicos, que, en última instancia, suponen la puesta en escena de mecanismos de acción y reacción que nuestra mente dispara cuando se enfrenta a determinados temas. Me permito en este artículo compartir algunos de los escenarios que me ha sugerido la lectura del libro, en los que se mezcla y confunde la historia real con la ficción intentando posteriormente ejemplarizar lo que denominamos inteligencia humana en relación a la inteligencia digital y codificada.

En una noche lluviosa de marzo de 1862 en Londres el físico escocés James Clerk Maxwell, docente en el King’s College, trabajando en sus cuatro ecuaciones que relacionan los campos eléctricos y magnéticos deduce algo que estaba implícito en las mismas: el secreto de la naturaleza de la luz. Albert Einstein sobre este hecho, quizás con sana envidia, dijo que se emocionaba pensando ante el hecho del momento, el instante justo de aquella noche, sublime en sus palabras, en que el físico escocés percibió claramente en el desarrollo de sus ecuaciones su trascendental conclusión sobre la naturaleza de la luz.

Una mujer diminuta, de apariencia frágil, que apenas viajó más allá de su domicilio en Amherst, Massachusetts, concibe y escribe durante casi cuarenta años a mediados del siglo XIX, a escondidas y en soledad, cientos de breves poemas con estrofas con la fuerza de esta: Hay cierta Oblicuidad de la luz / En las tardes de Invierno- / Que oprime, como el Peso / De la Música en la Catedral / … Su nombre es Emily Dickinson. Su sensibilidad y calidad poética se ha ido conociendo y acrecentando poco a poco y hoy día es poeta de culto.

Es abril del curso académico 2018/19 en un aula de un campus universitario. Un profesor acaba de desarrollar en una pizarra de color negro, adjunta a otras dos ya atiborradas de símbolos, números y esquemas, la obtención de la ecuación de onda de Schrödinger. Mientras habla a sus estudiantes la subraya, la puntea repetidas veces, la enmarca y, visiblemente agotado, con las manos manchadas de polvo y algún trazo de tiza blanca en su rostro, ya casi al final de la clase, abre justo una página señalada con una cinta violeta de un pequeño libro y les recita, muy despacio como si fuese el final de una liturgia, el soneto de Jorge Luis Borges El alquimista. Fin de la clase. 

En su desordenado estudio de Viena, un músico llamado Ludwig van Beethoven corrige por enésima vez la denominada Cavatina, un adagio molto espressivo, de la partitura de lo que será su opus 130, un cuarteto de cuerdas. Termina la obra definitivamente en 1825. Nunca sufrió tanto componiendo. Le comenta enfadado a sus cercanos, respecto al esfuerzo y tiempo que ha invertido en esta obra, que “no existe la obra perfecta, existe el cansancio”. Beethoven anotó en el manuscrito original de su partitura la palabra alemana Sehnsucht, “anhelo”. El cuarteto se estrena el año siguiente y desde entonces hasta nuestros días se habrá interpretado miles de veces; la mayoría de ellas habrá tenido lugar gracias a la concentración, múltiples ensayos, complicidad y capacidad artística de cuatro músicos. Todas las interpretaciones habrán sido singulares e irrepetibles al igual que la personal e íntima escucha de los miles y miles de los asistentes a dichos conciertos. Hoy día, dos siglos después, se siguem contando por millones los seres humanos atravesados por el resplandor de dicha música.

En su taller de un pequeño pueblo de las Alpujarras una joven ceramista premedita sin prisas, Borges de nuevo, un color y una forma. Al mismo tiempo, en otro lugar lejano, un fotógrafo mirando concentrado a través de su cámara siente ese instante casi mágico en que la imagen que va a capturar la ha visitado ya en su mente. El resultado final no le importa. Juegos de imágenes, tonos, colores y formas. Trozos del Paraíso robados a los dioses según la mitología griega.

Baruch Spinoza, el filósofo judío rechazado por su comunidad, termina su Ética, publicada póstumamente en 1677, definiendo, argumentando y demostrando el denominado tercer grado de conocimiento. En él, conocer las cosas y su esencia supone un supremo esfuerzo de la mente en la que las cosas singulares aparecen como puntos nodales unidos de una red causal infinita. Conocer dichos cruces de vectores es el único modo de conocer la infinita red de causas que en cada uno converge. Desde su publicación millones de personas han soñado con acercarse al sentido de este fascinante y misterioso enunciado.

La IA y el aura

De las breves historias anteriores se podrían deducir a modo de resumen varias palabras clave tales como intuición, sutileza, reflexividad, saber implícito, creatividad, contexto. Tomando estas palabras de guía a lo largo de las historias más arriba narradas (o en las que usted mismo sugiera), se podrían discutir varios argumentos y asignarlos a una o varias de las mismas. 

La primera cuestión que surge es, no puede ser de otro modo, una pregunta directa: ¿en qué consiste la inteligencia humana?, o varias: ¿podríamos llamar inteligencia a la IA?, ¿cómo configuran su sentido y significado ambas?, ¿tiene lugar, en el caso de la IA, una imitación o una compresión de la realidad? Quizás demasiadas preguntas fuera de nuestro alcance. Pero su sola formulación conduce a considerar aspectos, detalles en las historias antes presentadas que tienen presente la infinita y poderosa creatividad humana en forma de las estrofas de un poema, del lento torneado artesanal de un trozo de barro, de los mecanismos neuronales que se disparan a la hora de captar una fotografía o al plasmar unas notas musicales en un papel pautado. Mucho más aun, pensemos en todos los eventos vitales que han tenido que suceder para que una ceramista dé forma y color al barro amorfo, una mujer enclaustrada en su casa escriba versos de una belleza atemporal y para que unos músicos consigan una armonía sonora de una obra musical compuesta hace doscientos años por un compositor que sufrió en soledad escalando pautas de un belleza sonora inigualable. Y, siguiendo en estos ejemplos, ¿sería capaz una IA de enunciarnos, de recopilar, almacenar y sobre todo, es lo más importante, de dirigir patrones de acción concretos para acercarse a los resultados de estos ejemplos?, ¿sería capaz de albergar para ello la miríada de sutilezas y belleza explícita que hay detrás de todas estas historias?, ¿podría una IA componer una música a la que se le ha susurrado la hermosa palabra anhelo? Las correspondientes respuestas se las dejo a los lectores y lectoras de este artículo. Seguro que tendríamos que tener en cuenta el conocimiento de los contextos de cada caso y de toda la intuición y saber acumulados en ellos adscritos a experiencias vitales y emocionales irrepetibles. Como quiero pensar que sería imposible que un algoritmo pudiese llegar a incorporar el aura que ejemplos como los aquí descritos poseen. Aura, bella palabra, en el misterioso sentido de Walter Benjamin, concepto que habría que percibir y descubrir entre silencios y renglones no escritos: “una trama (Handlung) particular de espacio y tiempo, la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que esta pueda hallarse”.

No me olvido de los otros escenarios más arriba descritos. Podría servir, de nuevo, el concepto de aura en su significado y condición de esencia de lo irrepetible, de lo singular. O, ¿acaso no lo fue el instante en que Maxwell, en su soledad sonora, dedujo en qué consistía el milagro de la luz? O, ¿no fueron singulares los minutos en el que el imaginario profesor trasladó, o mejor, cómo trasladó a sus estudiantes con una tiza en la mano toda una concepción del mundo macro y microscópico?; también, ¿qué contexto físico y emocional le llevó a recitar a sus estudiantes un soneto en el que se habla de leyes que unen planetas y metales además del polvo del camino, de la nada y el olvido?, ¿serían capaces los algoritmos basados en patrones conocidos de llegar a la conclusión de Maxwell y sería la IA capaz de producir un vídeo de la docencia incluyendo los contenidos emocionales e implícitos de la mencionada clase? 

Un gran experimento

No podemos ni debemos ignorar las grandes ventajas que el uso de la IA puede proporcionar al trabajo de investigadores, ingenieros y profesionales de multitud de campos. Ventajas que seguirán creciendo en el futuro. Como no debemos ignorar y meditar sobre la propuesta expansiva, exponencial con que las grandes compañías de este ramo (OpenAI, por ejemplo) se están incorporando a la cotidianidad de todo el mundo. Google, Pinterest, Facebook, Whatsaap son ejemplos claros de ello. Como se indicó hace poco en un artículo (Modo ‘beta’ global: el experimento masivo de la IA | Tecnología | EL PAÍS) es como si los grandes de la IA tomaran a miles de millones de personas como cobayas de un gran experimento con herramientas de contenidos de todo tipo sin tener claras las consecuencias del mismo. Así no sabremos nunca si la respuesta, opinión, imagen o vídeo (en cualquiera de los casos con información sensible o no sensible) que podamos recibir por redes sociales es original o una sencilla y/o manipulada incorporación de la IA en cada caso. O si el trabajo que nos entrega un estudiante tiene marca IA o hasta qué punto un trabajo publicado por un investigador ha sido un constructo híbrido de dos tipos de neuronas, la propiamente humana o la digital. Como apuntaba recientemente la revista Nature la plataforma digital AI Scientist, generadora de nuevas ideas científicas a la vez que facilita y asiste en la redacción de manuscritos, aparece como sospechosa de claro plagio. A nivel sociológico y filosófico el tema es también preocupante. El pope Zuckerberg ha declarado que el objetivo sería proporcionar a todo el mundo su propia superinteligencia personal (sic). A nivel sociológico no nos bastaba ya con la pronosticable y decadente vulgaridad posmodernista (vulgaridad en el sentido que lúcidamente otorga Javier Gomá, valor cultural a la libre manifestación estético-instintiva del yo) sino que tendremos, además, que convivir en una sociedad en la que se desarrollará de un modo exponencial una inmensa vulgaridad digital de dudosa calificación cultural.

Cambio de paradigma

Finalizar con Spinoza nunca es difícil aunque ignoramos lo que pensaría sobre la IA. Quizás el ejemplo-escenario que se ha descrito en este caso se parezca más a una respuesta de la IA que tan alegremente y sin solicitarla se nos ofrece desde hace meses cuando tecleamos algún tópico en nuestro ordenador. El tercer género de conocimiento parece ofertar simbólica y geométricamente (como todo el desarrollo de la Ética spinozista) un punto de encuentro, una especie de principio de complementariedad, entre dos concepciones diferentes de la realidad física, al igual que el gran Niels Bohr aportó a sus colegas físicos cuánticos, el Komplementaritätsprinzip, hace justo cien años. La lección podría ser: ninguna perspectiva agota la realidad, como ilustra el lema del escudo familiar del físico danés: Contraria sunt complementa. Un principio por el cual lleguemos a pensar que las dos inteligencias aquí reseñadas puedan combinarse y entrecruzarse adecuadamente. Con plena consciencia evitando posiciones hiperbólicas catastrofistas como predicen muchos otros pensadores. Como directamente señala Innerarity, la IA es tan fascinante porque revela la complejidad del mundo y la función que los humanos ejercen en su configuración. Intentemos desmitificar y acercarnos sin prejuicios a una IA realmente generativa, despojada de vulgaridad, asumiendo que esta es capaz de hacer cosas que nos superan y nos puede complementar y asistir en muchos terrenos, pero sabiendo que esta inteligencia tiene carencias, le falta sentido de la individualidad, de vivencia, del contexto y de una experiencia no verbal difícil de conceptualizar. Y, aunque hay claras señales en esa dirección, seamos prudentes al constatar y analizar si la IA empieza a afectar a nuestras emociones más que al conocimiento y a la información. Involucrémonos en su diseño y optimización, tareas que requieren del concurso comprometido y profesional de no solo matemáticos e ingenieros sino también de investigadores de todo tipo, de pensadores y filósofos comprometidos como, afortunadamente, empieza a ocurrir en algunos países. Estamos inmersos, no lo dudemos, en un auténtico cambio de paradigma. Sirva esta emergente relación ser humano-máquina para valorar más y mejor lo que nuestra mente es capaz de lograr a la vez que para señalar y desvelar lo inútil, lo soez y la bagatela desechable. Trabajemos por y para ello. Y si al final resulta la versión más pesimista y terrible de esta historia, parafraseando el conocido verso de T. S. Eliot el mundo, nuestro mundo, no terminará con una explosión sino con un gemido. Este, seguro, tendría una conmovedora procedencia humana.


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: