Insultos y halagos. Proyectiles emocionales disfrazados de palabras

Insultos y halagos tienen un impacto en nuestro cerebro y dejan consecuencias a medio y largo plazo.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Hay mucha gente que dice que las palabras son instrumentos de comunicación cuya función es transmitir mensajes. Como si fueran inocentes palomas mensajeras con un papelito en el pico. Nada más lejos. Lo que hoy quiero contaros es que, en realidad, las palabras son, en cierta forma, proyectiles que afectan, para bien o para mal, a nuestra salud mental. De ahí que tengamos que cuidar las palabras que usamos. Frente a lo que dice el refrán, cuando una palabra impacta en nuestro estado de ánimo, no hay viento lo suficientemente potente como para llevársela.

Esto que os digo se aplica, de un modo u otro, a todas las palabras, pero hoy hablaremos solo de las más obvias, los insultos y los halagos. Comenzando por los primeros, os diré que, cuando somos el blanco de improperios, el impacto en nuestro cerebro es similar al de una agresión física. Y es que, a través de técnicas de neuroimagen, se ha comprobado que cuando te insultan se iluminan las mismas áreas del cerebro que cuando te abofetean. Además, activan la amígdala (centro del miedo y la alerta) y obligan a nuestro lóbulo frontal (la parte más consciente y sensata de nuestro cerebro) a tomar las riendas para no reaccionar desmesuradamente. La ciencia es clara al respecto. El impacto de los insultos en nuestro cerebro es real, se produce de inmediato y tiene consecuencias a medio y largo plazo. En especial, claro está, si se produce en la infancia. Los trabajos de laboratorio han encontrado diferencias en la sustancia blanca del cuerpo calloso o en la conectividad de la corteza auditiva. 

Hablemos ahora de los halagos. En una sociedad como la nuestra, son la base de las relaciones sociales y el principio fundamental de nuestra cortesía, en especial para nosotras, las mujeres. Que quieres pedir algo, primero un halago: guapetón, tráele un vaso de agua a tu madre; que quieres ayudarle, pues también: a ver, preciosidad, que te cojo una bolsa. Pero lo mismo hacemos al saludar, al dar las gracias, al pedir perdón… y a veces, el halago sale solo, cuando el único objetivo que tenemos es agradar, conectarnos, porque esa camiseta es nueva, ¿no? que te queda genial. Si eres, como yo, mujer española de clase trabajadora, trata de pasar un día entero sin alabar a nadie y me cuentas.

Pues, de un modo similar a como vimos con los insultos, los neurocientíficos han descubierto que si nos alaban se activan las mismas áreas de recompensa del cerebro que cuando recibimos una gratificación física. Quizá por eso algunas personas se vuelven adictas a la adulación y buscan el refuerzo social como otros necesitan su dosis de estupefacientes. Y los efectos aquí también son a medio y largo plazo. Que te halaguen aumenta la dopamina, lo que mejora no solo el estado de ánimo sino también otras funciones cognitivas, incluida la capacidad de aprendizaje y la cohesión social. Ahí es nada.

Pero ¿dónde está la magia de las palabras que las dota de semejantes poderes? Pues, por lo que parece, no está en la palabra en sí, sino más bien en el modo en el que las usamos y en el contexto en el que aparecen. De hecho, un halago puede tener las mismas consecuencias que el peor de los insultos, si te llega de forma inesperada, en un lugar poco seguro y de la boca de un desconocido que parece agresivo. Así es. Los piropos que nos lanzaban hace unas décadas muchos hombres tenían un impacto medible en nuestros cerebros. Por el mismo motivo, cuando el elogio no nos parece sincero, lejos de sentir placer entramos en estado de alarma. Halagos que duelen porque prometen ser lo que no son. La cortesía se nos convierte en descortesía. Pero lo mismo ocurre al revés, porque cuando un amigo íntimo, en un contexto de seguridad afectiva, nos increpa con un insulto, tras el susto inicial que activa la amígdala, llega la sensación de calma placentera de saberse a salvo. Los lingüistas llamamos a este proceso anticortesía. Los colectivos que resignifican las palabras que otros usaron para insultarles conocen bien este efecto.

Al final, insultos y halagos tienen más en común de lo que puede parecer. Ambos son proyectiles emocionales que influyen en nuestro estado de ánimo, en nuestra conexión con los otros y, a la postre, en nuestra salud mental. Y, para hacerlo, no es tan importante su entrada del diccionario, sino quién, cuándo, cómo y sobre todo con qué intención se dice. 


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: