Foto: Thelmadatter - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=30635854

Ruy Pérez Tamayo y el valor de la racionalidad científica

Con la muerte de Ruy Pérez Tamayo, perdemos a un interlocutor capaz de poner a dialogar, con lucidez y penetración, las ideas de la ciencia, en un sentido más amplio, con los saberes que provienen de la filosofía, la historia y las artes.
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México es un país con una extraordinaria tradición cultural, pero en el que todavía hay mucha resistencia para reconocer a la ciencia como un elemento que enriquece nuestra cultura. La desconfianza hacia el conocimiento científico tiene múltiples fuentes: por una parte, existe un temor popular hacia la tecnología y sus posibles desenlaces distópicos. Hay también un conflicto ancestral entre las verdades reveladas de la religión y los conocimientos de la física, la biología, la genética. Adicionalmente, se pueden leer los discursos de la crítica posmoderna hacia las ambiciones universales del conocimiento científico. Por último, los movimientos políticos antidemocráticos suelen ver en la ciencia un rival, porque una cultura científica mantiene un sano escepticismo frente a las pretensiones omniscientes de cualquier líder supremo.

Al mismo tiempo, nuestra sociedad admira los alcances de la ciencia y escucha con interés sus relatos. Se puede plantear que México (y América Latina, en general) establece con la ciencia una relación ambivalente, de temor y admiración, de crítica y reconocimiento. En este contexto, pocas figuras intelectuales en nuestro país como Ruy Pérez Tamayo han sido capaces de realizar una mediación madura y de mostrar que el conocimiento científico puede interactuar con todos los sectores de la sociedad, articularse con las prácticas artísticas y las humanidades, con un objetivo común: favorecer el avance del conocimiento y la transformación social. En un país donde los pilares institucionales de la medicina gravitaron hacia la política, la figura de un investigador honesto y riguroso hace visible el camino a la medicina científica y la factibilidad de su operación, que requiere un apoyo resuelto por parte de la sociedad.

Lamento la muerte de Ruy Pérez Tamayo por lo que significa: perdemos un enorme interlocutor capaz de poner a dialogar, con lucidez y penetración, las ideas de la medicina (y de la ciencia, en un sentido más amplio), con los saberes que provienen de la filosofía, la historia y las artes. Esta actividad interdisciplinaria llevó al doctor a convertirse en un representante legítimo de la medicina frente a la sociedad mexicana.

Se trataba de un políglota en el sentido epistémico de la palabra: una persona con un gran conocimiento técnico de la inmunología, la patología celular, la oncología, la microbiología, y al mismo tiempo con una visión amplia y profunda sobre la evolución histórica del conocimiento científico y filosófico. Su lectura de los grandes revolucionarios de la medicina y de los filósofos de la ciencia significa una oportunidad para acercarnos a los debates actuales sin oscurantismos o pedanterías: con la claridad y sensatez tan características de Pérez Tamayo. Además, su pasión estética por las artes visuales, la música y la literatura, le otorgaba una sensibilidad que (por desgracia) no siempre está presente en las personalidades científicas.

Como muchos médicos mexicanos, siento una liga personal con el doctor Pérez Tamayo, porque nos dio clases y conferencias a casi todos, porque lo escuchamos hablar en sus textos de divulgación o en sus artículos especializados y porque mi maestro de ensayo literario, Francisco González Crussí, se formó directamente con él como especialista en anatomía patológica.

Ruy Pérez Tamayo fue el líder al que los médicos mirábamos con admiración cuando queríamos desarrollar una carrera en la investigación y la docencia. Era evidente la cercanía con sus alumnos y con todo aquel que lo invitaba a una confrontación honesta de ideas. Sus investigaciones en el campo de la cirrosis hepática vincularon el mundo de la anatomía patológica con la realidad social de los hogares mexicanos; al estudiar la amibiasis y la salmonelosis, mostró que la investigación biomédica podía generar cambios reales en las vidas de millones de mexicanos, especialmente aquellos que viven en situación de pobreza y en condiciones sanitarias precarias.

Por eso su trabajo ha sido siempre relevante en el contexto de las políticas públicas, si bien es frecuente que la inercia burocrática o la manipulación política obstaculicen los avances sociales que pueden generarse con el conocimiento científico. El doctor Pérez Tamayo siempre denunció esas actitudes conformistas: de acuerdo con su visión, nuestro país está estancado en el subdesarrollo porque es una sociedad de consumidores; no ha realizado las acciones necesarias para convertirse en una sociedad de conocimiento.

Ruy Pérez Tamayo es el autor al que miramos para realizar una discusión formal sobre la filosofía de la medicina: si preguntamos qué significa la salud o la enfermedad, tenemos que acudir a sus textos monumentales, donde se combina la historia, la antropología y la medicina anatomopatológica. Más allá de los relativismos contemporáneos que dan el mismo estatus epistémico a cualquier noción de salud, medicina o enfermedad, el doctor defendió con rigor los conocimientos que sustentan la realidad de la enfermedad: una realidad que debe problematizarse desde la perspectiva cultural, pero que en última instancia no se reduce, en su ontología, a un mero constructo histórico-social: la enfermedad es parte fundamental de nuestra naturaleza como seres vivos.

Más allá del realismo ingenuo, Ruy Pérez Tamayo nos propuso una mirada rigurosa y un realismo crítico, informado por la ciencia médica, que hace de la enfermedad un punto de partida para entender la dimensión problemática de nuestras vidas. El doctor abordó de frente los dilemas éticos y los conflictos de valor que surgen a veces frente a la muerte. Hay un consuelo para sus alumnos y lectores al saber que el doctor tuvo una larga vida, llena de investigaciones fascinantes, y una muerte pacífica. Ahora podemos hacer muchas obras con los cimientos sólidos que construyó el doctor Ruy Pérez Tamayo.

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