La única opción de Park

Con la historia de un ejecutivo desempleado en busca de un codiciado puesto de trabajo, Chan-wook Park dirige su película más oscura y fatalista.
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En la primera escena de La única opción (No other choice, Corea del Sur, 2025), decimotercer largometraje del supremo estilista sudcoreano Chan-wook Park, el satisfecho ejecutivo de mediana edad Man-su (Byung-hun Lee) exclama para sí y para nosotros, los espectadores, que “lo tiene todo”. En efecto, eso parece: Man-su habita una espaciosa casa con su guapa mujer Miri (Ye-jin Son), tiene un hijastro adolescente al que genuinamente quiere, una hija propia que es una pequeña prodigio del cello, dos encantadores golden retrievers que parecen haber salido de algún comercial de croquetas y un extenso patio en el que podemos encontrar hasta un invernadero. Man-su está festejando con familia y perritos el cumpleaños de Miri asando unas costosísimas anguilas que su compañía le ha enviado como reconocimiento a su invaluable trabajo.

O mejor, dicho, como despedida. Sucede que la empresa de papel ha sido adquirida por una corporación gringa, cuyos ejecutivos han decidido “reestructurar” el decreciente negocio, por lo que Man-su, que ha dedicado 25 años de su vida a ese empleo del que se siente tan orgulloso, es “dejado ir” para que busque otros horizontes. Qué remedio, le alcanzan a decir los nuevos dueños a Man-su: el “desvincularlo” a él y a muchos otros trabajadores más fue “muy doloroso”, pero fue “la única opción”. Estamos ante la contante y sonante lógica del capitalismo, un ethos existencial que Man-su conoce muy bien, por lo que, llegado el momento, cuando surja la oportunidad de acceder a un puesto similar al suyo en una compañía japonesa que también fabrica papel, encontrará que “la única opción” para tener ese preciado nuevo empleo es eliminar a sus competidores, es decir, a otros ejecutivos desempleados como él. Y al decir eliminar me refiero a asesinarlos.

Basada en la novela The ax (1997), del especialista en novelas criminales Donald E. Westlake (1933-2008), La única opción es un proyecto que Park había querido hacer desde hace casi dos décadas, sin saber que ya se había adaptado al cine en una primera versión, Le couperet (2005), dirigida por el cineasta franco-griego Costa-Gavras a quien, por cierto, está dedicada la cinta, en agradecimiento a la cesión de los derechos para realizar no un simple remake en inglés, sino una nueva versión, ambientada no en Estados Unidos, como se había planeado originalmente, sino en Corea del Sur. Este cambio de escenario es muy significativo, como lo ha dicho Park en algunas entrevistas: aunque la premisa de la novela de Westlake sigue siendo la misma, el hecho de que el protagonista sea un decente padre de familia de mediana edad en una sociedad con resabios patriarcales tan fuertes como la sudcoreana le da otra dimensión a la historia. Man-su decide planear el asesinato de su probable nuevo jefe y de sus dos competidores más probables no solo porque desea conservar su estatus económico, la casa familiar que su padre había perdido y él recuperó, su precioso y preciado invernadero, los dos encantadores perritos dorados y hasta la infaltable subscripción a Netflix, sino porque el hecho de no poder pagar todo esto (¡las lecciones de tenis de la esposa!, ¡la maestra de cello de la niña!) es sinónimo, para él, de su emasculación absoluta, como queda claro cuando conoce a los dos pobres tipos a los que, ni modo, está obligado a quitar del camino. No puede hacer otra cosa: es La única opción.

Park ha realizado, acaso, su película más oscura y fatalista, paradójicamente, por el chocarrero tono juguetón que ha decidido imprimirles a los esfuerzos homicidas de su protagonista. En este sentido, resulta clave la interpretación casi keatoniana de Byung-hun Lee de su aprendiz de criminal –todo lo hace con una impasible seriedad, más aún cuando está acorralado debido a su propia torpeza–, así como la elegante puesta en imágenes planteada por Park y ejecutada por el cinefotógrafo Woo-hyung Kim, con esos ángulos insólitos, esos enfáticos zooms y ese imaginativo manejo de los espacios, marca de fabrica de Park desde su célebre trilogía de la venganza (Sympathy for Mr. Vengeance, 2002; Cinco días para vengarse, 2003; y Señora Venganza, 2005). Vamos, solo un director tan preciso en su definición del encuadre y de esos movimientos de la cámara casi quirúrgicos podría haber montado algunas de las más violentas y, a la vez, más desternillantes secuencias que vemos en el filme, como esa en la que Man-su se enfrenta a uno de sus rivales, un pobre diablo alcohólico, deprimido y, además, cornudo, con una canción pop coreana sonando a todo volumen.

De alguna manera, fue un golpe de suerte que Park haya podido realizar este filme hasta 2025 y no en 2009, cuando se acercó a Costa-Gavras para convencerlo de dirigir un remake de su película. Y es que el escenario al que se enfrenta Man-su y su lucha para sobrevivir en estos nuevos bravos tiempos de la automatización, la inteligencia artificial y la inminente obsolescencia humana resulta mucho más pertinente ahora que hace tres lustros. No hay final feliz en este escenario, por más que Man-su piense que es el ganador. Triunfar en estos tiempos no es posible: el mejor escenario es retrasar el fracaso. Y con este optimista discurso de Chan-wook Park iniciamos este 2026 de nuestro descontento. ¡Feliz año! ~


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