El Festival internacional de Cine de Rotterdam es uno de los más prestigiados el mundo y, aunque desde su fundación, en 1972, se ha caracterizado por presentar el cine más arriesgado y experimental posible, en su vasta programación suele haber filmes de toda naturaleza: preestrenos hollywoodenses, cintas multinominadas al Oscar, desatadas películas de género que bien podrían haberse estrenado en Sitges, documentales que tratan los asuntos más acuciosos del momento y hasta obras mucho más convencionales, del tipo que Francois Truffaut bautizó despectivamente, en su momento, como “cine de papá”.
Esta es la etiqueta que podría endilgársele a Der verlorene Mann (Alemania, 2026), ópera prima de Welf Reinhart que fue programada en la competencia oficial, aunque habría que eliminar cualquier tono despectivo, pues estamos ante un sólido melodrama (extra)marital de la tercera edad que evita caer en las más previsibles cursilerías.
Hanne (Dagmar Manzel), felizmente casada desde hace más de dos décadas con el amable pastor recién retirado Bernd (August Zirner), se encuentra un buen día en su propia cocina con su exesposo Kurt (Harald Krassnitzer), de quien se divorció 30 años atrás. El tipo, desconcertado, le dice que no encuentra nada en esa cocina y, de hecho, no parece recordar que Hanne hace mucho tiempo que no es su esposa. En otras palabras, Kurt es “el hombre perdido” del título en alemán: padece de un estado avanzado de Alzheimer, se escapó del lugar en el que lo cuidaban y la hija que se encarga de él está fuera del país y no regresará en varios días. ¿No podría Hanne hacerse cargo de él por mientras?
El guion escrito por el propio director debutante en colaboración con Tünde Sautier coloca a sus tres personajes en un escenario siempre cambiante, que se mueve entre la comedia –el exmarido celoso de ese “desconocido” que anda por “su casa” como si fuera suya–, el melodrama social –las dificultades para lidiar con personas de la tercera edad en esas condiciones mentales incluso en el idílico primer mundo– y el cine romántico otoñal, pues donde hubo tanto fuego, algo de cenizas quedan, como lo descubre Hanne al volver a convivir con el otrora rebelde Kurt, ante la mirada crecientemente incómoda del noble Bernd. ¿Cine de papá? Más bien, buen cine de abuelitos que se niegan a quedarse en sus mecedoras.
Otros dos personajes veteranos son los protagonistas de la deliciosa comedia de costumbres Sainte-Marie-aux-Mines (Francia – Bélgica, 2026), la más reciente cinta dirigida por Claude Schmitz y presentada en la sección Harbour.
Alain Crab y Francis Conrad (Rodolphe Burger y Francis Soetens) son dos viejos inspectores policiales que son enviados desde Perpignan al pueblito francés del título, Sainte-Marie-aux-Mines, para colaborar con las autoridades locales en la seguridad de cierta actividad turística que involucra la presentación de joyas y minerales muy valiosos. Crab nació ahí y no tiene motivos ni ganas para regresar, mientras que Conrad ya está pensando en dejar el trabajo policial para retirarse en un lugar tan apacible como al que fue enviado. Por supuesto, más temprano que tarde algo sucederá que romperá esa tranquilidad, por lo que el par de viejos inspectores tendrá trabajo qué hacer, aunque Conrad esté más ocupado en iniciar una nueva vida mientras camina sin prisa y fumando por las angostas calles empedradas del lugar.
Schmitz dirige con prestancia esta comedia policial de pareja (no tan) dispareja, pues los protagonistas no son tan diferentes –los dos están pasados de peso, están cerca del retiro y presumen más pasado que futuro–, por más que Crab todavía sueñe con regresar a Perpginan por la puerta grande, pues no salió de ese sitio 30 años atrás para terminar su carrera ahí, en el mismo lugar del que huyó. El impasible humor contenido en el guion escrito por el propio cineasta está bien servido por el funcional encuadre en formato clásico 4:3 de Florian Berutti y, sobre todo, por el entrañable rapport entre los dos personajes, encarnados por el roquero experimental conocido en México y ocasional actor Rodolphe Burger y el actor favorito de Schmitz, Francis Soeten. Me extrañaría mucho que esta cinta no tuviera corrida comercial en nuestro país en algún momento del año.
Otra pareja más –aunque una de las dos personas ya no esté viva– es la que protagoniza Far from Maine (Francia – Italia – Hungría, 2026), segundo largometraje del documentalista israelí Roy Cohen, presentado también en la sección Harbour y, desde esta trinchera, el mejor filme de Rotterdam que pude ver, por lo menos entre la veintena a la que tuve acceso.
El título alude a cierto programa idealista, Seeds of peace, que se fundó en Maine, en Estados Unidos, en 1993. La idea original era reunir, durante todo un verano, a un puñado de adolescentes palestinos e israelís en ese lejano y neutral territorio boscoso estadounidense para propiciar el (re)conocimiento mutuo, la comprensión del otro, la confianza en ese extraño al que llamo enemigo porque me han enseñado a señalarlo así. El programa tenía un objetivo a largo plazo mucho más ambicioso: crear nuevos liderazgos, tanto en Israel como Palestina, que, pasados los años, encontraran un camino verdadero hacia la paz en Medio Oriente. Así lo atisbamos, mediante imágenes de archivo, en un momento clave en el mismo documental, cuando los jóvenes de la primera generación asisten como testigos a la firma de los acuerdos de Oslo entre Itzhak Rabin y Yasser Arafat, con Bill Clinton como maestro de ceremonias.
Por supuesto, ya sabemos cómo terminaron esos fallidos acuerdos, pero Roy Cohen no está interesado en explorar esa historia tan conocida. Su intención es mucho más personal, pues cuando él mismo fue parte de Las semillas de paz, en 1997, conoció al carismático chamaco israelí de origen palestino Asel Asleh, quien no solo se graduó del susodicho programa sino que fue uno de los estandartes más visibles de la organización y, por desgracia, lo fue más aún cuando se convirtió en mártir de ese movimiento: Asel fue asesinado por un policía israelí en el año 2000, en una manifestación en la que llevaba, precisamente, la camiseta de “Seeds of peace”.
Echando mano de archivos familiares, de videos y fotografías de su lejana estancia en Maine cuando conoció a Asel, así como de su vida presente, entre Nueva York y Tel Aviv, al lado de su comprensiva pareja judía-estadounidense Toby y de la pequeña hija de ambos, Cohen no solo explorar el sentido de sus propios orígenes –un judío israelí de familia paterna marroquí y materna argelina–, sino de un presente cada vez más complejo y amenazador, pues aunque su propia voz narrativa en off afirma que, “nada empezó el 7 de octubre (de 2023)”, lo cierto es que también acepta que “todo cambió”.
Este personalísimo documental es un intento no solo para aprehender la memoria de ese entrañable amigo al que sigue recordando todos los días, sino para enfrentar el presente más incómodo –una de sus hermanas vive en un kibutz ubicado en los territorios ocupados– y, sobre todo, vislumbrar el mejor futuro posible de su hijita entre una disyuntiva imposible: ¿criarla en el Israel de Netanyahu o en el Estados Unidos de Trump? Lo cierto es que el mundo de hoy está muy lejos de Maine. ~