El Evangelio según Monty Python

Monty Python. Autobiografía

Bon McCabe (ed.)

Libros del Kultrum

Barcelona, 2021, 608 pp

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Tres milagros –una aparición, un renacimiento y una resurrección– alumbraron La vida de Brian (1979). Los tres son referidos en el libro Monty Python. Autobiografía (2021), suerte de hagiografía, exégesis y sketch en la que el crítico cinematográfico Bob McCabe indaga en la vida –y milagros– del famoso sexteto británico compuesto por Graham Chapman (1941-1989), John Cleese (1939), Michael Palin (1943), Eric Idle (1943), Terry Jones (1942-2020) y Terry Gilliam (1943), cuatro ingleses, un galés y un estadounidense nacionalizado inglés que pusieron patas arriba con su humor surrealista, absurdo e incisivo las convenciones de la comedia cinematográfica. Libros del Kultrum lo publica con un retraso de dieciocho años respecto de su edición original; las arrugas del tiempo no se notan en los pliegues de este volumen, notablemente más manejable que la edición vernácula, y también más íntimo: su encuadernación, con solapa interior plegable, le confiere el aspecto de un cofre, de un receptáculo que alberga un tesoro de secretos, confesiones, lamentos y –dada la categoría de sus protagonistas– pullas y carcajadas. Es un libro que se ríe de la fatalidad, de la muerte, de los prejuicios y de la rutina, y que celebra, con una sonrisa que nunca desfallece, la amistad, el esfuerzo y el entretenimiento.

Esta biografía funciona a modo de un sobrio documental a cámara: los seis protagonistas –Graham Chapman, fallecido en 1989, es invocado desde el más allá en base a las memorias de su hermano, de su pareja, y de la ocasional voz de sus textos– desfilan ante las páginas prestando recuerdos, contraponiendo opiniones, evaluándose y riéndose de sí mismos. El libro es desenfadado ya desde su contracubierta; las instructivas notas del editor contextualizan y ejercen de voz en off y acotación de los monólogos reproducidos. La estructura es clásica, cronológica, y se divide en siete partes, tantas como las edades del hombre que los Python intentaron abarcar en su última y fallida –por inacabada– película conjunta, El sentido de la vida (1983), con la que quisieron homenajear a El discreto encanto de la burguesía de Luis Buñuel. McCabe procura mantenerse fuera de foco, como simple transcriptor, aunque no puede ocultar sus simpatías hacia la ternura de Palin, la espontaneidad de Idle, la adusta creatividad de Gilliam, la apabullante confianza de Cleese, los anhelos de Jones y los destellos de Chapman.

En un libro así es fácil que florezcan los milagros. McCabe, como buen showman, los abona durante páginas, hasta el momento álgido de la función, cuando toda la atención del lector alcanza su cenit. La biografía regala así sus momentos más lúcidos, sus estampas más surrealistas, y se cuaja de declaraciones con la fuerza de titulares. De repente, el escenario nos sitúa en Barbados, durante dos semanas de principios de enero de 1978. En una mansión “de cuento de hadas”, antiguo resort de vacaciones de Winston Churchill, los Monty Python al completo resurgen tras la ruptura por hartazgo de John Cleese, sin el cual han rodado la cuarta y a la sazón última temporada de Flying Circus (1969-74), la serie por la que la posteridad los reconoce. A doce manos empezarán a escribir un guión ambientado en “una Judea imbuida de auténtico fervor mesiánico”.

Del ambiente favorable se beneficiaría sobre todo Graham Chapman. Alcoholizado durante la mayor parte de su vida, durante el rodaje de La vida de Brian se comportó como un santón abstemio, un curandero que abrió una consulta –era médico de profesión– en Túnez, el set natural donde se grabaron varias de las tomas en exteriores. “De un modo muy curioso” –rememora David Sherlock, su pareja, con un ápice de melancolía– “su vida fue un largo ensayo para su papel de Brian, pues para prepararlo se inspiró en sus propias vivencias.” Así pues, Brian, el vecino de al lado de Jesucristo, nació de una catarsis.  

Y también de una aparición oportuna. El comparsa que apostó por la película cuando las grandes distribuidoras se echaron atrás, ante el temor de estar apoyando una herejía, fue George Harrison: hipotecó su casa y aportó los cuatro millones de libras (de la época) necesarios para completarla. “La financió él solo, porque quería verla. Debió de ser la entrada para el cine más cara de la historia”, cuenta Idle, el amigo íntimo del Beatle que facilitó su intermediación. El propio Idle, ideólogo de la película –“Alguien me preguntó: ¿Tenéis algún proyecto en mente?, y yo le respondí: Bueno, nuestra próxima película se titulará Jesucristo ansias de gloria”– resume el espíritu del filme, una parodia feroz contra el mesianismo que funciona también como enmienda a la totalidad de los fanatismos y populismos. “Es una película muy protestante, una crítica contra la gente que interpreta, que dice que habla por boca de Dios y que mata por Dios, práctica aún en boga. La gente se siente muy amenazada cuando alguien cuestiona su sistema de creencias establecido, porque para ellos ese sistema es un asidero y no toleran que nadie lo ponga en tela de juicio”, sostiene.

Largo será el camino que conduzca a Brian. En las páginas previas, el lector encontrará una elegía a los programas radiofónicos que nutrieron la imaginación de los jóvenes Python y que sembraron la semilla de su estilo; apuestas arriesgadas como The Goon show, un completo delirio de voces, rápidos juegos de palabras y situaciones surrealistas a cargo de, entre otros, Peter Sellers, que, según Palin, “daba a entender que el mundo es un absurdo sin ningún sentido y que la gente está totalmente chalada”, o Beyond the fringe, el espacio “que pasaba al ataque” y daba un baño de humildad a una encorsetada sociedad británica. Transitará también por los efervescentes escenarios teatrales universitarios de Oxford y Cambridge que fraguaron las vocaciones interpretativas y dramatúrgicas de los futuros Monty Python, y que fungieron de escaparate y trampolín para el incipiente medio televisivo, ávido de guionistas avispados y creativos. Habrá hueco para los groupies que deseen saber más de los entresijos, a veces casuales, del Flying Circus, la tarjeta de presentación televisiva en 45 capítulos del grupo que combinó “algo repugnante como una pitón” con lo que parecía “el nombre de un representante de actores casposo”, y que introdujo el monólogo interior catódico a partir de unas animaciones de bajo presupuesto. E incluso se hará un alocada parada en una “versión sucia y original de la Edad Media” alejada del glamour de Hollywood (Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, 1974), en la que el rey Arturo trota al ritmo de unos cocos por diez sketches y tres canciones.

Bob McCabe traza la senda pythoniana en su prólogo: “Quienes cambian el mundo no lo hacen necesariamente a bombo y platillo; a veces lo hacen justo cuando la gente está mirando hacia otro lado.” Muchas páginas después, John Cleese, en una de esas escenas post-créditos tan dignas de Monty Python, zanja la experiencia con un epitafio: “Creo que conseguimos que el público se sintiera mejor. […] Hicimos reír a mucha gente, y esa es una de las mejores experiencias que se pueden regalar.” Y leer con irreverencia.

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