Brasil pierde su Mundial

Quizá con un poco de modestia, este Mundial habría sido un éxito para Brasil.
Favorito

No sé quién ganará la Copa del Mundo de Brasil. Es verdad que Holanda mostró un futbol arrollador contra la pobre España, pero ese equipo holandés es joven y puede dar una de cal por la de arena que vimos hace unos días. También es cierto que Brasil es el local y que, aunque la calidad de su juego no deslumbre, es posible que sea suficiente. Y aunque escribo esto a unas horas del partido de la Argentina de Messi, doy por descontado que el brío ofensivo de la albiceleste también obliga a considerarla favorita. De ahí en fuera, vaya usted a saber quién pueda levantar la mano. ¿O de plano vamos a descartar a los colombianos? ¿A la Italia del maestro Pirlo, capaz de dar una asistencia magistral sin tocar la pelota? Para nada. Por eso es imposible pronosticar quién ganará en la cancha.

Pero sí puedo decir quién ha perdido más allá de la cancha. Ahí, Brasil ya ha dejado ir su Mundial.

No se trata, vale la pena aclarar, de un desastre. La Copa del Mundo brasileña avanza a pesar de los límites en infraestructura y la torpeza evidente de planeación del torneo. Cuando ya casi ha transcurrido una tercera parte de la primera fase, no hay incidentes qué realmente lamentar. Ningún estadio a medio construir ha dado la mala nota. La famosa inseguridad brasileña no ha amenazado realmente a nadie. Los jugadores apenas se han quejado de las instalaciones. Sí: hay por ahí una foto de Muslera, el arquero uruguayo, despertando en una cama repleta de hormigas, pero nada más. Basta comparar con la vergüenza que fue Sochi para Rusia. Esto no es aquello, ni de lejos. Lo más probable, creo, es que el Mundial de Futbol termine sin contratiempos mayores y todos recordemos el torneo más por el extraordinario despliegue deportivo que por los defectos de la organización.

¿Entonces por qué decir que Brasil ha perdido su Copa del Mundo? Cuestión de expectativas, querido lector. Ocurre que el Brasil de Lula Da Silva no pretendía organizar un torneo sin contratiempos, un Mundial cumplidor y sanseacabó. No: la intención expresa de Lula siempre fue aprovechar la Copa del Mundo para celebrar la llegada de Brasil al primerísimo plano mundial. Esta Copa debía representar no sólo el triunfo deportivo brasileño sino la elevación del país como protagonista absoluto en el escenario global. Lula prometió “el mejor Mundial de la historia” y no estaba bromeando. Soñaba con un torneo perfecto, el primero con doce sedes esparcidas a lo largo y ancho de este país-continente; un Mundial en el que Brasil impresionara por su brío, eficiencia y calidad de vida. Era, en otras palabras, el debut brasileño como potencia mundial, el momento en el que Brasil anunciaba que estaba ya muy lejos del resto de América Latina. Por eso es que Lula buscó no sólo la sede de este torneo sino también los Juegos Olímpicos para Río en apenas dos años.

Ahora está claro: aquello fue un acto de inmensa megalomanía.

La organización del Mundial de Futbol está lejos de ser un desastre pero está todavía más lejos de ser brillante. Lula quería una fiesta en la que no fallara un detalle, con los cubiertos lustrosos y los manteles impecables. Lo que hemos visto los que visitamos Brasil en estos días es una fiesta de último minuto (a pesar de los años y el dineral en la preparación), con la basura debajo del tapete y el anfitrión mal vestido. Cuesta encontrar a un visitante que no tenga una queja.

Hay de todo: que si el tráfico (de época), que si el desorden infinito en los aeropuertos, que si los vuelos cancelados, que si los deslaves en las carreteras, que si los taxistas corruptos, que si las distintas reglas en distintas ciudades, que si el acceso a internet, que si el descaro en los hoteles, que si las instalaciones a medio terminar. Nada de esto, insisto es una catástrofe. Pero mucho menos es para presumir. Y eso es una pena, porque los brasileños —los de a pie, no sus políticos— están haciendo un esfuerzo enorme. Lástima que el narcisismo nacionalista de Lula Da Silva haya puesto la barra tan, pero tan alta. Quizá con un poco de modestia, este Mundial habría sido un éxito para Brasil.

En fin, ya será para la próxima.

(Publicado previamente en el periódico El Universal)

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