De castigos y recompensas

Con la reelección como mecanismo de castigo o recompensa, nuestros legisladores tendrán que hacer algo inédito: explicar sus decisiones a los electores.
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Parece un hecho que más temprano que tarde tendremos una reforma política que nos ofrezca la posibilidad de reelegir a los legisladores que lo merezcan y enviar de vuelta a casa a los que no. Ya era hora. Si algo nos demuestran los últimos y miserables tiempos de la retórica legislativa es la necesidad urgente de contar plenamente con uno de los mecanismos elementales de la democracia: el castigo en las urnas. Hasta ahora, sin la reelección en el Legislativo, los diputados y senadores han tenido que dedicarse exclusivamente a defender los intereses del partido o del caudillo en turno para preservar el hueso ad eternum. No más. Ahora, con la reelección como mecanismo de castigo o recompensa, nuestros legisladores tendrán que hacer algo inédito: explicar sus decisiones a los electores.

Basta ver el ejemplo de otras democracias para comprender a qué grado resulta satisfactoria y necesaria la rendición de cuentas. Sobran episodios en los que los votantes se han comportado de manera implacable con políticos que les han quedado a deber. Ahí está el ejemplo de Gordon Brown, el primer ministro británico que no pudo convencer al electorado inglés de la supuesta sensatez de sus propuestas económicas y fue despedido sin miramientos. O el castigo de los votantes españoles al Partido Popular después del pésimo manejo que hiciera José María Aznar de la crisis del 11 de marzo. Aznar intentó engañar a los votantes y los votantes propinaron una severa derrota al candidato de Aznar. Democracia en estado puro.

En Estados Unidos, donde la reelección del Legislativo es una tradición, representantes y senadores deben volver a sus distritos y estados a traducir cada una de sus decisiones. Varios han conseguido carreras longevas, a veces por las mejores razones. Hay senadores, como Ted Kennedy, que fraguaron historias ilustrísimas y enteramente productivas a lo largo de décadas en el Capitolio. Pero incluso Kennedy y otros legisladores legendarios tuvieron que regresar, al final de cada periodo, a rendir cuentas y explicar detalladamente por qué merecían, de nuevo, el favor de los electores. En muchos casos, perdieron. En una democracia real, el del político debe ser el puesto de trabajo más incierto.

Ahora, con la reelección, el peso de la responsabilidad democrática recaerá enteramente en el electorado. El votante mexicano tendrá la obligación de informarse. Deberá hacerse a la idea de que la democracia apenas empieza en el momento en que deposita su voto en la urna. Pronto, imagino a un elector acercándose a un diputado y preguntándole por qué optó por retrasar la aprobación de la reforma política o por qué tomó la tribuna como método de presión. Me figuro a ese mismo elector negándose a tragarse el tratado de retórica fatua con el que intentará embaucarlo el diputado en cuestión. Y, finalmente, imagino a ese votante decidiendo, con la razón y la información, el futuro del legislador.

Por supuesto, este ejercicio de democracia elemental servirá, a su vez, para hacer las preguntas pertinentes a la hora de votar el único cargo sin reelección en México. Tras poner bajo la lupa a sus legisladores (y alcaldes), los electores aprenderán a exigirle al candidato presidencial panista que explique su postura, digamos, sobre política social. No lo dejará escapar cuando tenga que declarar qué piensa del aborto o los derechos de los homosexuales. Mucho menos lo dejará escabullirse cuando le pregunte su opinión sobre los resultados de la política de seguridad calderonista. Lo mismo, imagino, hará con el candidato priista, que deberá responder por la historia propia y de su partido, con todo y esa cola larga, larga que el tricolor arrastra. Y, claro, lo mismo habrá de hacer con el candidato del PRD, que deberá dejar claro qué proyecto económico defiende desde la izquierda, además de explicar, detenidamente, qué relación guarda con la propia historia, no enteramente ilustre, del perredismo. Será un ejercicio no solo riguroso y necesario, sino delicioso: el de la recompensa o el castigo en democracia. Y México será, con ello, un mejor país.


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