Foto: Heuler Andrey/Diaesportivo/APS via ZUMA Press Wire

Infantino es el menor de los problemas de la FIFA

La reforma de la FIFA es imprescindible: más transparencia, más controles. Pero requiere más que voluntad y protestas en Twitter cada cuatro años.
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La escena es patética. El equipo español acaba de dominar a Argentina después de 120 minutos y está listo para levantar la copa cuando se cruza en escena el cuerpo obeso de Donald J. Trump para cumplir su amenaza premundialista: aparecer en la foto del campeón del mundo. Tan bien como mueve a un contrario, Rodri dirigió con la mano sobre la espalda al invitado indeseado hacia el costado del grupo, donde Trump se plantó. Y ahí viene la parte más estólida: Gianni Infantino, ese ser humano sin columna vertebral, atraviesa el tablado corriendo en puntitas de pie como el valet que quiere ahorrarle a su amo un bochorno e intenta arriar a Trump por el brazo, nada más para ver cómo el abominable anfitrión ha decidido quedarse a que la apoteosis sea también suya. Trump permanece unos segundos plantados hasta, quién sabe por qué –quizás porque incluso él es capaz de saber cuándo está fuera de lugar– se retira siguiendo la sonrisa indeformable del vendedor de autos usados que preside la FIFA.1

¿A quién sirvió todo esto? Trump e Infantino entraron al MetLife Stadium quizás con la idea imperial del saludo debido al gran patrono nada más para encontrarse con abucheos y chiflidos desde las plateas y las populares. Todo el mundo vio por TV al rey desnudo que quería capitalizar la mayor fiesta global. Infantino ha sido el cómplice perfecto de un acuerdo odioso que hipermercantilizó el juego y generó decenas de polémicas –precios, presiones, patrocinios, destratos, reventas, la mar en coche. Tanto es el encono con la FIFA, tanta su historia de opacidad y tan recientes sus escándalos de corrupción, que incluso las decisiones equivocadas o juiciosas –en especial de los árbitros– se tiñeron de la misma mancha escarlata que ha ensuciado al Vaticano del fútbol por más de medio siglo, desde João Havelante y Sepp Blatter hasta, ahora, el invertebrado moral Infantino.

La imagen final del valet Infantino tratando de salvar la cara del amo Trump revivió la pregunta subyacente al enojo colectivo: ¿es posible reformar a la FIFA o la FIFA es, estructuralmente, la clase de organización que produce este tipo de escenas como quien produce calor por fricción, o sea, como efecto colateral inevitable de su propio funcionamiento? Más concretamente, ¿es el mundo, al menos, capaz de transformar la gestión del fútbol en un sistema más transparente?

Es posible, es difícil. Pero, en cualquier caso, de conseguirse, Infantino es apenas un problema moral. Lo de FIFA no es personal sino sistémico. No cambias al Vaticano cambiando solo al Papa.

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Apenas iniciado el Mundial, hubo otra escena que mostró, por contraposición, cómo FIFA es una organización del poder que emplea el futbol para acumular más poder e influencia global, y tal concepción hace más difícil cualquier arresto de cambio.

En marzo de 2026, en la ciudad turca de Antalya, Infantino entró con su traje impecable al vestuario de la selección de Irán después de un partido eliminatorio para prometer que su equipo tendría “las mejores condiciones posibles” para jugar en Estados Unidos en medio de la guerra. Era otra promesa de vendedor de autos usados: haré todo lo posible para que usted tenga lo que desea no significa que, en efecto, tendrás lo que deseas. El técnico, Amir Ghalenoei, se vio luego en plena Copa del Mundo con su equipo reubicado de Arizona a Tijuana por una decisión de la administración Trump que definió quién era bienvenido y quién no –una categoría tan exclusiva que sólo comprendió a Irán–. El país anfitrión los trató de forma muy injusta, dijo Ghalenoei. Como si a alguien le importase.

La necesidad de reformar FIFA tiene importancia ahora, ya terminado el Mundial –el más grande de la historia, 48 selecciones, 8 partidos hasta la final, con entradas cuya reventa general tocó los 4,185 dólares, siete veces el precio de Qatar 20222– porque el Mundial es, entre otras cosas, el momento en que la maquinaria administrativa de la FIFA queda más expuesta al ojo público y, paradójicamente, el momento en que menos le importa a la FIFA lo que ese ojo público piense, porque ya cobró. FIFA tiene cuatro años para decidir cómo le presentará al mundo la Copa y el negocio. La ventana para actuar es más corta.

Claro, el asunto es que, primero, a la FIFA tiene que importarle cambiar y abandonar el gatopardismo. La asociación ha sido sospechada de participar o tolerar corrupción por décadas y eso ha abonado la discusión sobre su gobernanza. Roger Pielke Jr., politólogo de la Universidad de Colorado, publicó en 2013 un artículo donde identificó los seis mecanismos posibles de rendición de cuentas –jerárquico, fiscal, legal, de mercado, entre pares y reputacional– donde FIFA tendría que dar respuestas y exhibir transparencia: en ninguno, sugirió, actuaba entonces con fuerza suficiente. Mucho de eso no ha cambiado todavía hoy.

Para que algo suceda, sostuvo Pielke Jr., cualquier reforma real tendría que llegar por una combinación indirecta de presión legal, de mercado y reputacional, no por la autorregulación que FIFA dice practicar, pero no practica. (Pielke Jr. no es un cruzado moralista woke: es un politólogo conservador afiliado al también conservador think tank America Enterprise Institute.)

El problema central es que, puertas adentro, FIFA no tiene ningún mecanismo que la obligue a reformarse a sí misma. En 2011, la organización creó un Comité de Gobernanza Independiente que puso bajo la responsabilidad de Mark Pieth, un experto suizo en anticorrupción. Pieth redactó un informe de 40 páginas con las debilidades que facilitaban la corrupción. Reclamó por equilibrio de poderes, evitar conflictos de intereses –como que el presidente que busca reelegirse siga en el cargo sin siquiera informar cómo financia sus campañas–, pidió que el comité de ética sea independiente, se preocupó porque los ejecutivos que son investigados mantuviesen sus funciones o que las 211 federaciones nacionales sean, simultáneamente, dueñas y supervisoras de FIFA. “Como hay tanto dinero para los miembros”, le dijo Pieth a la prensa de entonces, “se corre el riesgo de que parte de ese dinero beneficie directamente a las personas que están tomando decisiones”.

El asunto parecía serio, hasta que dejó de serlo. La mitad de los doce miembros elegidos para el comité tenían vínculos financieros directos con la FIFA. Los mismos reclamos de Pieth eran desatendidos bajo su presidencia y sus pedidos de apoyo a las federaciones eran desoídos. Cuando reclamó investigar la asignación del mundial 2022 a Qatar, su voz reverberó en una sala vacía. Al cabo, Transparencia Internacional, que había sido invitada para dar legitimidad al proyecto, retiró a su representante y cortó lazos con todo el proceso.

En los tiempos en que Pieth trabajaba en el diseño del comité, además, sucedió Sudáfrica 2010. Y esto significa el escándalo Sudáfrica 2010: el pago de sobornos por más de 10 millones de dólares para aprobar la selección del país como sede que desató una investigación del FBI y terminó con el arresto de dos docenas de dirigentes internacionales. En esa pesquisa, el FBI desarmó una asociación ilícita que durante casi un cuarto de siglo movilizó más de 150 millones de dólares en fraudes. Cercado, incapaz ya de mandar la pelota a la banda, Sepp Blatter, quien dirigía la FIFA entonces, tuvo que renunciar –justo cuando buscaba una nueva reelección. “Los acusados ​​fomentaron una cultura de corrupción y codicia que creó condiciones desiguales para el deporte más importante del mundo”, dijo el entonces director del FBI, James B. Comey. “Los pagos no declarados e ilegales, las comisiones ilícitas y los sobornos se convirtieron en una forma de hacer negocios en la FIFA”.

Antes de ser sucedido por el invertebrado Infantino, Blatter fue noticia una vez más. En 2025, fue condenado junto a Michel Platini, ex presidente de la UEFA, por fraude por un pago “desleal” que recibió el antiguo10 de Francia en presunta retribución por asesorías a Blatter. Todas las sospechas de la relación carnal con Trump provendrían de un aparente intento de Infantino para que el presidente de Estados Unidos ordene demorar o cancele las investigaciones del FBI sobre FIFA, dada la lealtad autocrática que el Departamento de Justicia y el mismo Bureau dispensan a la Casa Blanca. (Que el responsable de aquella investigación fuese Comey, a quien Trump ha perseguido judicialmente, es todo lo que cualquier interesado necesita dejar caer en los oídos del decorador de la Casa Blanca.)

FIFA es tiempista como un buen mediocentro: si no está lista para contraatacar, enfría el juego para desarmar el momentum del adversario. Un estudio recién publicado en 2026 por Roman Gibel, Florian Überbacher y Andreas Georg Scherer dice que, en efecto, eso ha hecho FIFA entre 2016 y 2024, el tiempo en que investigaron sus acciones: regular el partido. Esto es, revertir las acciones de gobernanza gracias a la preponderancia de largo plazo de lógicas arraigadas que propician la corrupción y a la inconsistencia y continuo desplazamiento de la atención internacional.

Ese proceso se da en tres fases, dicen. Primero, las reformas anticorrupción reprimen –pero no desmantelan– el clientelismo que las motivó, lo que las deja en una situación de fragilidad estructural: basta que baje la presión externa –mediática, del mercado, judicial– para que reaparezca la lógica clientelista. Al principio lo hace de forma discreta a través de un “desacoplamiento” entre la práctica real y el mantenimiento formal de las reformas. Tras eso ocurre lo que Gibel, Überbacher y Scherer llaman un “reacoplamiento regresivo”, cuando las propias políticas de reforma se reinterpretan o se revierten para volver a alinearse con las prácticas que debían erradicar. Dicho de otro modo, la reforma no fracasa porque nadie la implemente sino porque se implementa solo lo suficiente para que deje de doler. Algunos caen, pero el sistema perdura –capice, Soprano?

El experto suizo en gestión pública Jean-Loup Chappelet, que estudió el mismo problema en el Comité Olímpico Internacional y en federaciones deportivas internacionales, dice que el problema es estructural, no de nombres. Organizaciones como la FIFA reclaman –y en buena medida obtienen– una autonomía regulatoria que ninguna corporación ni ningún gobierno tendría permitida, bajo el argumento de que el deporte se autogobierna mejor que si lo gobiernan terceros.3 El problema, dice Chappelet, es que esa autonomía nunca ha estado acompañada de un sistema externo de regulación comparable al que existe para bancos, farmacéuticas o empresas que cotizan en bolsa.4 Sin ese contrapeso, la autonomía deportiva opera en los hechos como un vacío regulatorio, no como una virtud. Es como si FIFA fuera el Vaticano de la mayor religión secular del mundo: ajena a la ley de los hombres, sujeta a la voluntad de algún dios.

Hay una lectura adicional, que presupone que FIFA opera como opera porque la informalidad le es el sistema más útil para gestionar la diversidad que la conforma. Como si la ley fuera inflexible cuando se requieren acuerdos más cercanos, familiares –capice, Soprano?–. En ese esquema, Infantino es apenas un fusible, como antes lo fue Sepp Blatter: funciona en tanto sea capaz de mantener al sistema funcionando, intocado o con bajo riesgo. La corrupción no opera como fenómeno individual sino como un sistema de relaciones de poder.

De hecho, un ensayo publicado en 2019 en el European Journal of International Law sugiere que la corrupción no es un defecto del sistema de gobernanza de la FIFA sino una solución perversa, informal y sistemática a ese problema de coordinación entre actores. Porque, de hecho, FIFA existe en un ecosistema de intereses divergentes y, en ocasiones, en franco conflicto: 211 federaciones nacionales que se quieren sacar ventaja, seis confederaciones continentales que pretenden hacer lo mismo, patrocinadores globales que desean dejar fuera del negocio a otros patrocinadores globales y gobiernos anfitriones que tienen incentivos políticos y económicos para ganar las sedes frente a otros gobiernos. El soborno y el intercambio de favores políticos, argumenta ese ensayo, son ese mecanismo informal y eficaz para distribuir fondos y repartir poder entre esa red diversa y difusa de actores. (Los autores sugieren que la reforma de febrero de 2016 que permitió a Infantino llegar a su mandato tras la caída de Blatter no tocó esa función de coordinación.)

Pero, claro, cientos de empresas en el mundo que operan en negocios y mercados tan o más millonarios que los de FIFA –incluidos, en especial, sus propios patrocinadores– tienen también que lidiar con una miríada de stakeholders, desde gobiernos en distintos continentes a consumidores organizados, reguladores, comisiones bancarias y financieras y su propia competencia. La FIFA-Soprano es la mejor excusa para business as usual. No necesariamente en el sentido de corrupción estructural e inevitable sino de omertà que beneficia a todos los participantes directos, en particular las asociaciones y confederaciones de fútbol. Como en la espiral del silencio de Noelle-Neumann, convencidos o no, los actores encuentran incentivos para participar o callar en el acuerdo general bajo la amenaza del asilamiento en caso de no seguir los valores comunes.

Como la decisión de FIFA es cupular –y avalada por acción u omisión por las federaciones más poderosas– no es nada inusual que la organización opere con patrones geopolíticos y de negocios asociados que no son disputados calle abajo.5 La FIFA suspendió a Rusia a los cuatro días de la invasión a Ucrania en 2022, pero guardó silencio ante los bombardeos israelíes que acabaron en miles de muertes de civiles en Gaza antes y durante el Mundial en Estados Unidos. Cuando Washington declaró inapropiada la presencia de Irán en Arizona, la FIFA no defendió sus propios estatutos sino que dejó que el equipo fuera trasladado con visados de veinticuatro horas por partido para su cuerpo técnico. Según el politólogo David Alvarado, esas decisiones son la expresión coherente de un sistema: la FIFA, escribe Alvarado, no representa ningún bloque geopolítico, pero “los países a los que le entrega su torneo insignia revelan una afinidad estructural con regímenes que anteponen el espectáculo al escrutinio y el beneficio a la rendición de cuentas”. Rusia 2018, Qatar 2022, Estados Unidos en 2026, Arabia Saudita 2034 entrarían en esa lógica inmediata como, en el pasado, lo fueron la Italia de Mussolini (1934) o Argentina 1978 bajo la dictadura militar.

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La abierta exposición de Trump a medrar con la Copa ha puesto otra vez al mundo en alerta. Pero, ¿es factible reformar a FIFA? Y si se puede, ¿qué, cómo, hasta dónde? Hay mecanismos, todos más o menos exógenos al Vaticano futbolístico, ninguno de efecto inmediato y, en buena medida, necesitados de un cambio cultural y de acciones políticas que presionen de manera externa a la organización.

Nada sucede en el vacío: la corrupción no es un fenómeno personal que dependa de individuos particulares más o menos honestos sino un proceso institucional de reglas y comportamientos sistematizados, de manera que su atención excede a tener champions en la batalla.

En 2016, los académicos estadounidenses Christopher Boudreaux, Gökhan Karahan y R. Morris Coats propusieron incorporar a patrocinadores y otros grupos de interés como una especie de junta externa que supervise a los ejecutivos de FIFA, bajo la lógica de que esos actores sufren los costos reputacionales de la corrupción y por tanto tienen incentivo real –no solo declarativo– para vigilarla. La presión de mercado suele ser eficaz, sobre todo en organizaciones hipermercantilizadas, pues la externalidad no está afectada por la buena voluntad interna. (Este es un modelo que parece haber funcionado con el Comité Olímpico Internacional desde los escándalos de sobornos de 1998 bajo la presidencia de Juan Antonio Samaranch.)

Boureaux & Co también tienen expectativas en que cambiar la lógica de representación, incorporando más mujeres a la gobernanza, no de manera simbólica sino a lo largo de toda la estructura de poder, pues “las investigaciones sugieren que son menos corruptas en promedio”. La tercera opción –sugerida por Pielke Jr.–, es más lenta y pasa por la presión legal externa –como la investigación del FBI o los parlamentos–, pero solo si esas acciones provienen de instituciones judiciales independientes o de acuerdos que no provengan exclusivamente del clima político coyuntural. Cuarta, y largamente dispersa pero necesaria para instalar y mantener el debate, la presión de la prensa independiente y de los aficionados con sus propias federaciones.

Nada de esto, por supuesto, es una fórmula con el resultado comprado –algo que ni siquiera las selecciones poseen en el campo de juego. Pero todos hemos visto en 2026 cómo se ve el poder real cuando no tiene inhibiciones: no solo capaz de demandar prerrogativas en las sombras –con llamadas telefónicas–, en los palcos VIP –manoseando una copa concebida para los jugadores– o en la misma cancha –pretendiendo ser parte de un espectáculo que solo es para los campeones. Si el mundo desea sacarse de encima sospechas, arbitrariedades y conspiraciones, el mundo debe actuar. Si no, será el mismo bobo que mira –y lo mandan pashá– un espectáculo que le pertenece progresivamente menos cada cuatro años, noventa minutos por vez, con el volumen alto y las preguntas apagadas. ~


  1. The Guardian definió ese momento con un sarcasmo preciso. Dice al pie de una fotografía donde se observa a Infantino hablar al oído de Trump mientras llueven los papelitos dorados del festejo: “Gianni Infantino cuidadosamente explica a Donald Trump que él no es parte de la selección nacional española”. ↩︎
  2. En marzo de 2026, Football Supporters Europe y Euroconsumers presentaron ante la Comisión Europea una queja formal por abuso de posición dominante y opacidad contra FIFA por su monopolio de reventa de tickets, que le permitió usar “ese poder para imponer condiciones sobre los adicionados que serían inaceptables en un mercado competitivo”. ↩︎
  3. Ese conflicto es permanente. Durante el Mundial, Trump llamó a Infantino para reclamar por la tarjeta roja al jugador estadounidense Folarin Balogun, que lo dejaba fuera del partido de fase de eliminación contra Bélgica. FIFA dijo que el comité de disciplina de 18 miembros aplicó el articulo 27 del Código Disciplinario, que le permite suspender sanciones, y permitió a Balogun entrar al campo. Sin embargo, The Times reveló que solo un oficial, el presidente del Comité, Mohammad al-Kamali, de los Emiratos Árabes Unidos, tomó la decisión. Los demás 17 miembros no fueron consultados. FIFA volvió a estirar las normas cuando resolvió tomar decisiones disciplinarias después de concluida la Copa, lo que podría haber facilitado que varios jugadores de Argentina participaran en la final después de desplegar un cartel con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, considerado la exposición de una posición política que FIFA prohíbe. ↩︎
  4. Más aun, como no responde a ningún gobierno por su condición supranacional, es difícil que la justicia de un país pueda actuar. No hay un VAR para FIFA: la justicia suiza ha sido bastante renuente a echarle un ojo, siempre más motivada por la presión internacional que por el activismo propio. Fiscalmente, la condición de organización no lucrativa facilita a FIFA escapar a escrutinios financieros estrictos como los que pesan sobre las empresas y organizaciones con fines de lucro. ↩︎
  5. El Consejo de FIFA, que toma las decisiones centrales entre congresos, está conformado por Infantino y los presidentes de las seis confederaciones continentales –UEFA, CONMEBOL, CONCACAF, CAF, AFC y OFC. Las decisiones en los congresos anuales suelen estar alineadas con las presentaciones del Consejo. ↩︎


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