En 2011, Hugo Chávez anunció que tenía cáncer y comenzó a tratarse en Cuba. Durante sus ausencias delegó funciones, pero mantuvo el control de las decisiones centrales. Más aun, resistió cualquier intento de la oposición para convertir su enfermedad terminal en una demostración de debilidad e incapacidad política. Un gobierno personalista combinado con un Estado militarizado facilitó mantener a los críticos lejos de cualquier plan de sucesión. Antes de morir, Chávez ganó una reelección más. Venezuela siguió siendo suya en el afterlife.
Yo no sé qué tiene Donald Trump, pero algo tiene. En los últimos meses, han sido recurrentes los momentos en que se duerme a media tarde ante las cámaras. Sus manos se han vuelto cuestión de Estado. ¿Más o menos hinchadas que ayer? ¿Es normal esa decoloración? ¿Por qué tanto maquillaje? ¿Y esos moretones? El evidente sobrepeso –aumentó 10 kilos desde su asunción– afecta a un organismo de 80 años, así sea “The most stable genius” y tenga “buenos genes”. The Washington Post tituló “Los médicos afirman que el peso de Trump supone un riesgo importante para la salud”. Tampoco contribuye que duerma unas pocas horas al día. Menos, que se entregue a madrugones con la TV encendida y TruthSocial abierto para insultar a medio planeta mientras engulle snacks y dulces tirado en la cama con el control a mano.
La penúltima alarma la sonó Jonathan Reiner, que tanto es profesor de medicina en George Washington University como fue cardiólogo de Dick Cheney por 27 años, incluidos sus periodos en la vicepresidencia con George W. Bush. La franqueza de Cheney sobre su salud, dice Reiner en una comentadísima columna en The New York Times, fue una anomalía en la política estadounidense. Cheney hablaba de sus problemas coronarios con bastante soltura, pero a Reiner le preocupa lo opuesto: el sigilo alrededor de Trump.
Y es una duda razonable. Trump ha sido evaluado –según su propio médico– por 22 especialistas, tiene hematomas frecuentes y prominentes en sus manos, sus piernas sufren hinchazón por insuficiencia venosa, se duerme durante el día, usa algunas drogas en cantidades anormales y en 2025 le hicieron una resonancia magnética para ver el estado de su corazón y abdomen. Por qué, se pregunta Reiner, no hay detalles de nada de eso. Ni de las razones de que lo vean dos decenas de especialistas –¿de qué tipo, para qué?– ni por qué se hizo un test cognitivo que suele solicitarse cuando hay alguna preocupación. Nada. Cero. Niente. Nichts. Su gobierno oculta, lanza evasivas, abona generalidades y eufemismos, pasa la página cuando algo le disgusta. “El pueblo debe tener confianza en la salud de su líder y en su capacidad para guiar a la nación”, escribe Reiner. “Se nos ha mantenido en la ignorancia durante demasiado tiempo”.
La salud de un presidente es un asunto serio, en especial cuando, como Trump, dirige una potencia cuyas decisiones afectan al mundo entero. Si la política implica una teatralidad, el poder es, entonces y en parte, una representación física. La capacidad de un presidente reside mucho en la proyección de su presencia –ser visto y ser visto bien–. En la sociedad de la imagen, un líder de impronta física imponente traduce mejor la simbología del poder sano que otro obeso y encorvado. Proyectar la imagen de invulnerabilidad sobre la que suele descansar el poder indica que ese tipo puede decidir y controlar a sus subordinados por el tiempo que le toca.
John F. Kennedy lo sabía: la única prueba válida de liderazgo es la capacidad, dijo, de hacerlo “con vigor”. Pero el presidente de Estados Unidos no está obligado a certificar su aptitud para el cargo. Reiner recuerda que los pilotos comerciales y los controladores aéreos deben hacer exámenes a menudo porque, directa o indirectamente, la vida de miles de personas está bajo su responsabilidad. Incluso los conductores de autobuses escolares han de validar su capacidad detrás de un volante. Pero no un presidente. Y cuando es uno como este, ay.
Por supuesto, Trump no es el primer líder en mantener a la sociedad en penumbras y ascuas sobre su estado de salud. Cuando Woodrow Wilson sufrió un derrame masivo tras tener varios accidentes cerebrovasculares, su mujer y el médico presidencial trabajaron para ocultar la parálisis que le impidió gobernar con normalidad.1 Ronald Reagan tenía demencia temprana, aunque sus médicos decían no haber detectado cambios mientras presidía. Franklin Delano Roosevelt sufrió una polio invalidante y Abraham Lincoln gobernó con un cuadro de depresión. Y ese JFK que reclamaba vigor en el cargo y a los ciudadanos, fue el presidente más enfermo en ocupar la Casa Blanca, al punto de que le dieron los ritos sacramentales cinco veces.2
La misma alarma que tengo con Trump hoy sonó en el debate presidencial de 2024, donde Joe Biden balbuceó incoherencias. Fue un pasmo: aquel hombre débil y extraviado buscaba reelegirse. Luego sabríamos que los problemas de concentración de Biden –del que Trump se burlaba llamándolo, tremenda ironía, “Sleepy Joe”– fueron encubiertos por varios de sus funcionarios para que no llegasen a la opinión pública durante la campaña electoral. Que la práctica sea habitual parece tener sentido para cierta forma de mirar la política. La divulgación total de información entraña el riesgo de proveer a los adversarios internos y externos argumentos eficaces y oportunidades únicas contra los líderes y la nación. Pero la ausencia de información también daña el otro extremo del balance, la obligación de la responsabilidad y accountability.
Esto es particularmente importante en tiempos de desconfianza y polarización como los actuales. Y es peculiarmente severo en el caso de Trump, agricultor de esa división y un presidente definitivamente escorado hacia la autocratización y la destrucción democrática. Se trata del riesgo sistémico. Las autocracias no se resuelven como democracias formales; más se aproximan a un reemplazo de senador romano, intrigas y puñaladas por la espalda de por medio. Ahí están los primeros años de los bolcheviques en la URSS. Varios infartos cerebrales dejaron a Lenin semiparalizado y con dificultades para hablar, hasta que un último episodio en 1923 lo incapacitó. Lenin moriría meses después, pero desde que su debilidad se hizo evidente, los engranajes del sistema giraron en silencio en las dachas del apparat. Ya con Lenin encofrado en su mausoleo, Stalin maniobró para quedarse con el poder, descabezar a la resistencia y ahogar a los leninistas. Sabemos qué siguió después.
Fast forward y salto continental. La Revolución bolivariana dio continuidad al poder con el delfín designado por Chávez, pero la transferencia carismática no es mágica y Nicolás Maduro cogobernó un régimen parcelado entre el Congreso, las fuerzas armadas y los servicios de espionaje. Es altamente probable que una dictadura abierta como la nicaragüense se resuelva con una transmisión dinástica, pues nada hace suponer que alguna oposición pueda imponerse a la familia Ortega Murillo mientras le responda el aceitado aparato represor sandinista. ¿Cuba? Un sistema regimentado que decide dentro de la nomenklatura, como los bolcheviques. La salida de Díaz-Canel será resuelta en la cúpula del Partido Comunista cubano y luego bajada de su olimpo para el voto automático de la asamblea.3 La crisis resuelta por sistema, pero eso no es MAGA, que es movimiento no régimen –aún.
Más allá de los gatillos institucionales ante una crisis, los procesos democráticos tienden a descansar en entretejidos y balances de poder para la toma de decisiones.4 Pero esas opciones no suelen ser similares en procesos de autocratización populista, porque, si quien dirige un gobierno no puede parecer vulnerable en general, mucho menos puede serlo cuando él encarna el poder. En los regímenes personalistas la primacía de la imagen imperial de Amado Líder no admite erosión. Necesita parecer fuerte porque la solidez de su gobierno depende de la imagen que proyecte.
En un régimen altamente institucionalizado,5 el presidente puede enfermarse y el Estado seguir operando, pero en una autocracia, el Estado puede pescarse una enfermedad severa con él. Los líderes personalistas no ceden fácilmente el poder; el control los alimenta. La delegación suele ser torpe y caótica y la posibilidad de un despeñamiento en la anarquía no es improbable. Si un líder patrimonialista teme a su propia muerte, es posible que embarque a la nación en ella. La vejez acaba con todos –lo supo Churchill, lo entendió Biden.
Trump, siempre orgulloso de su presunta capacidad cognitiva y de su perdurabilidad física, no es más que un ser humano. Por más que lo desee, su resistencia física no es sobrenatural y no hay cerebro ni cuerpo que resista el inevitable desgaste biológico. Ahora, la sucesión institucional en Estados Unidos está salvada por la existencia de JD Vance, pero gobernar excede a la institución, por aquello de las imágenes percibidas socialmente. Como Maduro en Venezuela, el vicepresidente no tiene ni el carisma de Trump ni la lealtad de su gabinete. Y no solo es que duerma con enemigos: MAGA tiene un solo propietario hoy y, aunque muchos delfines querrán heredar el linaje, los hijos de Trump no dejarán ahogarse su dinastía política –más cercana a una sucesión hereditaria que a una democracia moderna– sin decir esta boca –y esta fortuna– es mía.
Ahora, ¿por qué estamos discutiendo esto? ¿Por qué considerar la idea de la enfermedad o la muerte de Trump? Porque no sabemos. Porque su gobierno es opaco, tramposo y mentiroso. Y Trump está viejo y no es Thor: al término de su mandato tendrá 82 años y siete meses, el presidente de mayor edad en el cargo. Nadie sabe qué pueda sucederle/lo entonces o antes –y, dado el track record antidemocrático de Trump y MAGA, que incluye un abierto desafío constitucional de ir por un tercer mandato, cualquier posibilidad debe estar en la mesa. Discutir la salud de un presidente es razonable cuando los indicios se acumulan. Que sea más intensa no es una invención odiosa de los críticos de Trump sino su propia creación. Los engaños, abusos, medias verdades y ocultamientos de su gobierno liberan y alimentan las sospechas. Y la incertidumbre potencia la especulación nociva. La ansiedad y las dudas sobre la capacidad del presidente vuelven legítima la pregunta de si Trump es/será capaz de seguir hasta 2028, como decía JFK, dirigiendo “con vigor”. Un gobierno sabe que debe preparar el camino para una transición. Lo supo Chávez, ¿negará Trump también su propia finitud? ~
- Su esposa elegía quién podía verlo, el médico trataba de batear preguntas y Wilson siguió en el cargo por casi dos años más –aunque ya apenas como una fachada–. ↩︎
- La paradoja monumental del asunto es que, aún enfermos, FDR, JFK y Lincoln fueron presidentes cruciales para la historia política de Estados Unidos y el mundo. ↩︎
- Otros proyectos autoritarios viven experiencias distintas, en parte sostenidas por la juventud de sus dirigentes y su estado de forma. Nada hace suponer que un problema de salud –no parece tenerlos– quite de la presidencia salvadoreña a Nayib Bukele y tampoco hay preocupación sobre el vigor de Abelardo de la Espriella, que se vanagloria de estar en forma gracias al “ron Defensor, vacilón y sexo” diario. A diferencia de ambos, es una incógnita la salud general de Javier Milei, quien ha mostrado visibles signos de agotamiento durante meses. Este mismo agosto, su gobierno salió a desmentir inquietudes públicas después de que el presidente se ausentara de la palestra por más de una semana –no insultó a nadie– aduciendo que se encontraba trabajando en un nuevo libro. ↩︎
- Antes de que Woodrow Wilson no pudiera gobernar más, sus tareas ya no eran tomadas en la Sala Oval. Cuando JFK fue asesinado, el sistema gestionó el reemplazo de inmediato y Lyndon Johnson, un político hábil con amplios caminos en el Congreso y los gobernadores, pudo navegar la crisis. ↩︎
- Me refiero, en sí, a una democracia funcional, pero el modelo también funciona en regímenes corporativistas estructurados –como el cubano o el soviético–, donde los gobiernos han tenido tiempo para que la identificación gobierno-partido-Estado cristalice en un sistema de normas y operaciones que debe asegurar la continuidad en el poder de la troika. ↩︎