Foto: Diego Gómez Pickering

Lviv, días de guerra

Una crónica desde Lviv, donde sus habitantes, permanentes o temporales, se preparan para hacer frente a un inminente ataque de Moscú.
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El asedio ruso a Kiev ha convertido a Leópolis, Lviv en ucraniano, en la capital de facto del país. Localizada a menos de 80 kilómetros de la frontera polaca, la ciudad principal de la antigua Galitzia es paso obligado para los millones de personas desplazadas por el conflicto que intentan cruzar la frontera, recibe a diplomáticos extranjeros evacuados por la invasión del Kremlin, es sede de la prensa internacional que cubre la guerra, puerta de entrada de los milicianos foráneos que se unen al ejército ucraniano y protagonista histórica de la identidad nacional de Ucrania. Mientras las tropas invasoras estrangulan el este y el sur del país, Lviv y sus habitantes, permanentes o temporales, se preparan, entre alarmas antiaéreas, ley marcial y toque de queda, para hacer frente a un inminente ataque de Moscú.

8 de marzo, día 13 de la invasión rusa
  • Se celebra el Día Internacional de la Mujer.
  • Washington y Londres vetan el petróleo ruso.
  • Comienza evacuación humanitaria de las ciudades de Irpin y Sumi, al centro y este del país.
  • McDonald’s cierra sus 850 sucursales en Rusia.
Foto: Cortesía del autor.

Slava Ukraini”, suelta Lena a bocajarro, energética y resoluta, al paso de un grupo de adolescentes enfundados en traje militar. “¡Gloria a Ucrania, viva Ucrania!”, repite la joven de 21 años, traduciendo al inglés, con una voz más fuerte y enfática, que estriba entre el miedo y la esperanza, esa compleja mezcla de sentimientos que en estos días de guerra permea el ambiente de Lviv. La principal ciudad del oeste del país, la región más cercana a la Unión Europea y la que hasta el momento menos ha sufrido la brutal agresión del ejército ruso iniciada el pasado jueves 24 de febrero al despuntar el alba, Lviv y su provincia homónima son ejemplo de fortaleza durante estas jornadas aciagas.

“No importa cuánto ni cómo, pero en Lviv resistiremos”: la convicción con la que habla la muchacha de cabello castaño y ojos color almendra eriza la piel. Son pasadas las siete de la tarde y la noche invernal cae con todo su peso y desolación sobre la otrora ciudad austrohúngara, asediada a lo largo de su historia centenaria por múltiples ejércitos invasores, incluidos el nazi y el soviético. Los alrededores de la estación central de Lviv son un hervidero de gente venida de todos los rincones del país, que trata de subirse a alguno de los trenes que diariamente fleta de forma gratuita la compañía ferroviaria estatal de Ucrania con dirección a Polonia. Parejas de ancianos que apenas pueden sostenerse en pie, jóvenes en sillas de ruedas, un señor con cuadraplejia, una mujer con ocho meses de embarazo, niños y niñas de todas edades, perros de todos tamaños, un gato persa en su jaula. Desplazados, todos, por el conflicto.  

Del último tren del día, proveniente de Przemysl, del lado polaco de la frontera, se apean, junto con Lena, una treintena de personas, entre ellos varias familias polaco-ucranianas, un par de periodistas estadounidenses y un miliciano turco que busca sumarse al pelotón extranjero del ejército ucraniano. Los pocos pasajeros que llegan palidecen frente a los miles que esperan abordar a la mañana siguiente algún tren en dirección opuesta, haciendo frente a la noche, al frío, a la incertidumbre constante y a la zozobra, entre los andenes y el amplio vestíbulo del edificio de estilo art nouveau. Tienen la vista y la esperanza fijas en la frontera, al oeste, en Europa, en Polonia y en la OTAN; lejos de la guerra, el hambre y la destrucción.

Lena lleva como único equipaje un bolso colgado a la espalda y una maleta de mano. La víspera viajó hasta Cracovia con su madre y su abuela, quienes escaparon, precavidas, de una eventual incursión rusa en la ciudad. Pero ella ha decidido volver, pocas son las chicas de su edad que lo hacen. Su padre y su abuelo se han quedado en Lviv: los hombres de entre 18 y 60 años tienen prohibido dejar el país ante una probable conscripción, y Lena está decidida a permanecer a su lado. “Me necesitan”, dice persuadida, “Ucrania nos necesita”, se repite a sí misma en voz alta. En su mochila y maleta ha traído víveres, latas y conservas, para sí, su padre y su abuelo, para los vecinos si acaso y los amigos, “por lo que pueda hacer falta”, justifica. Esta tarde, la mayoría de los supermercados de la ciudad tenían un tercio de los anaqueles vacíos.

Lena se aleja en uno de los añejos tranvías que recorren las calles adoquinadas del centro de la ciudad, camino a casa. Del mismo vehículo descienden una docena de personas con bultos, cajas y mantas, caras largas, cansadas, asustadas. Van hacia la estación de tren antes de que inicie el toque de queda, en punto de las diez de la noche. Habrán de sumarse a los más de 2.8 millones de ucranianos que, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), han buscado resguardo en otros países desde el inicio de la invasión rusa.

9 de marzo, día 14 de la invasión rusa
  • Rusia bombardea un hospital materno-infantil en la ciudad de Mariúpol, en la costa del Mar Negro. Hay un número incierto de mujeres y niños bajo los escombros.
  • El ACNUR advierte que hasta 12 millones de ucranianos necesitarán ayuda humanitaria.
  • La Organización Internacional de Energía Atómica sostiene que el corte de suministro eléctrico en Chernóbil aviva el peligro de un incidente nuclear.
Foto: Cortesía del autor.

“Yo no dejaría Lviv, incluso si pudiera hacerlo. Es mi ciudad y es mi derecho estar aquí, quedarme”, defiende Viktor su postura, su lugar y su decisión. El delgado ojiazul de 19 años exuda juventud e ímpetu, sus rosadas mejillas hablan más de su candidez que de su experiencia. El rubio adolescente estudia Derecho en la Universidad Estatal de Lviv, pero para mantenerse y ayudar a sus padres, ella maestra y él ingeniero, trabaja por las tardes. Hasta antes de la invasión, era camarero en la pintoresca cervecería artesanal Pravda, en la plaza del ayuntamiento de Lviv, uno de los muchos locales orientados a un público hípster y cosmopolita, que durante los últimos 15 años poblaron paulatinamente las calles del centro histórico de la ciudad. Hoy, cerrado el Pravda por la ley marcial que prohíbe la ingesta y venta de bebidas embriagantes, así como la mayoría de otros locales enfocados en mobiliario vintage o ropa de diseño, Viktor trabaja en la producción de bombas molotov con botellas de cerveza que los dueños de Pravda decidieron montar al inicio de la guerra, para enviar al frente y almacenar en Lviv, ante una cada vez más probable llegada del conflicto a la ciudad. La paga es menor, a falta de las generosas propinas de los turistas europeos, pero la satisfacción, quizás, es mayor.

“Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para salvar a Ucrania”, ataja el joven con el ceño fruncido. Sus tardes de trabajo debe ahora combinarlas, un par de veces por semana, con visitas al centro de entrenamiento básico en manejo de armas que ha dispuesto el gobierno de la ciudad para forjar la defensa civil de Lviv. “No es obligatorio, pero me siento obligado a hacerlo. Si no lo hacemos nosotros mismos, quién entonces nos va a defender”, se pregunta Viktor, respondiéndose a sí mismo sin relajar la tensión del entrecejo.

La guerra en Lviv se palpa en cada esquina, se percibe en el ambiente, la plétora de carteles y de propaganda que tapizan sus calles, las conversaciones omnipresentes en sus plazas y cafés sobre los bombardeos del día, el ir y venir de hombres y mujeres en atuendo militar, la marabunta de periodistas venidos de todo el orbe, el peregrinaje de cientos de miles de ucranianos despojados desde la otra punta del país. Los campanarios de las iglesias que llaman a misa, las farmacias que abren 24 horas, los mensajeros que entregan comida a domicilio recorriendo en sus bicicletas la ciudad, los centros de acopio de ropa y alimentos para enviar a las trincheras. La vida, en apariencia, sigue, pero no se respira calma sino ansiedad.

La superioridad militar de Rusia, que tiene uno de los ejércitos más robustos y mejor equipados del mundo, sigue sin dar tregua a Kiev. Y si bien el mucho menos preparado ejército ucraniano ha logrado frustrar los planes de una guerra corta y quirúrgica, como preveía Putin, lo ha hecho a un costo humano y material sumamente alto. De acuerdo con información del gobierno encabezado por Vladimir Zelensky, desde que inició la invasión han muerto poco más de 1,300 soldados ucranianos, y tan solo en la ciudad sureña de Mariúpol, sitiada por tropas rusas y sin acceso a agua potable, combustible o electricidad, han fallecido 2,187 civiles en lo que Naciones Unidas califica ya como la peor tragedia humanitaria en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial.     

10 de marzo, día 15 de la invasión rusa
  • La vicepresidenta estadounidense Kamala Harris pide investigar a Vladimir Putin por crímenes de guerra.
  • La mitad de la población de Kiev ha huido, afirma su alcalde.
  • Anonymous amenaza a Rusia con ataques cibernéticos incesantes.
Foto: Cortesía del autor.

“Hay que prever todos los escenarios posibles, no podemos descartar que Lviv sea arrasada por los agresores rusos”, afirma el padre Epifanio, sacerdote de la orden de los basilios, una de las principales de la iglesia greco-católica ucraniana, que reconoce la autoridad del pontífice romano pero sigue el rito oriental, y es preponderante en esta región fronteriza con las también católicas Polonia, Hungría y Eslovaquia. Son las doce del mediodía y el rezo del Ángelus inicia en la capilla mayor de la iglesia de San Andrés, antiguo monasterio de San Bernardino y tesoro barroco del país. El recargado interior del templo es una oda de dorados, frescos, tallas, retablos, vírgenes, santos, altares y velas encendidas. El flujo de creyentes de todas edades es continuo; adentro y afuera del lugar de culto, viandantes y fieles se santiguan repetidamente.

“Estamos protegiendo los vitrales, cubriéndolos con andamios, láminas de madera y metal, al igual que las efigies exteriores y la fachada, para salvaguardarlos en caso de que caigan bombas cerca”, explica ecuánime el religioso de 44 años de edad, abultado vientre y gafas de fino armazón metálico. El políglota Epifanio supervisa a nombre de su orden los trabajos de protección del legado artístico, documental y arquitectónico de iglesias, conventos, monasterios y edificios de carácter religioso y civil catalogados desde 1998 por la Unesco como patrimonio de la humanidad, “por su excepcional valor universal”.

Ante la latente amenaza de un ataque aéreo o terrestre del ejército de la Federación Rusa y el peligro de destrucción que implicaría, la titánica labor de resguardo del patrimonio cultural de la ciudad se hace en conjunto con el resto de las órdenes religiosas ortodoxas y católicas presentes en Lviv, el organismo de Naciones Unidas y el gobierno de la ciudad. A unos 500 metros del templo, la Galería de Arte de Lviv, ubicada en el suntuoso Palacio Potocki de 1880, cerró al iniciar el ataque ruso a Ucrania. Hoy sus grandes tesoros, que incluyen cuadros de Goya, Rubens y Brughel, yacen resguardados en refugios subterráneos en distintos puntos dentro y fuera de la ciudad.

“Putin le tiene miedo a Lviv, porque nuestra ciudad es el corazón de la identidad nacional ucraniana. Lviv es el alma de Ucrania y se convertirá en la pesadilla de Putin”, declara categórico, pero elocuente y calmo, el padre Epifanio, mientras reparte agua bendita una vez terminado el Ángelus. Se apresura a cambiar la sotana, la estola y el solideo por su ropa de calle: ha de trasladarse hasta el otro lado de la ciudad, al interior del monasterio de San Onofre, cuyos cimientos datan del siglo XIII, para avanzar en el proceso de catalogación de su archivo documental, indispensable para su traslado a un lugar seguro. Estando en guerra, cada minuto cuenta.

11 de marzo, día 16 de la invasión rusa
  • Rusia bombardea las ciudades de Lutsk e Ivano Frankivsk, territorios fronterizos con Polonia y Rumania, respectivamente.
  • Biden advierte que si Moscú ataca territorio de la OTAN habrá una Tercera Guerra Mundial.
  • Washington y Bruselas planean cortar el acceso ruso al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial.
Foto: Cortesía del autor.

“Leo las noticias de estos días y veo a nuestra gente atrapada en una prisión sin salida, como yo lo estuve durante tantos años”. La voz de Lavrentiya Khariv resuena con ecos de un pasado lejano, pero que en estos días se hace demasiado presente. Un pasado de dolor y privaciones, de guerras e infortunios. Cuando apenas tenía 5 años, la mujer de 78 años de edad, originaria de Lviv, fue deportada a Siberia con su familia por el Kremlin. Su padre, Roman Talanchuk, fue parte de la resistencia nacionalista ucraniana que luchó en igual medida contra la ocupación nazi y la ocupación soviética, por la independencia de su país. Entre 1949 y 1958, Lavrentiya vivió en un campo de reeducación cercano al Lago Baikal.

“La gente muere hoy de la misma manera en que murió en aquel entonces. Para Putin no valemos más que los animales, el sufrimiento de antes es el mismo que el de ahora, visceral y misericorde, como la muerte”, declara lacónica, a través del teléfono. La historia de Lavrentiya es la historia de la Ucrania del último siglo. Un país partido y repartido en múltiples ocasiones, víctima de su ubicación en los confines entre este y oeste, pastel de las grandes potencias y botín de intereses geopolíticos. Un país que, sin embargo, es resiliente y, como Lavrentiya, ha sobrevivido una y otra vez, a pesar de todo. “Cuento los días para regresar a mi lugar predilecto en el centro de Lviv y sentarme a tomar café con mis amigos, para reír de nuevo”, concluye desde su lugar de reclusión en la provincia, alejado de la amenaza actual. El termómetro marca -5º centígrados, aunque la sensación térmica es de -12º. Ha nevado toda la mañana, pero al caer la tarde del cielo se desdibujan las nubes y dejan entrever un nítido azul celeste.

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