Mirar es guardar dos veces

Una sesión de cine lleva al descubrimiento de un escritor suizo y a la lectura de un libro escrito en pasado, pero desde qué futuro está escrito. Por eso y por otras cosas nunca será igual ver una película en casa.
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Hace un año, a la salida de trabajar, me fui al cine. Ya se había hecho de noche y yo tenía muchísimo sueño. Como llegaba tarde, y para no molestar, subí al piso de arriba, donde no había nadie más. Desde arriba veía a la vez la película y el conjunto de los espectadores, distinguidos por el halo luminoso que les formaba en la cabeza el resplandor de la pantalla. El efecto no solo era bonito sino que tenía un sentido añadido, yo me daba cuenta en mi estado un poco catatónico, porque la película tenía un aire elegíaco de la juventud que se fuga, y que probablemente no se aprovecha, y las imágenes de aquellos jóvenes registradas en momentos aparentemente anodinos de sus vidas, pero sin duda muy densos con el paso del tiempo, resonaban en el recogimiento de cada espectador, que inevitablemente habría vivido también escenas como aquellas. Por eso y por otras cosas nunca será igual ver una película en casa. Las imágenes se sucedían y yo lo veía todo desde arriba, apoyada en la barandilla del piso de arriba que sentía como un barco que se mece en un mar de aceite, como el de Nosferatu.

Entonces empezó a sonar una viola muy dulce y muy nostálgica, casi como si comprendiésemos que es una gran suerte haber perdido las cosas. Era el tercer movimiento del cuarteto de cuerdas número 15 de Beethoven. Y una voz de mujer empezó a leer la historia de unas personas que se encuentran unas a otras y se reconocen por la juventud y la belleza de sus rostros, y lo que pasa es que han vuelto a la vida, y esa vida de después es como la otra pero mejorada. Hay árboles y hay pueblo, hay pájaros y hay pan y todo es como era antes pero completo, abierto por fin del todo.

Sin embargo los seres humanos parecemos estar hechos de tal manera que esa compleción nos es un poco ajena, y se acaba por comprender que la vida anterior tenía algo propio y valioso. Es un texto muy bello y afilado, como grabado en una copa de cristal. Su lectura por parte de la actriz francesa Maud Wyler es el final de la película, que se llama Cuando supo que estaba muerto y está dirigida por Pablo García Canga. Me dejó una impresión fortísima. En la cartela del final me enteré de que el texto de la transfiguración lo había escrito C. F. Ramuz. Salí del cine a toda prisa.

Ramuz ni me sonaba. Más tarde me enteré de que fue un escritor suizo-francés que escribía como si viese el mundo en una película de cine mudo y de que es el autor del libreto de L’Histoire du soldat, de Stravinsky. Nació el mismo año que otro escritor suizo: Robert Walser. Está apenas traducido al español: ahora la editorial Montesinos acaba de publicar El Gran Miedo en la montaña. Mientras tanto estoy leyendo Le joie dans le ciel, que aunque no es el libro del que está extraído el fragmento de una película desarrolla un tema similar.

La nota biográfica en la edición de Bernard Grasset, que es la que yo tengo, me gusta de puro clara: “Charles-Ferdinand Ramuz nació en Lausana, en el cantón de Vaud, el 24 de septiembre de 1878. Después de licenciarse en letras en la Universidad de Lausana, se hace jefe de estudios en el instituto de Aubonne. Pero no tarda en darse cuenta de que no está hecho para la enseñanza y, a los veinticinco años, se traslada a París para preparar una tesis doctoral sobre Maurice de Guérin.

Casi siempre solo, deambulando incansable por la capital cuyo infinito espectáculo le fascina, Ramuz pasará catorce años en esa ciudad en la que había planeado quedarse seis meses. Abandonando los cursos de la Sorbona y la tesis de la que no escribirá una sola línea, compone sus primeros libros…”. Me gusta mucho esa sucesión de rápidos abandonos de la enseñanza y el doctorado, imagino a Ramuz diciéndose dos veces “aquí no hay nada para mí”, empleando ese impulso en dar vueltas y más vueltas por París, quizá yendo al cine y viendo su montañoso paisaje suizo superpuesto en un cruce de callejos populosos, y sentándose a escribirlo todo.

También Le joie dans le ciel cuenta la historia de un pueblo cuyos habitantes han vuelto a la vida. Desde el principio se dan cuenta de lo que ha pasado, se reúnen y hablan de ello. Por ejemplo, en estos términos:

—No había nada que fuese bueno hasta el final. Acordaos del gusto del vino…

Entonces había sido vinatero, y era conocido en muchos kilómetros a la redonda por la calidad de su vino:

—Justo en el momento en que comenzábamos a sentirlo, pasaba. Se nos escurría entre los dedos y ya estaba lejos.

No se bebía nunca sin que hiciese falta volver a beber. Había que beber otra vez, y otra vez el gusto se escabullía sin que se lo pudiese asir, mientras se perseguía inútilmente. Y todo era como el vino…

Hay un personaje, Bé, que en la vida anterior había sido ciego de nacimiento, “nunca había visto; por eso en el presente debía aprender dos veces a ver”. Primero se familiariza con lo que tiene alrededor y es estático, y ya solo ahí nos damos cuenta de la inmensidad de lo que nos rodea, pero luego quiere dar un paseo, y dos vecinos lo acompañan, y entonces Bé percibe el mundo en movimiento, árboles lejanos que parecen más quietos y árboles cercanos que se mueven con nosotros, y la descripción hace pensar en un travelling y también tiene algo cubista, porque son como planos que se deslizan por un raíl:

Y en mitad de ello Bé veía avanzar el mundo, este pequeño mundo, entre los otros fragmentos del mundo este y aquel fragmento del mundo, mientras avanzaba a solas, y solo de vez en cuando y por costumbre tendía otra vez la mano, palpando el aire…

Le espera una operación todavía más compleja entre la vista y el cerebro. Lo llevan al estudio de un pintor, porque “está comenzando a ver. Por ahora no ha visto más que las cosas que existen en realidad…”. Porque la pintura “no existe en la naturaleza, existe en el corazón del hombre. Es extraída por el hombre de su corazón de hombre”. Y Bé, antes ciego, no tarda en reconocer en los trazos de los cuadros a sus vecinos. Durante toda la lectura del libro, avanzo como si se lo estuviese oyendo a Maud Wyler, como en la película que vi con mucho sueño, pero aquí de improviso me viene a la mente una canción de Lorena Álvarez, “Nana Mapamundi”, que también describe una representación de manera muy despojada, solo que en el caso de Lorena Álvarez los seres humanos aparecen precisamente porque no se ven en el mapa: “…me ha llamado la atención / que no he visto a nadie. / Dónde está toda la población / las plantas y animales. / No salen mis amigos / ni mi madre y mi padre”.

Las cosas parece que van a torcerse. Hay muchos libros que son así, en los que una gran paz fermenta hasta el vinagre. En algún momento de la lectura pienso en Siete días en Nueva Creta, esa rara novela de Robert Graves que cuenta la visita de un (casi) contemporáneo nuestro a un mundo futuro, donde todo está en su sitio y va muy bien y precisamente por eso acaba por saltar de sus goznes.

Leo el libro, que está escrito en pasado porque en nuestra vida presente el vino se nos escurre, y me pregunto desde qué futuro está escrito, de qué futuro es pasado ese paraíso, si no serán simultáneos. Si esa sociedad completa y bien engrasada no será una ensoñación vivida en el presente, como un pilar secreto que sostiene el presente. Y me digo, son ellos, son los personajes los que están haciendo existir ese otro mundo, da igual cuándo. Son ellos, que de vez en cuando alcanzan breves vislumbres de belleza a medida que avanzan.

Y luego me despierto muy temprano, y tengo al lado el libro abierto como una tienda de campaña, y durante unos minutos hay una luz que parece que es un viaje a un país extranjero, y veo por la ventana cómo va volviendo la luz cotidiana encima de esa luz espectral y es como un mundo que está elevándose con constancia del mundo en que vivimos nosotros.