No nos volverán a engañar. Medio siglo de Who’s Next

El emblemático álbum de The Who abarca la paleta de sentimientos que puede convocar el rock: la furia y la fragilidad emocional; la búsqueda de un orden superior y el escepticismo al mirar al poder y a los poderosos.
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A Chava, por supuesto.

 

Robótico, pero también humano, motorik casi al mismo tiempo que el krautrock empezaba a jugar con lo motorik: así suena el sintetizador ARP de Pete Townshend en los momentos previos al clímax de “Won’t get fooled again”. Keith Moon aporrea los tambores con pulso maniático. Roger Daltrey pega un grito en el cielo (“Me salió del corazón, no de la cabeza”, confiesa en sus memorias). Después Townshend y John Entwistle arrasan todo a su paso con una guitarra rítmica y un bajo despiadados. Mis instantes cumbre en la historia universal del rock quedan cincelados en piedra. En segundos ese himno me convierte a una religión que jamás me defraudó.

¿Desde dónde puedo escribir acerca del mejor álbum de The Who, una de las bandas de rock paradigmáticas? (“El grupo perfecto”, sentenció José Agustín, decano de la crítica rockera en estos lares.) ¿Cómo le rindo homenaje al volumen de nueve canciones que incluyen al himno ya mencionado y a otros cuatro de similar calibre, alma y huevos (“Baba O’Riley”, “Bargain”, “The song is over” y “Behind blue eyes”)?

Quiero escribir de la ambiciosa manera como Townshend, materia gris del cuarteto, deseaba insertar esta obra en el legado del grupo londinense. Desde “A quick one, while he’s away” (1966) y “Rael” (1967) se perfilaba hacia algo más ambicioso. Había transitado con éxito desde los sencillos de pocos minutos con punch para impactar las listas de popularidad, hacia una ambiciosa narrativa en la que podía contar historias con amplias resonancias espirituales, culturales, sociales y políticas. El narigón guitarrista quería una obra que estuviera peldaños arriba de la ópera rock Tommy (1969), ya signada por la búsqueda espiritual de Townshend y, en concreto, por las ideas del gurú indio Meher Baba, a quien el furioso guitarrista no alcanzó a conocer en vida.

Referirse a Who’s Next (1971) también es hablar de Lifehouse, un proyecto fílmico y musical que Towshend había pichado a ejecutivos de Universal Pictures y para el que había levantado dos millones de dólares. Aunque muy pronto se vio que el cerebro de The Who era incapaz de explicar con claridad el argumento a managers y compañeros de la banda, jamás abandonó su interés por Lifehouse, y a finales del siglo XX lo adaptó para una producción radiofónica de la BBC, el 5 de diciembre de 1999, y para un par de conciertos con arreglos sinfónicos en Sadler’s Wells, en Londres, el 25 y 26 de febrero de 2000. (Existe un DVD de las sesiones: Music From Lifehouse).

Al repasarlo, el proyecto adquiere hoy un tono visionario de inquietante vigencia. “Se trataba básicamente de una distopía, de un escenario global de pesadilla, una versión moderna de Un mundo feliz de Aldous Huxley”, anota Townshend en sus memorias Who I am. Un escenario en el que la gente vive en trajes encapsulados para protegerse del medio ambiente contaminado. “Los gobiernos aliados del mundo unirían sus fuerzas para exigir a la población que aceptara un largo periodo de hibernación al cuidado de computadoras, a fin de permitir que el planeta se recuperara. […] ¿Qué iba a permitir que la hibernación forzada, facilitada por la conexión a una computadora central llamada The Grid fuera soportable? Únicamente la experiencia virtual brindada por la tecnología digital. ¿Qué podría liberar a la gente de dicha hibernación forzada? La música en vivo y Lifehouse. El rock pronto sería tachado de problemático por los guardianes de The Grid. Visto su potencial para despertar a las masas adormecidas, el rock sería estrictamente prohibido.”

Tanto las memorias de Townshend como las de Roger Daltrey (Thanks a lot, Mr. Kibblewhite: My story) dan cuenta de la turbulencia de fines de los 60 e inicios de los 70 para el guitarrista y compositor principal del grupo. Towshend creía en el poder del rock y sabía que podía decirse mucho a través de él. Ambicionaba compartir una cosmovisión y una búsqueda, lidiaba con ser una estrella, hacía malabares entre el matrimonio, la paternidad, las giras, las groupies, los psicodélicos, las filosofías orientales y el cognac Rémy Martin. Daltrey lo anota en sus memorias sin pelos en la lengua: “Lifehouse era un proyecto de distopía algo mamón sin una trama ni un desenlace claros. Un reverendo desmadre.”

Cuando llegó el momento de ofrecer un producto nuevo, a la altura de Tommy, no quedó de otra más que abandonar las pretensiones de Lifehouse y grabar un álbum de dos caras tradicional. Así nació Who’s Next, que el 14 de agosto de 2021 cumple medio siglo de vida.

¿A quién le importa que este comentarista confiese que es su álbum de rock favorito de todos los tiempos? En 1971 yo tenía seis años de edad y no escuché esta obra maestra sino hasta seis años después, cuando ya estaba en la secundaria y mi hermano Chava y sus amigos, tres años mayores que yo, ya se encomendaban a The Who como uno de sus santos patronos.

No reniego de las mejores obras de Dylan, Beatles, Stones y Beach Boys, por solo mencionar cuatro pilares del arte que nos entusiasma, pero en Who’s Next hallé toda la paleta de sentimientos que podía convocar el rock: la furia, la rabia y el angst que ya nos habían dado Townshend y compañía desde sus inicios –y que son esenciales en el metal, el punk, el post punk y el grunge–; la vulnerabilidad y la fragilidad emocional, la ambición cósmica y la búsqueda de un orden superior, el escepticismo y la agudeza al mirar al poder y a los poderosos.

La obra cumbre de The Who –pilar, con Tommy, Live at Leeds y Quadrophenia, de una potente discografía– es pródiga en ideas y sentimientos. A mi juicio, su gran apuesta estética, su notable aportación sonora, puede parecer irrelevante plantados en los pandémicos años 20 del siglo XXI: hoy que por todas partes se escuchan sampleos, cajas de ritmos, ruiditos electrónicos que es posible bajar de internet, parecen poca cosa la experimentación y las horas-nalga y oído en el estudio que condujeron a Townshend a los acordes iniciales con sintetizador de “Baba O’Riley” y “Won’t get fooled again”.

De hecho, “Baba O’Riley”, la pieza con la que abre el disco es, al mismo tiempo, homenaje a las enseñanzas del gurú Meher Baba y a las del seminal compositor minimalista estadounidense Terry Riley. Si los Beatles habían jugueteado con Karlheinz Stockhausen y la musique concrète, el guitarrista de Sheperd’s Bush ahora celebraba las nupcias del sintetizador y el rock en un enlace que ya nunca se disolvió.

Con una portada icónica e irreverente a la que Townshend sigue poniéndole peros (“Me pareció una broma de mal gusto. En el anverso aparecíamos junto a un obelisco contra el que acabábamos de mear. La funda casi apestaba a orina”, anota en su autobiografía), Who’s Next muestra al connotado pensador e ideólogo pop en su mejor momento. En todas las canciones no solo hay energía rockera a borbotones; abundan líneas con calibre de confesiones, máximas y cantos cotidianos de batalla. Desde el “No necesito pelear, para probar que estoy en lo correcto / No necesito ser perdonado” de “Baba O’Riley”, pasando por el “Veo mi rostro en el espejo / Sé que no valgo nada sin ti / En la vida uno más uno no son dos / Uno y uno es uno”, de “Bargain”, hasta la cruda y valiente confesión de “Behind blue eyes”: “Mi amor es venganza que nunca es libre”.

En “The song is over”, por lo demás, Towshend se pone whitmaniano y cósmico: “Cantaré mi canción a los amplios espacios abiertos / Cantaré con todo mi corazón al mar infinito / Cantaré mis visiones a las elevadas montañas / Cantaré mi canción a los libres, a los libres”.

Y en “Won’t get fooled again” se erige en juglar de altos vuelos con uno de los himnos indiscutibles del rock, una pieza rotunda en fondo y forma. Una “Like a rolling stone”, “Sympathy for the devil”, “Stairway to heaven”, “Born to run”, “London calling” y “Rockin’ in the free world” con tanta o más significación política. “Inclinaré mi sombrero ante la nueva constitución / Haré una reverencia a la nueva revolución / Sonreiré al cambio circundante / Tomaré mi guitarra y tocaré / Justo como ayer /  Después me arrodillaré y rezaré / No nos engañarán de nuevo.”

Síntesis de desengaños, pero también exhorto a no adormecer la conciencia ni a bajar la guardia crítica, “Won’t get fooled again” es una canción que puede atizar inagotables controversias; y es que admite múltiples lecturas. Siempre he comulgado con la de Gregg Shaw, estudioso del cuarteto londinense, quien en su ensayo Mod generation: The Who’s Quadrophenia through the years, que Barney Hoskyns incluye en The sound and the fury (Bloomsbury, 2003), la esgrime con sencillez: “No toma posición más que por el individuo, asumiendo implícitamente que todos los gobiernos y formas de autoridad no son de fiar, y sugiriendo que la gente debe estar alerta.”

Hace un lustro, el 12 de octubre de 2016, en el Palacio de los Deportes chilango, quise trasladar la antorcha de The Who a mi hijo Diego, entonces quinceañero. “¡Préndete, güey; esto es lo mejor que vas a ver en tu vida!”, con esas palabras zarandeó a mi vástago un greñudo de tatuajes y piercings, más rocker que mod. El gesto me cayó en gracia. The Who se despachaba con “Won’t get fooled again”. Retumbaban las pistas del sintetizador. Revoloteaban los rayos láser. Zack Starkey, hijo de Ringo, golpeaba los tambores. Una vez más, el grito de Daltrey rasgó el cielo. Pasé la estafeta.

En 1999, cuando Townshend hizo la adaptación radiofónica de Lifehouse para la BBC, ni siquiera imaginaba que dos décadas después estaríamos en el ojo de una cruenta pandemia, cautos, confinados, con contactos y entretenimientos virtuales, con nuevos hábitos y desafíos emocionales. Escribió en el preámbulo al guion (Pocket Books, 1999): “¿Para qué es esta historia? ¿Por qué debe ser escuchada? Esta obra es esencialmente acerca de la necesidad de los seres humanos de congregarse regularmente para compartir sus emociones y sus respuestas a los desafíos espirituales del arte, grande y pequeño. Esto es algo de lo que estamos especialmente conscientes en el año del milenio.” Who’s Next nunca llegó a ser Lifehouse, pero confieso que, de tarde en tarde, me ha salvado la vida. Gracias, Pete Townshend. Gracias, The Who. Gracias, Chava.

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