El mundo al revés

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Regresemos al tema del pesimismo. Como dije antes, es agotador ser pesimista. La gente espera que uno tenga siempre buenas noticias, que presente panoramas color de rosa donde todos vivan felices para siempre. Si eso es lo que busca, para su fortuna, hay incontables analistas que se han mantenido inocentemente en esa postura, y la lectura de sus artículos provee una inútil pero placentera terapia.

Sin embargo, yo defendería el enorme valor del realismo. Y, si del realismo brota una perspectiva pesimista, pues hagamos de ésta una oportunidad. Se ha repetido hasta el cansancio que el símbolo chino de “crisis” mezcla dos ideogramas: peligro y oportunidad. Sin embargo, esto no es del todo cierto. Como dice Victor Mair , profesor de chino de la Universidad de Pennsylvania, en el mejor de los casos el ideograma refleja el concepto de peligro y de momento crucial (aunque incluso esa interpretación es endeble).

Siendo optimistas, podemos aumir que en toda crisis hay, efectivamente, una oportunidad, aunque los chinos no lo digan. Existe abundante evidencia de que así es. Algunas de las empresas más exitosas del mundo fueron fundadas en medio de “crisis”: General Electric (1876), Hewlett-Packard (1940), Sports Illustrated (1954), Burger King (1954), Hyatt (1957), The Jim Henson Company –creadora de los “Muppets”, en 1958–, FedEx (1973), Microsoft (1975), CNN (1980), MTV (1981). En cada caso, el año dentro del paréntesis representa un año de recesión. La pregunta relevante es si los fundadores de estas empresas hubieran tomado el riesgo si hubieran estado cómodamente empleados en trabajos ordinarios, en medio de una situación más favorable. Creo que, más allá de lo anecdótico, la relación de causa-efecto entre crisis y oportunidad merece un análisis más detenido.

Cuando mi hija menor era pequeña, le gustaba jugar a que había días “al revés”: si ella decía “no”, realmente significaba “sí”, si decía que estaba muy triste, quería comunicar su alegría, etcétera. Ese es el tipo de mundo en el que estamos. Todo lo que antes provocó los excesos cuyas consecuencias sufrimos hoy en día, provocará ahora la reacción opuesta. Déjeme explicarme.

El principal motor del generoso crecimiento económico de los últimos años fue el endeudamiento. Se endeudaron, principalmente, las familias y el sector financiero. El “desahorro” de las familias las llevó a financiar niveles de consumo sin precedentes, que se reflejaron en una portentosa demanda de todo tipo de bienes –que China, Alemania, Japón y otros se dedicaron a exportar– y de activos –casas, arte, acciones–, mismos que alcanzaron precios exorbitantes.

El endeudamiento del sector financiero, por su parte, generó una oferta de crédito descomunal que, al combinarse con el apetito familiar por más “cosas”, desató la tormenta perfecta en la que estamos inmersos.

La mala noticia es que entraremos en años “al revés”. Las familias tienen que desendeudarse, y para ello tienen que reducir perentoriamente su gasto, lo cual afectará a todo lo demás. Desafortunadamente, si optan por deshacerse de bienes –voluntaria o involuntariamente, por medio de embargos, por ejemplo–, en el proceso provocarán un desplome en el precio de los activos. Conforme éstos caigan, más pobres se sentirán las familias, y más motivadas estarán para apretarse el cinturón y seguir tratando de reconstituir su ahorro. Recuerde: es el mundo “al revés”. Antes se sentían más ricos mientras más valía su casa, y gastaban más y más.

El mundo “al revés” de los bancos será similar. Si antes éstos apalancaban su capital veinte, treinta o cuarenta veces, ahora tendrán que regresar a niveles de endeudamiento normales, de alrededor de diez veces. Pero esto ocurre, además, mientras pierden capital, puesto que los activos en los que invirtieron bajan de valor. Es decir que si tenían cien de capital y lo apalancaban veinte veces, tenían capacidad para prestar dos mil; hoy, quizá tienen ochenta apalancados diez, por lo que sus dos mil de crédito potencial se volvieron ochocientos. Antes, tenían la capacidad de dar más y más crédito conforme capitalizaban las jugosas utilidades que la situación ofrecía, además de estar dispuestos a tomar más riesgo (encontrando mecanismos para apalancarse más) conforme la fiesta continuaba.

En la realidad de antes, el crédito era un recurso casi ilimitado, lo que provocó un fuerte incremento en el precio de los activos. Hoy, no sólo no habrá crédito disponible –mientras los bancos desinflan sus balances– sino que además los bancos mismos tendrán que salir a deshacerse de muchos de sus activos –ya sean bienes o préstamos otorgados a terceros– ante la necesidad de volver a estándares de apalancamiento aceptables y de reflejar su menor capitalización.

La pregunta clave es: si sabemos que todos venden, ¿quién compra? O, quizá en forma más relevante, ¿a qué precio compran?

No me cabe duda de que veremos las mejores oportunidades para comprar activos que ha habido en lo que llevo de vida, y créame que ya no me cuezo al primer hervor. Pero, a pesar de este hermoso escenario, digno de un cuento de hadas, el gran reto estará en diferenciar a la rana que hay que besar para que se convierta en príncipe de otras que probablemente seguirán verdes y croando.

El otro día hablé con uno de los especialistas más respetados en el mercado de bienes raíces estadounidense, y me decía que hoy es posible encontrar cientos de situaciones donde se compra un activo con descuentos de sesenta o setenta por ciento sobre el precio que tenían hace poco más de un año. Sin embargo, a su juicio, la mayoría de estos activos no valdría la pena ni con descuentos mucho mayores, debido a que en el nuevo mundo “al revés”, un hotel que antes generaba flujos de 35 millones de dólares al año, por ejemplo, hoy difícilmente genera un tercio de esa cantidad, mientras que la deuda del mismo se mantendrá en el valor que antes tenía, colgando como una espada de Damocles sobre la cabeza del inversor.

La precaria situación de la banca y la escasez de crédito hacen que el capital tenga hoy un valor que antes no tenía y, por ello, las oportunidades abundarán. Muchos sucumbirán, sin embargo, creyendo que si algo que valía cien se consigue hoy por treinta, eso necesariamente implica que se está haciendo una buena compra. Se olvidan que el “cien” era un valor en un mundo “al revés” que no volverá, y que en el mundo que viene habrá que hacer la tarea antes de invertir, como se hacía antes de que la irracionalidad nos invadiera.

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