Trump está por generar un sismo geopolítico

El control estadounidense de la producción de petróleo venezolana obligará a China, Rusia y Medio Oriente a recalcular sus estrategias.
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Nicolás Maduro fue apresado y llevado a Estados Unidos en una operación especial que es fascinante desde el punto de vista militar, pero va a tener consecuencias muy profundas en el tablero del poder y en la economía mundial. China, Rusia y Medio Oriente deben recalcular por completo sus estrategias a partir de este acto.

En la conferencia de prensa que dio para anunciar la detención de Maduro, Trump sugirió que tiene un trato con su sucesora, Delcy Rodríguez, para hacer una transición política. Advirtió además que mientras se realice, la Casa Blanca “administrará” Venezuela. También puso énfasis en la idea del desembarco masivo de las compañías petroleras norteamericanas en el territorio venezolano. Esa convivencia con un chavismo colaborativo rompe por completo los esquemas políticos vigentes. E.U. es hoy el primer productor de petróleo del mundo. No hace falta explicar la importancia de que se sume ahora las mayores reservas del planeta, que están en Venezuela.

Trump justificó el asalto sobre el petróleo venezolano con la recuperación de activos reclamados por las norteamericanas ExxonMobile y Conoco Phillips por la nacionalización a favor de PDVSA ordenada por Hugo Chávez desde 2006. En conjunto, hicieron un reclamo inicial por 16 mil millones de dólares (mdd). Al valor actual del barril de crudo, ese pedido de resarcimiento representa casi un año de las exportaciones de la petrolera estatal si se destinase íntegramente a pagar lo adeudado. Semejante cobro haría inviable la administración de Venezuela, porque la exportación de crudo de PDVSA genera el 95% de las divisas del estado venezolano. Si Trump planea quedarse hasta que cada deuda reclamada sea pagada –en total hay 60 mil mdd en reclamos en el CIADI– y le agregamos las expectativas de ganancias que podrían tener las compañías petroleras, ese plazo se extiende hasta un punto indefinible.

En el ínterin, Estados Unidos debería además gestionar la actividad de petroleras de otros países en Venezuela y en particular de China, que es el gran consumidor. Allí hay otro motivo para negociar, porque sin las compras chinas el negocio venezolano tambalea por un exceso de stock. El 80% de la producción se dirige a China y el mercado estadounidense asimila casi todo el resto gracias a la producción de Chevron, cuyos envíos no están sujetos al bloqueo naval y se encuentran amparados por sucesivas prórrogas en el permiso de explotación dadas por las administraciones de Biden y Trump. Pero allí hay un cuello de botella, porque un aumento de los envíos a las refinerías norteamericanas se topa con mercado que ya está al límite de su capacidad de asimilación. No solo se trata de producir, sino también de tener compradores suficientes.

E.U. es el mayor consumidor global de crudo con un 19% de la demanda, seguido de cerca por China, con el 19%, e India con 5.5%. Pero E.U. representa el 21% de la producción mundial, seguido muy detrás por Arabia Saudita con el 11% y Rusia con una producción similar. China e India tienen una capacidad de asimilación que hoy necesita Venezuela para sobrevivir y luego para reconstruirse. La apropiación del crudo venezolano implica una ventaja para E.U. porque baja el precio del petróleo y por lo tanto los costos de su producción. Pero a la vez crea un terremoto para el mercado petrolero, porque una superabundancia generaría una caída aun mayor del precio del barril y por lo tanto de los ingresos del resto de los productores.

Esto puede resultar devastador en Medio Oriente. La estrategia de Arabia Saudita de recortar la producción de la OPEP para evitar una caída mayor de ingresos podría arruinarse por el exceso de oferta sumado de E.U. y el control de PDVSA. Ese efecto también afectaría a otros emiratos petroleros y a grandes productores como Irak y Argelia. Todos ellos podrían evitar la pérdida de ingresos aumentando su producción y sus ventas, pero no dejarían pasar por alto la decisión de Trump. Habrá que ver si los emires toleran estoicos esta “traición” o aplicarán represalias a través del recorte en las promesas de inversiones que le hicieron a Trump en mayo de 2025 y que contemplan un total de 2.4 billones de dólares. La restricción en sus ingresos les obligaría a usar fondos que hasta ahora están destinados a la inversión externa. Como se ve, Trump no está exento de las consecuencias de sus decisiones.

Para Rusia, el rapto de Maduro implica otro fracaso estratégico, porque lo expulsa de Venezuela y porque no fue capaz de darle protección a un aliado con el que había firmado un acuerdo de seguridad en mayo cuya puesta en vigencia apuró apenas en noviembre, cuando la flota enviada por Trump a la costa de Venezuela elevó el riesgo para el exlíder chavista. Esto sucedió mientas Putin tampoco podía hacer mucho frente a la sublevación en Irán a causa del desastre económico provocado por el gobierno de los ayatolas. Ambas cosas se suman al intento fallido por asistir a Al Assad en Siria, y se explican por su fracaso para resolver la invasión a Ucrania.

No es que Putin se haya quedado inerte. En las semanas anteriores envió a Maduro un refuerzo de misiles portátiles antiaéreos Igla y sistemas de defensa Pantshir y Buk, ideales para afrontar un asalto antiaéreo como el que “extrajo” a Maduro, pero que en el momento crucial demostraron ser superados por la tecnología occidental. Los 5 mil mdd gastados en armas por el chavismo desde 2005 no le sirvieron de mucho y menos aún la presencia del Escuadrón Equator, un contingente de 350 soldados rusos enviados para entrenar a las fuerzas venezolanas en el combate urbano y la operación de antiaéreos y aviones Sukhoi 30MK2. Menos aún las estaciones de escucha electrónica que operan con personal ruso en Caracas, Miranda y Orchila, que debieran haber advertido el ataque.

El revés para Putin es además económico. Además de su principal aliado en América Latina, Venezuela es el factor que impide que el precio del barril de petróleo caiga aún más. Desde que se instaló el chavismo en Venezuela, su producción se derrumbó de 3.5 a 1 millones de barriles diarios. La salida de ese volumen de crudo del mercado valorizó las exportaciones rusas, de las cuales depende el 40% de su presupuesto central. El regreso del petróleo venezolano puede ser un desastre absoluto para las finanzas rusas y sus planes en Ucrania y otros puntos del globo en donde tiene presencia. Sin dinero, los sueños de estrategias se convierten en fantasías políticas.

China está en un dilema similar, pero no por causa del petróleo; le que le compra a Venezuela representa entre el 4% y el 6% de su consumo anual y puede reemplazarlo con facilidad comprándole mas a Rusia, de donde obtiene un precio preferente a causa de las sanciones occidentales. Comprarle el 47% de su producción anual le da esa prerrogativa.  

A diferencia de Rusia, China tiene inversiones importantes en Venezuela. La estatal China National Petroleum Corporation y la privada China Concord Resources Corp generan 10% de la producción anual de crudo venezolana. La italiana ENI, la española Repsol y la francesa Maurel & Prom se reparten otro 10%, y la Unión Europea también deberá negociar con E.U. si quiere seguir activa en los yacimientos venezolanos.

Ahora bien, como resultado de las nacionalizaciones de Chávez, todas las empresas debieron asociarse con la estatal PDVSA en consorcios como Sinovensa, creada junto a la estatal china. Ese es el factor clave, porque quien controle el Estado venezolano tendrá el comando de PDVSA y por lo tanto el destino de la mayor reserva de crudo global. En otras palabras, una “administración” de Estados Unidos podrá decidir también el reparto de cuotas de producción y asignación de nuevas zonas de explotación. Dado que Trump ya advirtió que promueve a las compañías petroleras de su país, se sabe a quién beneficiaria una digitación de contratos.

Esa preferencia política va más allá del mercado petrolero. Las empresas chinas CITIC, China Camc Engineering Co. Ltd. y Yakung Group tienen contratos de explotación minera en los yacimientos de oro, coltán o hierro en el Arco Minero del Orinoco que podrían ser reemplazados por nuevos convenios para empresas de los E.U. También hay empresas rusas operando en la zona.

Hay otro motivo para que China negocie. Desde 2003 Pekín le prestó a Venezuela unos 60 mil mdd, la mayor parte a través del China Development Bank y otros bancos estatales. Caracas debe aún 10 mil mdd y esa deuda ahora se superpone con los reclamos de las compañías petroleras de los E.U.

China ha invertido unos 160 mil mdd en la región desde 2003, en particular en obras de infraestructura que le dieron un peso político creciente. El puerto de aguas profundas de Chancay en Perú, el más grande de la región, el corredor bioceánico que lo conecta con puertos de Brasil, en donde también hay compañías chinas, los 42 proyectos automotrices en México o la represa Kirchner Cepernic en Argentina se integran en esa estrategia. La instalación de una base satelital militar en la provincia argentina de Neuquén forma parte del mismo plan. El trabajo de Pekín puede verse trastocado por el giro político del chavismo.

El dilema no es entonces económico sino político, y el mayor afectado es Pekín. Horas antes de ser capturado, Maduro se reunión con Qiu Xiaqi, el Enviado Especial de Xi Jinping para Asuntos de América Latina y el Caribe. En el encuentro se prometieron reforzar una alianza que ahora no podrá ser sostenida si la ahora presidenta Delcy Rodríguez avanza en una transición tutelada por Washington. Esta situación se enmarca en un contexto de constantes pérdidas de aliados políticos en la región. La caída del MAS en Bolivia le quitó a Pekín, pero también a Moscú y Teherán, un aliado firme. La pérdida de poder del kirchnerismo en Argentina, del correísmo en Ecuador y la derrota de Xiomara Castro en Honduras tienen idéntico efecto.

Este reflujo de China y sus aliados forma parte de una secuencia en la que E.U. gana territorio en América a expensas del eje formado por China y Rusia, con Irán como socio menor. Que los tres sean parte de los BRICS no es un detalle menor, porque implica que el avance de Trump se produce a expensas de una alianza política que hasta ahora había logrado progresos estratégicos significativos en la región. Perdida Venezuela, es poco probable que otros socios menores como Cuba y Nicaragua puedan resistir con éxito el embate. La nueva Doctrina de Seguridad de E.U. publicada en 2025 es clara al decir que busca “alistar amigos” en el hemisferio. Incluso socios más “moderados” ideológicamente como Brasil, Colombia y México pierden espacio de maniobra en su búsqueda de contrapesos para la ofensiva de Washington.

Ese temor se vio reflejado en las condenas a la detención de Maduro. Era previsible que Cuba y Nicaragua la rechazaran junto a Rusia, China, Irán y otros socios usuales como Bielorrusia y Corea del Norte. Pero a ellos se les sumaron los gobiernos de Petro, Sheinbaum y Lula, demostrando la existencia de un bloque homogéneo que se perfila como adversario a la intención de Trump de poner una cabeza de playa en Venezuela que se proyecte a todo el hemisferio. Saben que es un gesto dirigido al resto de los países del continente y que la flota en el Caribe es un calco de la “diplomacia de las cañoneras” de Monroe y del cobro de deudas como excusa para una intervención que fue moneda corriente en el siglo pasado.

Además, anticipa una disputa regional con la conformación de una coalición de países con gobiernos contrarios al socialismo, que en la práctica reúne a los presidentes más afines a la doctrina de Trump. Se trata de una coalición de diez países propuesta por el argentino Javier Milei, que integrarían los mandatarios de Chile, El Salvador, Ecuador, Paraguay, Bolivia, Perú, Panamá, Costa Rica, Honduras y República Dominicana. Del otro lado, agrupados bajo el genérico del “Foro de Sao Paulo”, se alinean Brasil, México, Colombia y una variedad de países identificados con las ideas progresistas pero que, además, coindicen con los que sostienen mejores relaciones con Rusia y China. Esto anticipa una grieta política de grandes proporciones que tiene un punto de liberación de energía en Venezuela, en donde la acción contra Maduro parece haber precipitado cambios en el mapa político regional. Si se concretara un pacto de convivencia entre el chavismo y la administración Trump, la ruptura podría acelerarse. La intención de Trump de desalojar la influencia de otras potencias necesariamente incluye un ultimátum para que los países y sus gobiernos se alineen con su estrategia o le hagan frente a una administración decidida a superar la pasividad de su antecesor.

El anuncio de Trump tiene el potencial de generar un verdadero sismo económico solo con el control del espacio petrolero venezolano y los plazos que se prevén para su “administración” de Venezuela. Ese impacto es igual de profundo en la política estratégica. Para empezar, el desembarco en Caracas tiene por objetivo desalojar la influencia de otras potencias en Venezuela en el corto plazo, pero también reclamar como espacio propio todo el hemisferio americano.

Como se ve, el efecto de la detención y “extracción” de Maduro es tan profundo como amplio y anticipa movimientos en el tablero mundial de enorme importancia. ~


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