javier barros sierra

Elegía por Barros Sierra

En recuerdo del ex rector de la UNAM, a cincuenta años de su muerte.
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Hoy 15 de agosto se cumplen cincuenta años de la muerte de Javier Barros Sierra, valeroso rector de la UNAM durante el movimiento estudiantil del 68. Aquel día la Universidad Nacional Autónoma de México le rindió homenaje en un acto en el auditorio de la Facultad de Ingeniería. Acudieron el rector Pablo González Casanova y el secretario de Obras Públicas, el ingeniero Gilberto Valenzuela. Estas fueron mis palabras.

 

Señor rector, señoras y señores:

La idea que ahora tengo de Javier Barros Sierra recuerda de alguna manera la de aquel líder imaginario que había participado en la huelga grande que estalló contra la compañía bananera. Regresaba bordeando la vía del ferrocarril del que se había arrojado unas horas antes, y que transportaba dentro de sus vagones silenciosos y oscuros hacia su sepulcro en el mar los tres mil cadáveres de la población civil que había sido asesinada la tarde anterior en la plazoleta de la estación.

La primera mujer que encontró a su retorno y luego todos los vecinos del pueblo negaron que hubiera existido una matanza. Quiso cerciorarse de que no había tenido una alucinación y pasó por la plazoleta donde lo habían metido en un vagón junto a decenas de cuerpos creyéndolo muerto. Allí encontró las mesas de fritangas amontonadas unas encima de otras, pero ningún rastro de la masacre. El líder decidió por fin consumirse en una vieja habitación, para así conservar el único recuerdo de lo que había ocurrido.

Cuando suceden cosas que no deben olvidarse, hay quien aprisiona el recuerdo en soledad para preservarlo de la muerte. Existe también quien tiene el valor de incorporarlo a su vida cotidiana como una pesadilla constante que reclame a la realidad aquello que la misma realidad le arrebató. En ambos casos, el uso de la memoria es innecesario porque el pasado permanece suspendido y expectante.

Aquí, hemos decidido seguir un camino más cómodo. Sin demasiado esfuerzo, detenemos nuestras actividades y por una o dos horas practicamos esa variedad emboscada del olvido que es el homenaje.

Tan sencillo es homenajear o denostar a los muertos como a los vivos. A Javier Barros Sierra se le homenajeaba ya cuando ocupaba la rectoría de la Universidad. Luego, de manera natural, hubo quien dio paso al insulto y la presión. El rector trascendía desde entonces los homenajes y las solemnidades gemelas de la injuria y el halago, pero su dignidad personal y universitaria no halagaba a su vez a quienes lo cortejaron y lo agredieron. Por fin, estos y aquellos decidieron relegar su significado en el 68. Le concedieron el olvido, una primera muerte.

A pesar de este homenaje y de las palabras que aquí se digan en torno al maestro, al funcionario, al hombre de ciencia, al rector o al amigo, Javier Barros Sierra pasará largo tiempo en ese olvido. Su vida no será objeto de reconocimientos mayores, y mejor que sea así, mejor que no se encuentre en él faceta alguna con la que pueda incorporársele al santoral, a la epopeya oficial, para erigirle un monumento, y entonces sí, de verdad, sepultarlo.

Así está bien, cada día aprendemos a olvidar menos, y alguna vez nos sacudiremos definitivamente la costumbre de olvidar. Entonces recordaremos […] que en nuestra plazoleta de la estación también hubo una matanza. Entonces cobrarán sentido las derrotas, los fracasos y los olvidos impuestos a punta de silencios. Entonces, no ahora, cuando el pasado regrese, no como pesadilla sino como revelación, sabremos recuperar a Javier Barros Sierra.