Alrededor de los grandes temas, sean la relación de Estados Unidos y México, las guerras en Gaza o Ucrania, los escándalos mayúsculos de corrupción y violencia en cualquier parte del mundo, entre tantos que resuenan de manera amplia, hay episodios que muestran el estado de las cosas, no solo por ellos mismos sino también por sus tangentes: las posturas y declaraciones que los acompañan y crean o alimentan los contextos en los que se desarrollan; reacciones que desnudan intenciones, ignorancias, certezas donde se esperarían dudas; disposiciones a atizar hogueras, que muestran comportamientos sectarios. Actitudes nada abiertas a algo más que a convencer a propios, en un acto de futilidad que olvida que muchos de esos ya estaban convencidos.
Seguimos llamando polarización a esa vocación por situar lo que se antoje en universos irreconciliables, a la utilización política de la exaltación. De la polarización pasamos a la hiperfragmentación de las sociedades y en ambos fenómenos lo que ha desaparecido es el criterio, al punto en que esa palabra ni siquiera es ya mencionada en las conversaciones.
La ausencia de criterio proviene del denominador común que provee de textos refutables, si en algún segundo la intención de su publicación es prestarse a ello. En México, la discusión sobre política nacional y sobre Medio Oriente, con sus disparidades, tiende a caer en esa arena. También las cartas de indignación por las fragilidades en el orgullo de los nepotismos, como tantas líneas que cuentan cada vez con menos filtros a la hora de salir de lo visceral, sin recordar que de las vísceras no salen ideas: para eso está la cabeza.
Cierta necedad en lo que algunos podrían llamar las crisis de la modernidad me obliga a dejar de considerarlas crisis limitadas en tiempo, condición que las define. Igualmente, a ser escéptico ante el paralelismo que ve en nuestros días una recapitulación de otras épocas y no una línea continua de altas y bajas. No somos la Atenas de la filosofía, la Roma del derecho y tampoco la República de Weimar. Ni perdimos unas ni volvimos a otras. Nos constituimos con algo de todos los pasados, incluyendo esos, y unos más que otros, que solo transitan al presente si se asimilan y sueltan dependiendo de sus ventajas, virtudes y vergüenzas. Porque con un gramo de sensatez también deberíamos dejar de pronunciar esa frase cursi sobre que quien aprende de la historia no cometerá errores semejantes, o algo parecido. ¿En verdad lo hemos hecho en algún momento? No es por la historia de nuestras mezquindades que las nuevas se reducen, sino a través de un ejercicio dual que parte de nuestras cualidades como especie. Si se hace bien, funciona. Si se hace mal, exhibe las carencias que presume.
Todos pensamos, en principio. Pero no es lo mismo el verbo simple que saberlo hacer. Los griegos se plantearon escuelas de la razón para afinar el propósito. ¿Es tanta nuestra arrogancia que damos por sentada su técnica? Sí, pensar, saber hacerlo, es una labor que pide técnica para pasar a ser costumbre, y sin aquella técnica, la recurrencia tiende a afianzar el lado contrario. Existen diferencias entre pensar y aprender a hacerlo. Para una forma se necesitan los favores comunes de la biología. Para la otra, orden.
Leo Strauss murió en 1973. Conoció dos terceras partes del siglo pasado, las dos grandes guerras, Weimar, y la persecución nazi, huyó de Alemania y dedicó su obra a las crisis de la modernidad.
Relativismo y nihilismo, debacle moral y filosófico, sus principales diagnósticos, no suenan muy ajenos a los de estos años. Strauss se preguntaba si esa crisis en su modernidad podría resolverse con el retorno a los principios de la filosofía política de los textos griegos clásicos: no como estructura, que hoy se vería ridícula, sino como modelo de algo atrás de la última ejecución de las acciones políticas que permitía y perfeccionaba el pensar. Primero, a partir de una lógica natural. Es decir, según códigos, secuencias que siguen una ruta (si escribo sobre un papel habrá algo sobre el papel y no una escultura. Eso sería ilógico). Y segundo, por medio de una relación de causa-consecuencia (si empujo de una mesa alta un vaso de vidrio frágil, éste se romperá y no necesito tirarlo para comprobar el resultado).
Gracias a las escuelas de la razón entendimos que hay reglas para aprender a pensar. Saber distinguir lo importante de lo que no lo es. Lo llamativo, y muy probablemente efectivo en el instante (esa palabra horrible que es la coyuntura), de lo realmente relevante, por sus efectos en el tiempo y hacia el conjunto. Aprendimos la necesidad de desechar lo descartable, lo que hace ruido y ensucia no la conversación, sí el pensamiento y la comprensión de los elementos.
El camino opuesto a pensar comienza en la ilusión del saber (¿se tienen las cualidades para emitir toda clase de aseveraciones?); la ilusión de importancia, tanto de los elementos como de quien emite el juicio.
Sobrepasado el descarte de lo irrelevante, viene la jerarquización. ¿Cuál es el orden de importancia en los elementos que la tienen? De ahí, se relacionan los hechos con las consecuencias. Si la palabra que surge de esa metodología resulta inteligente, tendremos un argumento. Hay argumentos mejores que otros, a causa de sus inconsistencias y carencias, de la falta de observación al conjunto de elementos alrededor.
Si el argumento quiere dar por válido matar a niños soldados y los transforma en objetivos militares legítimos, ¿es admisible asesinar a todos los de su tipo? ¿Qué hacemos con la protección especial a menores que acordamos hace no tantas décadas para proteger de cometer barbaridades en nombre de una barbarie anterior? ¿Desechamos los esbozos de civilización que hemos conseguido? Si lo hacemos, ¿cómo defendemos el resto de los constructos de lo civilizado?
Si todos los instrumentos de la soberanía salen a cuento porque a un individuo privado se le retira un documento, ¿qué tan vacío es el entendimiento de la soberanía? Si la arrogancia imprime valores que no se tienen, ¿cuál es la calidad argumentativa del arrogante?
El compendio de malas argumentaciones es extensivo a toda temporalidad. Casi siempre están ligadas a la falta de criterio, proveniente de la pereza de pensar.
Dos herramientas son útiles para reforzar o descartar malas argumentaciones.
Si los eventos sobre los que argumentamos se ubicaran en otra geografía y con otros actores ¿plantearíamos lo mismo? Si al admitir como válida la aseveración argumentativa vemos que sus consecuencias serían inadmisibles en otro escenario, ¿por qué son admisibles en el espacio objetivo?
Si la realidad no puede exigir que el ejercicio del pensamiento y la argumentación sea infalible para todos nosotros en todo momento, hay posiciones que tienen menos fueros para excusarse de sus errores. La desilustración de las élites preocupa más que la del conjunto. En Atenas, en Roma, en Weimar y en nuestra edad de la posdemocracia. ~