Con tal de no morir, de Vicente Molina Foix

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¿Cuántas personas viven ahogadas por el tedio, atrapados en destinos mediocres y sin aparente escapatoria? Y a pesar de todo, ¿cuántas cosas serían capaces de hacer con tal de no morir nunca? Estas son, entre otras, las preguntas que surgen durante la lectura del libro más reciente de Vicente Molina Foix. Se trata de un conjunto de relatos y no de una novela río como El abrecartas, que el escritor publicó hace dos años. De alguna manera, estos dos volúmenes se relacionan. Ambos describen con agudeza y minuciosidad la sociedad española en sus diferentes estratos, desde los burgueses de alcurnia hasta los trabajadores de medianos y bajos salarios. Si El abrecartas contaba varias décadas en la vida de España –desde la Guerra Civil hasta los eufóricos años ochenta–, Con tal de no morir se centra en personajes actuales y en las problemáticas de la España contemporánea. Para quienes hemos leído los dos libros, resulta muy interesante comparar la evolución de la sociedad en este país, al menos desde el implacable punto de vista de Molina Foix. Advertimos, por ejemplo, la aparición de los inmigrantes tanto magrebíes como latinoamericanos en el Madrid contemporáneo y también algunas innovaciones en la manera en que los españoles encaran la pareja y la sexualidad.

Con tal de no morir no es un solo libro de cuentos, sino varios. Con los textos incluidos aquí, el autor hubiese podido conformar por lo menos tres conjuntos de relatos. Uno de ellos se inserta en la tradición del género fantástico, más semejante al anglosajón o al ruso que al hispánico. Así, el cuento que lleva el título del libro es una variación del tema de Fausto, sólo que modernizado, donde también se atisban algunas reminiscencias humorísticas de Bulgakov. En vísperas de la jubilación, un profesor de historia del arte recibe la visita de un personaje gris y taciturno en el bar que frecuenta diariamente. Este individuo, cuya presencia no acusan los espejos, le ofrece un pacto dudoso: participar en una especie de multinivel metafísico, primero como cliente y luego como empleado de esa extraña compañía que ofrece un seguro –en el estricto sentido de la palabra– de vida y de salud, de este lado del Averno. En este relato del siglo XXI no es mefistófeles el que tienta al protagonista, sino un burócrata del más allá.

El segundo tipo de relatos –al que pertenecen la mayoría de los cuentos– está protagonizado por personajes cuya existencia es tan opaca y frustrante que raya en lo insoportable. Una solterona con fortuna vive encerrada en su piso de la calle Lope de Rueda y sueña con seducir a un repartidor de comida rápida que pasa de ella; un policía engorda de frustración y observa resignado cómo su novia deja de interesarse por él; una mujer de 46 años, soltera y sin hijos, sueña con adoptar a un joven marroquí, pero no se atreve siquiera a verbalizar ese anhelo. Se trata pues de dramas cotidianos y comunes, tragedias españolas minúsculas, si se comparan con las de los padres y abuelos de estos mismos personajes que vivieron la guerra y la represión. Ya no está presente la épica que caracterizaba a los personajes de El abrecartas, sino una mediocridad sorda, aplastante. Al igual que sus predecesores, estos personajes también mueren –sólo que sin heroísmo– en medio del aburrimiento. Esos personajes aspiran a otro tipo de vida pero no saben cómo acceder a ella; a veces, a pesar de que lo intentan con todas sus ganas, no consiguen escapar a su destino. Uno de los cuentos más perturbadores de esta última serie es el de la mujer que vive a escala doméstica la guerra de Irak, periodo durante el cual está situado el relato. En esas mismas fechas, su marido –probablemente contagiado por las imágenes de violencia que ve en la televisión– comienza a golpearla. Esta historia nos advierte, con toda razón, de que muchas veces nuestras sociedades critican la violencia que ven en las otras culturas sin admitir, o juzgar con la misma indignación, las prácticas de sexismo y brutalidad que hay en nuestros propios países.

El tercer grupo y, a mi parecer el más apetecible, es el de los cuentos con temática amorosa y sexual. “El peluquero de verdad” es la historia de amor entre un narrador español y un estilista inglés con un enorme talento para las artes escénicas que, contrariamente a la mayoría de los personajes que habitan este libro, no desea ser otra cosa. El hermoso Graham podría ser cabaretero, cantante, artista plástico y, sin embargo, lo único que le interesa en la vida es el pelo, en particular el de su pareja. Se trata de un un texto loco, apasionado, humorístico y profundo a la vez, con unos diálogos chispeantes y conmovedores. Un cuento digno de antología. A este mismo rubro pertenece “Todo él”, la historia de una maniática y sus diferentes obsesiones con los hombres.

Lejos de constituir un inconveniente, esta mezcla de géneros y de temáticas le otorgan a la lectura del libro una extraña dinámica de contrapunto. El título es muy atinado y conviene perfectamente a las tres vertientes: con tal de no morir somos capaces de empeñar nuestra alma a cualquier compañía metafísica de seguros; con tal de no morir de tedio, ahogados en la mediocridad, nos refugiamos en obsesiones como los coches o la comida para llevar; con tal de no morir de soledad, buscamos el sexo desaforado o maniático, pero intenso, siempre en pos de la pareja perfecta, esa a la que nuestros cónyuges se asemejan pero de manera imperfecta. Los personajes del más reciente Vicente Molina Foix no son admirables como lo eran los de El abrecartas, más bien todo lo contrario, pero esa imperfección, ese deseo constante de una vida mejor a la que casi nunca acceden es lo que los vuelve entrañables y perturbadoramente cercanos a nosotros. ~

 

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