Diario filosófico 1950-1073, de Hannah Arendt

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Esta espléndida edición española de los Denktagebücher (literalmente “diarios de pensamiento”), que la editorial Herder presenta ahora en castellano en una esmerada traducción del profesor Raúl Gabás, sigue fielmente la alemana que la editorial Piper publicó en 2002. Nada más aparecer en Alemania –un estuche con dos tomos, el primero de los cuales contiene el texto de los “diarios” y el segundo, las notas, la traducción de citas y demás comentarios–, atrajo todas las miradas de la crítica especializada. Algo comprensible, pues la gran pensadora y politóloga que fue Hannah Arendt (1906-1975), quien nunca –por cierto– se caracterizó a sí misma como “filósofa”, es considerada en la actualidad una figura intelectual de primer orden, todo un clásico moderno del pensamiento filosófico-político, de ahí que cualquier testimonio suyo que sirva para complementar sus obras o para ahondar en el conocimiento de su vida deba ser celebrado con justa devoción.

Este “diario” constituye una sorpresa para cuantos se interesan por la autora; en cambio, conviene resaltar que poco dirá a quienes no hayan trabado algún conocimiento con sus libros. Es un documento de apoyo, único, pero de carácter secundario; ayudará a quien desee estudiar con minucia más que las obras de
Arendt la manera de obrar de la mente excepcional que las creó. En este sentido, la crítica especializada ha comparado este Diario filosófico acaso con demasiado entusiasmo– a los fragmentos póstumos de
Nietzsche, las anotaciones privadas de Wittgenstein o los apuntes preparatorios para el Libro de los pasajes, de Walter Benjamin. Textos fragmentarios todos ellos, cúmulos de anotaciones dispersas a menudo contradictorias, ideas luminosas expuestas como aforismos o pensamientos en embrión que revelan mucho de los intereses intelectuales y los métodos de trabajo de sus autores pero que apenas dicen nada a quien no esté dispuesto a leer semejantes testimonios como lo que son, un montón de herramientas de trabajo descolocadas y dispersas “en el taller de un muerto”, según manifestó Enrique Lynch en una reseña reciente de este mismo libro. Poco más podemos añadir a tan acertada metáfora. Ahora somos los vivos, amigos del difunto o simples curiosos, quienes podemos revolver entre lo que ha quedado; si sabemos extraer alguna enseñanza o algún placer de ello, incluso algún dolor, dependerá del grado de confianza que tuviéramos con quien murió.

Desde 1950 hasta 1973, el período que abarca el Diario filosófico, Hannah Arendt llenó 28 cuadernos escolares (más otro denominado “Cuaderno de Kant”) con apuntes “filosóficos” de diversa extensión. En modo alguno pretendió confeccionar un “diario” propiamente dicho –a veces pasaban varios meses sin que anotara nada, y raramente consignaba la fecha cuando escribía–; tampoco sus anotaciones remitían a sucesos de la vida cotidiana ni contenían referencias a la actualidad, y ni siquiera revelaban estados de ánimo o sentimientos. Eran simples apuntes de trabajo garrapateados en sobrias libretas de alambre; a menudo, notas aforísticas tomadas a vuelapluma, y a menudo también, extensas anotaciones desarrolladas con minuciosa intensidad. Apuntes desgajados con ideas o aclaraciones de conceptos, esbozos de pensamientos que debían ser desarrollados más tarde, todo ello, en suma –como decíamos– constituye el “cajón de sastre” de la pensadora al que ni siquiera sabemos si recurría en busca de retales antes de ponerse a la tarea de escribir sus brillantes artículos o sus obras más extensas.

Los años mencionados fueron los más fructíferos de la vida de Arendt, y se corresponden con la espléndida plenitud de su edad adulta: desde 1941, la pensadora vivía exiliada en Norteamérica. Se había casado a sus 43 años con Heinrich Blücher, de cincuenta; era su segundo marido después del efímero matrimonio con Günther Stern. Blücher sería el confidente y el compañero de Arendt durante 25 años, hasta la muerte de éste, en 1970. En 1951 apareció Los orígenes del totalitarismo; un año antes, Arendt había regresado a Europa por primera vez tras la huida al exilio. En Friburgo se reencontró con Martin Heidegger, de quien había sido amante cuando ella era una jovencita interesada en filosofía. Con él continuó manteniendo una relación entre cordial y ambivalente hasta el fin de sus días. De la influencia de su pensamiento no se liberó nunca.

En la década de los años cincuenta, Arendt comienza a ser una intelectual reconocida y, al cabo de los años, habrá impartido clases en Nueva York, Princeton, Berkeley, Harvard y Chicago.

En 1958 publica La condición humana, una de sus obras señeras. En 1961 viaja a Israel, enviada por la revista New Yorker para asistir como observadora al proceso contra el nazi Adolf Eichmann. Escribe reportajes que causan una enorme controversia; de aquellos surgirá otra de sus obras clave –quizás hoy la más difundida–: Eichmann en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal. A los anteriores títulos se le unirán otros como Sobre la revolución, los inestimables ensayos de Entre el pasado y el futuro o la serie de artículos que compondrán Hombres en tiempos de oscuridad.

El lector de Arendt hallará en este Diario filosófico sólo un tenue reflejo del brillo discursivo de las obras mencionadas, aunque seguramente encontrará rastros del pensamiento de la autora que le satisfarán. Con todo, dichas huellas casi siempre son mínimas. El nombre de una ciudad remite a un viaje del que nada se nos dice, el de un filósofo recuerda la intensidad con que la pensadora dialogó con su obra, pero poco le aporta en sustancia a quien es ajeno observador.

Muy grato es encontrar poemas salpicados entre las notas; por ejemplo, esas breves y significativas referencias a Emily Dickinson, a cuya obra Arendt se acercó fascinada por cierta afinidad espiritual con la solitaria de Amherst, al menos en el sentido de que ambas aceptaron por “hogar” la perpetua “expatriación” de sus almas (“homelessness for home”). Versos de Hölderlin o Rilke –herencia de Heidegger–, que remiten a lo mismo; y, además, el lector encontrará algunos poemas de la propia Hannah Arendt, versos de aire místico-metafísico, pinceladas de lucidez, relámpagos de inspiración, cercanos y sensoriales –que traducidos pierden su gracia, por cierto–. La lucha por ganarse la nueva lengua en que la autora debía expresarse en Norteamérica –el inglés– se muestra en breves anotaciones tomadas directamente en este idioma, algunas frases sencillas durante los primeros tiempos, pero significativas, de autores como Faulkner o Wordsworth, y que se harán más numerosas y extensas durante los años sesenta, cuando el dominio del idioma adoptivo era ya absoluto.

Aquí y allá brotan reflexiones que remiten a ideas señeras del pensamiento de Arendt: el amor, que no es “un sentimiento”, sino “un poder”; la soledad, característica esencial tanto del tirano como del filósofo, usada por cada uno de manera muy distinta; el pensamiento lógico, gélido medio por el cual se anula “lo humano” y que conduce al “mal radical”. Pensamientos esenciales, en suma, de este estilo: “Trabajar, pensar, amar, son la esencia de la vida pura”. Perlas, acaso insignificantes, bajo el oleaje de palabras, de años. Para hallarlas basta la lectura atenta y concentrada, aunque sea ocasional o fragmentaria. Cada sentencia luminosa acude finalmente, limpia, de entre las brumas de esas parrafadas cuajadas de caracteres griegos y hasta hebreos, interesantes en general sólo para quien se tome la molestia de pensar con Arendt los pasajes que cita, tantísimos de Platón y Aristóteles (por cuya filosofía política la autora nunca dejó de interesarse); pero también de Agustín, Cicerón, Hegel y Kant, o los muy abundantes comentarios sobre Marx.

En definitiva, es antes el aura de la pensadora y el hábito de su pensamiento lo que atrae de este Diario filosófico. El goce de contemplar con cariño y curiosidad los materiales del entrenamiento de una mente excepcional siempre dispuesta al “trabajo”, es decir, al acto esencial de pensar y comprender, la vitalidad de lo que ella denominó su vita activa.

En 1970 muere Heinrich Blücher. Hannah inició las anotaciones de 1971 con un escueto “Sin Heinrich”, pero a partir de entonces el Diario filosófico queda abandonado. Sin la presencia estimulante del alma gemela amada, con quien tanto discutía y compartía, el pensamiento queda mutilado y Arendt tiene que recurrir a la ayuda de una voluntad ya no tan presta como antes y, sin embargo, resignada; no en vano ella misma había escrito en uno de sus últimos cuadernos: “La muerte es el precio que pagamos por la vida que hemos vivido. Es de miserables no querer pagar ese precio”. La Parca le exigió el pago a Arendt mientras trabajaba en la tercera y última parte de otra de sus monumentales obras: La vida del espíritu. Contaba entonces 69 años, y aún podría haber legado al mundo más de lo mejor de sí misma: esa valentía suya de pensar de manera independiente.~