Libertades imaginarias, de José de la Colina

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De la Colina o la experienciaJosé de la Colina, Libertades imaginarias (De la literatura como juego), prólogo de Alejandro Rossi, Editorial Aldus, México, 2001, 296 pp.Hace tiempo que no leía en México un libro de ensayos tan logrado y feliz como Libertades imaginarias, de José de la Colina. Y dado que a De la Colina no puedo brindarle una alabanza superflua, ni es un escritor que tolere las caravanas, pues las desconoce por instinto, trataré de argumentar mi entusiasmo. Estamos, en principio, ante un artista de la lectura que no sólo examina novelas, poemas y ensayos sino los incipit, las adivinanzas, las canciones populares, las greguerías, los tartamudeos, los anagramas y el palindroma, que tiene nombre de mujer. Tras ese trabajo con las palabras, De la Colina regresa a Platón, al nombre como atributo de la cosa, y se pregunta por qué los escritores se llaman como se llaman, si Quevedo es aquel que-ve-doble o por qué a Poe le falta la t que lo distinguiría como poet.
     Si tuviera que elegir un objeto como símbolo de la literatura coliniana escogería sin duda la lupa, lente de aumento manual que este lector utiliza para mirar cada palabra con ánimo de entomólogo. Pero De la Colina va coleccionando especies sin intenciones taxonómicas y de su arte  se deduce cierta preceptiva, que no por juguetona y descreída deja de ser rotunda: leer bien no sólo es releer, sino saber que un mal verso o una expresión inepta atenta contra toda la literatura. En el caso contrario, cada acierto o genialidad permite seguir hilando la única totalidad, la libresca. Como Gerardo Deniz, su hermano en el espíritu, para De la Colina nada es casual: en el país de los libros reina la pansofía, pues "todo se comunica más o menos con todo, con cuanto en realidad existe".
     Esas "grandes páginas sueltas o perdidas de la literatura", como dice Rossi en su prólogo, permiten a De la Colina ejercer como maestro en la construcción y la curaduría de las catedrales literarias que habita como un tierno, blasfemo, gruñón y temperamental monje arquitecto, a quien la Edad Media no le parece ni tenebrosa ni mediana. Una vez leídas sus Libertades imaginarias, dudo al definir qué clase de autor es José de la Colina. ¿Es un escoliasta o es un maestro?
     De la Colina abre su libro con una averiguación sobre los libros fantasma, examinando el tomo que lee el antipático Hamlet, el sueño de Coleridge, el Necronomicon lovecraftiano, las trampas e imposturas de Nabokov, Borges y Arreola. Durante esa travesía, entre la muina y el honor, De la Colina parece desear para su propia obra —breve, sustanciosa, castigada por la autocrítica— un destino fantasmagórico donde la lupa de Libertades imaginarias y su autor desaparecerían tras descifrar algunos caracteres enigmáticos.
     Leer a De la Colina como escoliasta, empero, es una solución que no acaba de satisfacerme. Haciendo a un lado su calidad de maestro informal de muchos escritores, a través de los trabajos forzados del periodismo literario, mucho hay de magistral en De la Colina, en el sentido que Libertades imaginarias me produjo un alborozo similar al que viví, saliendo de la adolescencia, al leer La experiencia literaria, de Alfonso Reyes. Uno y otro son oráculos manuales que ratifican, entre burlas y veras, la vocación, anhelada o vagamente cumplida, de ser escritor. Y, agradecido, le ofrezco a De la Colina, como complemento "Del arte de la dedicatoria", estas líneas de Francisco José de Isla, autor del inmortal Fray Gerundio de Campazas: "no hay en el país de la elocuencia provincia más ardua que la de una dedicatoria bien hecha […] no hallándose noticia en la Historia de que jamás haya habido guerras entre los príncipes cristianos por la defensa de un libro que se les haya dedicado" (I, VIII, 7, 16).
     El magisterio crítico de José de la Colina, cátedra sin estrado, más propia del café y de la caminata, como dice Alejandro Rossi, es notorio en dos textos que juzgo ejemplares, los dedicados a Pinocho y a Cri Cri. No oculto el origen sentimental de mi predilección, pues, nacido treinta y dos años después que De la Colina, me enteré que yo, como los niños españoles durante la Guerra Civil, también creí en "la dinastía piniana", considerando que la grafía española de Pinocchio era enumerativa: pinuno, pindós, pintrés… pinocho. Y nativo como soy de la ciudad de México, pertenecí a la última generación sabiamente educada por Francisco Gabilondo Soler.
     Al escribir sobre Pinocchio (1873), de Carlo Collodi, y sobre las canciones de Cri Cri, De la Colina se interna en la tierra, casi estéril por la cosecha inmoderada, de la literatura popular. Su punto de partida, empero, es impecable: toda epopeya construida como sucesión de ritos de pasaje es por fuerza didáctica. Pasar una prueba implica rendir un examen. Junto a las previsibles moralejas de Collodi, están la Biblia y Homero, Apuleyo y Las mil y una noches, acaso Poe. Esas presencias combatieron con éxito al periodista convencional que había en Collodi, en realidad un pobre hombre llamado Carlo Lorenzini.
     De la Colina detecta la rareza del mundo pinochiano, y hace lo mismo con la poética de Cri Cri, el último de los educadores que no recurrió a la imagen para comunicarse. Como la más antigua de las poesías, la de Cri Cri se escuchaba y se cantaba. Sin recurrir a Bachelard —esas muletillas le son ajenas—, De la Colina fabrica una fenomenología de Cri Cri, inventariando el agua, el amor, el baile, la cocina y la comida, el cosmopolitismo, la fábula y la fiesta, el juego, las metáforas, la moral, la naturaleza, la sociología, la voz y el vuelo, así como la zoología en el Grillito Cantor.
     Salvo en la música propiamente dicha, donde De la Colina debió afirmar sin taxativas —como lo hacen músicos y musicólogos— el alto valor sonoro de Gabilondo Soler, en Libertades imaginarias leemos una vindicación crítica, no la primera pero si la más convincente, de un poeta popular que animaba un mundo fantástico bien ajeno a los valores morales y sociales que su público creía recibir. De la Colina, al tararear a Cri Cri o repensando las torpezas narrativas en Pinocchio, demuestra su maestría como un artista de la lectura que evade la vulgaridad que inevitablemente infesta a toda literatura contemporánea.
     José de la Colina (Santander, España, 1934), cuyos cuentos nos sobrevivirán en las antologías, publica libros con remordimiento de mendicante. Ajeno a la tratadística, acaso De la Colina no cuadre junto al oceánico o elefantiásico Reyes. Pero en Libertades imaginarias sobran los vasos comunicantes con el Reyes de la Marginalia, relación que en De la Colina se compensa  gracias al juego incesante a lo Gómez de la Serna, padre de otra enciclopedia. Libertades imaginarias puede explicarse mediante la teoría del iceberg de Hemingway —la única que postuló en su vida: de la erudición en De la Colina sólo vemos la cimera, calma y luminosa nieve. –

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