Libros raros II: Extrañas aventuras en el país de los pájaros

Richard Kearton en 1903
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Entre 1898 y 1935 los hermanos Cherry y Richard Kearton publicaron, en conjunto y por separado, una serie de libros de fotografías e historias de animales en libertad. Habían nacido en una granja de Yorkshire, de un padre ornitólogo, y comenzaron sus investigaciones de campo con una cámara de fotos. Los hermanos Kearton construían toda clase de artilugios para sorprender a los animales en su hábitat y han pasado a la historia como los inventores de la fotografía hecha desde un escondrijo camuflado; es famoso el buey disecado y hueco dentro del cual se escondían con una cámara de fotos para esperar, durante las horas que fuesen necesarias, el instante decisivo que les permitiese sorprender a los animales salvajes en libertad. Se ha conservado una foto en que uno de los hermanos transporta el artefacto a pulso, con las patas hacia el cielo, y esa foto como de portada de novela de Vila-Matas no refleja una invención consciente de los surrealistas sino el ingenio de unos hombres que tenían curiosidad por cómo viven los animales. Imaginemos la espera dentro del cuerpo disecado del buey, colocado estratégicamente en mitad del campo, dentro del cual un hombre vestido de tweed escuchaba quizá el repicar de la lluvia y espiaba a los desavisados animales a través de un agujero doble, como los cuadros falsos de las adaptaciones de cuentos góticos.

Los Kearton tomaron la primera fotografía de un nido con huevos de pájaro; al tema le dedicaron un libro entero. Su afán divulgador les llevaba a componer unos libros que no solo eran álbumes de imágenes sino que contenían historias en las que humanizaban a los animales, muchas veces para acercárselos a los niños. Son libros llenos de encanto, inconfundiblemente ingleses, en los que se mezcla el cuento naif pero a veces brutal con el amor por la naturaleza. Los títulos de algunos de sus libros pueden dar una idea del tono: Nature’s Carol Singers está dedicado a los pájaros cantores (también se dedicaron al registro sonoro de los cantos de las aves; en 1900 compraron un aparato de registro de cilindros de cera fabricado por Edison Bell, que adaptaron para poder usarlo al aire libre). The Adventures of Jack Rabbit, The Fairyland of Living Things, Our Bird Friends, My Dog Simba, The Animals Came to Drink o My Animal Friendships: The Adventures of Timmy the Rat, Chuey the Cheetah, Robin Parker the Mongoose, Mr. Penguin, Jane the Elephant, and Mrs. Spider son otros títulos. Sus libros conocieron un éxito inmediato y grandes tiradas, por lo que aún se pueden encontrar en las librerías de segunda mano de toda la isla y probablemente en las estanterías de las pensiones que aún queden por acondicionar.

Existe al menos una traducción al español contemporánea de los hermanos. En el catálogo de la Biblioteca Nacional de España la única referencia de los Kearton que aparece es una edición francesa de 1949, de la editorial Boivin et Cie., de L’île des manchots, pero a mis manos ha llegado un ejemplar muy bien conservado de Extrañas aventuras en el país de los pájaros, que lleva como subtítulo: “Peregrinas aventuras del mundo de las aves, relatadas por los pájaros a sus hijos, sorprendidas y traducidas al lenguaje humano por R. Kearton, miembro de la Sociedad Zoológica de Londres”. Más abajo aún explica: “Obra ilustrada con ochenta fotografías de animales en libertad, tomadas por Cherry Kearton”. No aparece el nombre del traductor, como era costumbre antiguamente, ni aparece el año, pero lo publicó Ramón de S. N. Araluce en Barcelona (calle de Cortes, 410). La edición es preciosa. Supongo que debió de llevar una funda de papel con el título y una ilustración. Es un libro de tapa dura de imitación de piel de cocodrilo, que incluye cuentos como El Búho hambriento y la Coneja encolerizada (habla el búho: “–Una tarde muy triste iba volando silenciosamente por encima de un seto, cuando divisé un Conejo ya bastante crecido, que se atusaba el pelo. La comida era aquella primavera muy escasa, de modo que quise probar suerte, y tomando impulso me eché sobre él. Dio la casualidad de que en el preciso instante en que hice presa, se movió un poco, de suerte que solo pude agarrarlo ligeramente por los riñones…”), o De cómo el Petirrojo perdió su cola (“… un Petirrojo saltó por la ventana de una cocina a donde había ido a buscar migas y, posándose sobre un viejo tronco, profirió dos agudos trit, trit y dijo: –¡Viva la libertad! El pesimismo del Estornino fue olvidado en un instante…”), o un intrigante La Alondra y el Buey extático –“extático” es un adjetivo como de poema de Walt Whitman, pero nunca hubiera esperado encontrarlo aplicado a un buey–. Resulta que en el cuento del buey extático los Kearton practican un ejercicio de metaliteratura y confiesan su sistema para fotografiar animales y conseguir las imágenes que ilustran el libro (que son setenta), visto desde el punto de los retratados. Habla la alondra: “Cuando pasé por delante del Buey sucedió una cosa extraña. El animal emitió el sonido más extraño que imaginarse pueda. No era un golpe de tos o un estornudo, sino un ruido seco, vibrante, que me hizo estremecer cual si hubiera recibido una herida de perdigón. Nunca había oído que otro animal emitiera tal sonido y, una vez me hallé a una docena de metros de distancia, me detuve a escuchar de nuevo. Se produjo otra vez el extraño ruido y el Buey permanecía siempre en la misma posición, sin moverse un ápice, sin levantar una pata o menear la cola, de modo que me dispuse a entrar en mi nido. Pero entonces vi otra cosa que me extrañó aún más, y fue que el Buey en cuestión tenía un ojo en el pecho”. He mantenido las mayúsculas originales de los personajes, con las que creo que los autores, o el editor español, han pretendido individualizar a cada animal como si fuera un humano.

Los logros y las aventuras de los Kearton son fascinantes e incluyen el rodaje de películas en África, La India, Borneo, los Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, además de matrimonios con cantantes de ópera (y aquí me vuelvo a desviar, pero es que sobre un recital de la soprano Ada Forrest, segunda mujer de Cherry, leo lo siguiente en una crónica escrita por Ezra Pound para la revista fabiana The New Age y recogida en el volumen Ezra Pound and Music: The Complete Criticism: “Flema en la garganta, voz como desfigurada por un velo o una membrana, intolerables mañas victorianas, pronunciación indistinguible, graznido. Un sonido constante de cla cla cla, o puede que gla gla gla, allí donde debería sonar Since I live not where I love. Aunque Morley y Lawes consiguieron preservar un resto de su belleza en el curso del asalto de la cantante, yo me largué antes de que comenzase a aplicar sus modernos arreglos sobre Tennyson. Me tenía que haber largado antes”), pero es que mi búsqueda sobre Araluce, el editor del libro en Barcelona, encuentro un artículo de 2010 en el Diario de León en el que se explica que Ramón San Nicolás de Araluce, nacido en Santander en 1865, huyendo de una maligna madrastra emigró a México, donde aprendió el oficio de impresor. Al volver a España se instaló en Barcelona, donde siguió editando libros, y el artículo, de Emilio Pascual, sigue explicando que el editor Araluce decidía qué publicar por el sistema de leer los libros posibles a sus nietos; cuando estos bostezaban durante la lectura, el editor desechaba la idea de publicarlos. Estas Extrañas aventuras en el país de los pájaros, de los hermanos Kearton, superaron la prueba de los nietos lectores

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