Misión diplomática, de Alfonso Reyes

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CUAUHTÉMOC EN RÍO DE JANEIROAlfonso Reyes, Misión diplomática, comp. Víctor Díaz Arciniega, Fondo de Cultura Económica – Secretaría de Relaciones Exteriores, México, 2001, 2 vv.But they that observe their differences, and dissimilitudes, which is called distinguishing, and discerning, and judging between thing and thing, in case such discerning be not easy, are said to have a good judgement.
     Thomas Hobbes, Leviatan     Aunque para Alfonso Reyes el ejercicio de la diplomacia haya sido, al menos por dos décadas, un instrumento privilegiado de contacto con el mundo, la extensa fortuna crítica construida en torno a su obra dedica un espacio poco expresivo a su actuación como funcionario diplomático del servicio exterior mexicano.
     Tal omisión, que se podría atribuir, hasta cierto punto, a la primacía natural que los comentaristas de su obra prefieren dar a su producción literaria y ensayística, refleja también, a su manera, la compleja convivencia entre la cultura y las instituciones del Estado en las sociedades iberoamericanas. La reciente publicación de Misión diplomática —donde encontramos un relato pormenorizado, y de su puño y letra, de la experiencia diplomática de Alfonso Reyes en Madrid, París, Buenos Aires y Río de Janeiro, en el periodo de 1920 a 1939— podrá ayudarnos a comprender mejor esa problemática relación y, tal vez, inspirarnos en el sentido de reducir la distancia y la incomprensión que separan estos dos mundos.
     El Brasil y México han tenido en sus cuerpos diplomáticos notables figuras de intelectuales. En una relación que está lejos de ser exhaustiva, bastaría con citar los nombres de Joaquín Nabuco, João Guimarães Rosa, João Cabral de Melo Neto y José Guilherme Merquior, por el Itamaraty, y Octavio Paz, Carlos Fuentes y el propio Alfonso Reyes, por Tlatelolco, para testificar los quilates de la contribución que ambas cancillerías han prestado a las letras y al pensamiento latinoamericano.
     La producción literaria de Alfonso Reyes está marcada por el espíritu del viajero. Sus múltiples intereses —que van de la música a la medicina, pasando por la filosofía, la poesía y la historia— sugieren que la cohabitación con otras culturas actuó en su obra como importante aglutinador de ideas. De su condición de viajero diplomático proviene una capacidad única de sorprenderse con el mundo, con una visión siempre renovada y sin valerse, jamás, de fórmulas convencionales. Tales características son notables en textos como La crítica en la edad ateniense y Visión de Anáhuac, lectura por la que entré en contacto con el pensamiento de Reyes. Fue Octavio Paz el que me transmitió en Cornell, cuando fui su alumno, la presencia humana de Alfonso Reyes, cuya influencia sobre el Nobel mexicano está reconocida en el prólogo de su obra prima El arco y la lira. Según Paz, Reyes fue feliz en el Brasil y hablaba del país con verdadera fascinación. El interés de Octavio Paz por esa nación tiene allí, probablemente, su origen.
     Sabemos que al llegar al Brasil, en abril de 1930 —después de pasar tres años en Buenos Aires al frente de la representación mexicana—, su primera reacción ante el nuevo encargo no fue de gran entusiasmo. Las circunstancias políticas internas de la época, asociadas con las dificultades de instalación en la sede oficial y con un estado de espíritu, en aquel momento, marcadamente melancólico, hicieron difícil la llegada a Río de Janeiro y la adaptación del nuevo embajador mexicano.
     Esas primeras dificultades serían, entretanto, superadas muy pronto ante la fascinación por el Brasil, su cultura y su gente. En un texto de 1942 titulado "El Brasil en una castaña", en el que sintetiza en forma admirable la historia y el alma brasileñas, Reyes describe, con la exuberante imaginación que le era propia, educada igualmente en las teogonías prehispánicas y occidentales, la génesis mítica de Brasil. Al enfatizar la importancia de la escala continental del país, como uno de los elementos determinantes de nuestra inserción en el mundo, Reyes singularizaba lo que, a mi modo de ver, es uno de los aspectos esenciales de la identidad internacional del Brasil. A esa vastedad continental, que nos da un papel en la tesitura del orden mundial, está asociado el dato geográfico de la América del Sur, que es nuestra circunstancia diplomática; la positiva y pacífica relación con nuestros múltiples vecinos; la experiencia de un "pueblo nuevo", fruto de la confluencia de variadas matrices y tradiciones, amalgamada por la unidad de la lengua portuguesa; el componente latinoamericano de nuestra identidad cultural; la relativa distancia de los focos de mayor tensión en el escenario internacional; el desafío del desarrollo y el imperativo de rescatar la deuda social, que es el pasivo de nuestra historia. Este conjunto de elementos nos caracteriza en el pluralismo del mundo.
     Poco a poco, Reyes fue reuniendo a su alrededor una pléyade de poetas, pensadores y hombres públicos. Una de las frecuentadoras contumaces de la Embajada Mexicana en la Rua das Laranjeiras era Cecilia Meireles. La autora del Romanceiro da Inconfidència admiraba el "equilibrio clásico" de Reyes, a quien describe como dueño de "una inquietud muy actual de ideas y de un tranquilo gusto por el pasado". Si es verdad que están presentes en toda su producción literaria y ensayística, en forma invariable, esas características, se hacen notar también en los oficios diplomáticos reunidos en la presente edición del Fondo de Cultura y la sre.
     En Esaú e Jacó, el narrador observa que "los buenos diplomáticos guardan el talento de saber todo lo que les dice un rostro callado, aun lo contrario […] Vocación de descubrir y encubrir. Toda la diplomacia está en estos dos verbos emparentados". Alfonso Reyes, que leyó a Machado de Assis, supo como pocos interpretar los silencios del presidente Getulio Vargas. Para Reyes, el comportamiento a veces taciturno de Getulio no era, como querían sus adversarios, síntoma de perplejidad o debilidad, sino una astucia reflexiva por medio de la cual, con insuperable talento político, preparaba el momento de la acción.
     En un momento marcado por la ascensión y consolidación de los regímenes totalitarios europeos, la capacidad de formular juicios diplomáticos precisos, o sea, de distinguir y diferenciar, puesta en evidencia por el retrato revelador que hace de Getulio Vargas, demuestra toda la sensibilidad y argucia de Alfonso Reyes. Como observa Octavio Paz, en un ensayo titulado "El jinete del aire: Alfonso Reyes" (1960), en una época de "discordia y uniformidad —las dos caras de la misma moneda— Reyes postula una voluntad de concertación, o sea, un orden que no excluya la singularidad de las partes".
     No me parece fuera de lugar conjeturar que Reyes había identificado en el temperamento brasileño esa capacidad de buscar la concordia no como concesión, sino —es Paz quien nos lo enseña— como "juego dinámico de los contrarios, concordancia del ser y del otro, reconciliación del movimiento y del reposo, coincidencia de la pasión y de la forma". Como fino diplomático y analista del alma humana, Reyes supo entender que la complejidad desafiante del carácter de Vargas exigía, más que el mero relato lineal de los hechos, una exégesis de su personalidad. El propio Vargas afirmaba en su Diario, publicado en 1995: "Me gusta más que me interpreten a explicarme yo mismo" (vol. ii, p. 209). Reyes lo interpretó y lo explicó.
     La fecha nacional mexicana se conmemora la noche del 15 al 16 de septiembre: una semana después, por lo tanto, de nuestra independencia. Al celebrar el "grito" mexicano, el 15 de septiembre de 1941, Alfonso Reyes, que había dejado el Brasil dos años antes, rendía un conmovedor homenaje al país en un texto intitulado "Salutación al Brasil", que fue leído en la Hora Nacional de la Radio. El breve texto se cierra con un saludo a los amigos brasileños que constituye un testimonio perenne de amistad y cariño:
      
     ¡Oh, vayan a nuestros hermanos del Brasil, distantes y cercanos —pueblo que es conservatorio de cordura y de cortesía, pueblo que nos reconcilia con la humana especie, en esta hora de pesadilla—, las palabras de un mexicano que tuvo la suerte de quemar, en su cálida frecuentación, algunos años de su vida!
     Obras completas, vol. ix, pp. 185-186.
      
     Ese sentimiento de admiración por el Brasil y su gente permanece, tanto en la atención meticulosa que dedica a entender una cultura diversa y una lengua de extrañas sonoridades —"una lengua casi transparente", afirmaba, haciendo eco de la frase de inicio de Visión de Anáhuac: "Viajero, has llegado a la región más transparente del aire"—, como en la curiosidad con que registra las costumbres y creencias locales. Al hablar, por ejemplo, de la estatua de Cuauhtémoc, que el gobierno mexicano obsequió a Río de Janeiro —y que aún hoy podemos encontrar cerca del sitial que le fue asignado originalmente, al final de la Playa del Flamenco—, Reyes comenta el modo en que la ciudad, "por generoso ministerio del gran Poeta Desconocido; es decir del pueblo", incorporó a su propia mitología, en una demostración de la natural vocación al sincretismo y al pluralismo que permea nuestra visión del mundo, la figura del Imperador Mexicano, en torno al cual los supersticiosos daban tres vueltas, con la cabeza descubierta, con la esperanza de que Cuauhtémoc realizara sus deseos.
     Aunque la costumbre haya caído en desuso, tanto como los sombreros, la publicación de Misión diplomática, en un momento en que el mundo vuelve a vivir "horas de pesadilla", es un presente más que el emperador Cuauhtémoc nos ofrece, por el cual podemos oír otra vez la voz única de Alfonso Reyes, el embajador de México en el Brasil. –Traducción de Valquiria Wey