¿Murió de tristeza Feliza Bursztyn?

Los nombres de Feliza

Juan Gabriel Vásquez

Alfaguara

Madrid, 2025, 288 pp.

AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

No creo en la empatía. Me cuesta trabajo pensar que nos podemos poner en los zapatos del otro. Creemos que podemos hacerlo, pero es una ilusión. Apenas podemos conocernos a nosotros mismos. Conócete a ti mismo, aconsejaba el aforismo inscrito en el templo de Delfos. Conócete a ti mismo como meta, como objetivo de vida. Si cuesta trabajo conocerse a uno mismo, mucho más difícil resulta conocer al prójimo. Sin embargo, eso es lo que Juan Gabriel Vásquez se propuso hacer en Los nombres de Feliza. Se acerca a Feliza Bursztyn, asedia a la escultora, a la mujer rebelde, a la madre, a la hija, a la amante. Quiere Vásquez descifrar una vida, quiere desentrañar el sentido de una frase. ¿Por qué Feliza Bureztyn murió de tristeza una noche de enero de 1982 en París a los 48 años?

Eso es lo que escribió Gabriel García Márquez sobre Feliza Bursztyn, que se murió de tristeza, porque estaba con ella esa noche en París mientras afuera caía la nieve. Una de las noches más frías en las últimas décadas. Feliza tomó asiento al lado de García Márquez, de Mercedes su esposa, de Pablo Leyva, esposo de Feliza, de Enrique Santos y de María Teresa Rubino. Fue al baño. Regresó muy seria. Sus manos apenas pudieron sostener la carta. Se le fue la sangre del rostro. La cabeza se le inclinó hacia la derecha. Y se desplomó en el suelo del restaurante. Llegaron pronto los paramédicos. Intentaron volverla a la vida, pero fue inútil: había muerto en París, ¿de tristeza? 

Feliza Bursztyn se había distinguido siempre por ser una mujer feliz. Siempre animosa. Entusiasmada con la vida. Tuvo problemas, como todos, pero siempre supo cómo enfrentarse a ellos para seguir de pie, disfrutando la vida, creando. Es autora de un conjunto de esculturas elaboradas con chatarra, con fierros viejos, con fragmentos de máquinas de escribir, con acero. Algunas esculturas de tamaño mediano y otras de gran formato. Esculturas que no intentan figurar cuerpos o formas discernibles. Esculturas que si algo muestran son estados de ánimo, exaltación, coraje, deseo. Incorporó Feliza en sus últimos trabajos (que pueden verse en internet) motores a sus figuras. Máquinas enormes que no producían otra cosa más que su propio movimiento. Máquinas de significado en rotación permanente. Grandes esculturas vinculadas a su entorno. Figuras que se vuelven expresivas en su contexto. Máquinas parlantes que dicen presencia, vida, movimiento, acción, fuerza, deseo. Juan Gabriel Vásquez no busca un significado en las esculturas de Feliza Bursztyn. Busca a Feliza. A Feliza llena siempre de vida que se murió de tristeza mientras nevaba una noche en París. 

Los nombres de Feliza es la novena novela de Juan Gabriel Vásquez, narrador colombiano. Hábil novelista en su manejo del tiempo. La novela transcurre en apenas diez días, desde que el esposo de Feliza, Pablo Leyva, se reúne con ella en París hasta la fatídica cena con el matrimonio García Márquez en la que muere, ¿de tristeza? Murió de un infarto. Juan Gabriel Vásquez sugiere que la mataron los gases de soldadura a los que se expuso durante muchos años para armar sus enormes estructuras de metal. No atravesaba al momento de su muerte una crisis que le hiciera estallar el corazón de tristeza. Tuvo que salir de Colombia debido al acoso policiaco, es cierto. Sus hijas, fruto de su primer matrimonio, vivían en Texas con su padre, también es cierto. Algunos años antes de su muerte, su amante, el poeta Jorge Gaytán Duran, murió al estrellarse su avión. Exilio, separación, muerte. Todo esto es cierto. Pero peores cosas había vivido y siempre la habían sacado adelante sus enormes ganas de vivir, de conocer personas, de crecer en paralelo a su crecimiento como artista. 

Murió de tristeza, escribió García Márquez. Pero quizá esta frase no fue sino una invención verbal afortunada del novelista colombiano. Una frase enigmática que envolvió de misterio la muerte de Feliza, que murió de un infarto, tal vez por los gases tóxicos que respiro por años. El encanto narrativo de García Márquez convirtió la crónica de la muerte de Feliza Bursztyn en un misterio. Esa frase la leyó el joven narrador colombiano recién llegado a París. Pasó el tiempo pero la frase –y su misterio– siguieron rondando en la mente y la imaginación de Vásquez. ¿Murió de tristeza la célebre escultora colombiana Feliza Bursztyn? “Veintiocho años pasaron entre el origen remoto de esta novela –el primer pequeño latido, como diría Nabokov– y su punto final”, escribe Vásquez en los “Agradecimientos” al final de su novela. Una frase quizá exagerada de García Márquez incubó el misterio necesario que fue lo que activó la imaginación literaria de Juan Gabriel Vásquez. De esa frase nació esta novela, la novena de su autor. 

Los nombres de Feliza es una novela sentimental sin por ello dejar de ser una novela que recupera la vida cultural en la Colombia de los años cincuenta (una sociedad conservadora y cerrada), de los sesenta (la cultura de izquierda que se abre camino en el contexto de la Guerra fría), de París en los sesenta (una intensa vida cultural, refugio de latinoamericanos y la intensidad del Mayo francés) y setenta. Los nombres de Feliza es la historia de una vida accidentada, la historia de una mujer insumisa que encuentra su destino en medio de una sociedad pacata, gracias a su talento, simpatía y coraje. 

Juan Gabriel Vásquez va armando con mano segura el rompecabezas de una vida. Todo lo cuenta el narrador, un tal Juan Gabriel Vásquez que llega a París queriendo ser escritor y ahí lee la frase misteriosa de García Márquez acerca de la mujer que se murió de tristeza, una frase que tardó veintiocho años en descifrar. ¿Lo consigue? ¿Se logra poner Juan Gabriel Vásquez en los zapatos de Feliza Bursztyn? ¿Logra empatizar con ella, comprenderla, conocer sus motivaciones? Tal vez no. No logra saber el autor qué fue lo que mató a Feliza aquella noche helada de París. No logró descender al fondo de su tristeza a pesar de que a lo largo de casi toda la noche va de la mano de Pablo Leyva, el segundo marido de Feliza. Pero en el camino para desentrañar el misterio de esa vida conocemos algo de la vida cultural colombiana (latinoamericana) de los años sesenta, las ilusiones que despertó la revolución cubana, la revolución estética que promovió en Colombia la crítica Marta Traba, los pintores, los poetas, los editores de revistas. Logra Vásquez el retrato de una generación esperanzada. No encontrará el lector una gran novela, compleja y ambigua. Tampoco el retrato crítico de las ilusiones revolucionarias de aquella época. Pero sí un retrato verosímil de una artista ejemplar. Una novela amena que busca comprender a una mujer muy compleja. Que intenta empatizar con ella. Con la mujer que murió de tristeza en París mientras caía implacablemente la nieve. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: