Ser alguien en medio del ruido

Caminos de la experiencia en la dimensión humana

Secondo Bongiovanni

Traducción por Federica Porcu

Ediciones Ibero

Ciudad de México, 2025,

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Entre manuales de mindfulness exprés, coaching motivacional y devocionarios de usar y tirar, la palabra “espiritualidad” se ha vuelto sospechosa. Frente a ese ruido, Secondo Bongiovanni, teólogo y filósofo jesuita, recupera una pregunta que toca el núcleo de la existencia: ¿qué significa realmente vivir una experiencia espiritual? Para él no se trata de un hecho verificable en un laboratorio ni de un acontecimiento demostrable mediante experimentos, sino de un acontecimiento radical en el que el ser humano se descubre “entregado a sí mismo”: no la ha pedido, no la controla, no la explica del todo y, aun así, allí encuentra su propia constitución como persona.

Esta pregunta fundamental es el hilo conductor de los siete estudios reunidos en Caminos de la experiencia en la dimensión humana . A través de ellos, Bongiovanni sostiene una tesis tan audaz como sugerente: la espiritualidad no es algo añadido a la vida, sino la profundidad misma de lo humano. En otras palabras, lejos de ser un suplemento destinado solo a místicos y especialistas de la religión, constituye la estructura básica que nos permite habitar el mundo, relacionarnos, confiar y construir sentido.

Bongiovanni insiste en que esta experiencia espiritual antecede a cualquier credo o práctica confesional. Esta perspectiva sitúa al libro en un lugar relevante dentro de los debates filosóficos y teológicos contemporáneos, ya que permite rescatar lo espiritual sin confundirlo con religiosidad institucional, al tiempo que evita reducirlo a estados psicológicos o meras construcciones culturales. Para el autor, lo espiritual y lo humano son coextensivos, por lo que no hay experiencia verdaderamente humana que no sea, al mismo tiempo, experiencia espiritual.

Uno de los desafíos centrales que el libro aborda es la fragmentación del sujeto moderno. En un mundo que oscila entre el cientificismo –que a menudo considera al ser humano como una cosa medible– y el dogmatismo –que puede olvidar la libertad y la singularidad personal–, Bongiovanni detecta una pérdida de cohesión interior y una dificultad creciente para articular nuestra identidad. Para responder a este problema, el autor teje un diálogo interdisciplinario en el que convergen la fenomenología, la hermenéutica y la teología fundamental.

Para pensar esta experiencia, Bongiovanni se apoya en unos interlocutores bien elegidos: Merleau-Ponty le recuerda que no pensamos desde la nube, sino desde un cuerpo; Ricoeur le presta el oído narrativo para escuchar las religiones; Marion le ofrece la palabra “saturación” para nombrar aquello que nos desborda; Arendt, por último, le da la idea de que ser libres es poder empezar de nuevo, incluso en medio del cansancio.

Junto a estos referentes filosóficos, el autor incorpora dos figuras y mitos que han modelado el imaginario occidental: Ulises como símbolo del retorno, el conocimiento y el viaje circular; y Abraham, figura del llamado, la promesa y la salida hacia lo desconocido. La identidad de Occidente, sugiere, se configura en la tensión entre ambos arquetipos. Somos simultáneamente búsqueda autónoma y apertura confiada, deseo de volver a casa y disposición a partir sin garantías.

En el corazón del libro se encuentra una distinción que recorre todo el argumento: la que separa, sin oponerlas, la experiencia espiritual de las experiencias religiosas. La primera es universal y originaria, la raíz más profunda desde la cual el ser humano se recibe a sí mismo y se abre al sentido; las segundas son expresiones culturales, históricamente situadas, que dan forma y lenguaje a esa experiencia fundamental.

Un concepto clave en esta reflexión es la confianza originaria. Antes de dudar, antes incluso de pensar, ya hemos confiado: confiamos al nacer, al respirar, al entregarnos a quienes nos cuidan. La confianza no es un sentimiento voluntario, sino una disposición básica que hace posible la vida en común, el lenguaje, las instituciones y el sentido. Sin esa actitud previa de apertura, sugiere Bongiovanni, la existencia humana corre el riesgo de atrofiarse.

En uno de los capítulos más contemporáneos, el autor se asoma a la cultura digital y su impacto en la experiencia humana. Advierte la emergencia de un nuevo tipo antropológico: el “hombre-dato”. Este sujeto ya no vive la experiencia desde el cuerpo, el riesgo o el encuentro, sino mediado por algoritmos que clasifican, anticipan y simplifican la realidad. El peligro que señala es profundo: la sustitución del deseo, apertura infinita hacia lo que no poseemos, por necesidades artificialmente generadas y rápidamente satisfechas.

El libro culmina con un análisis de la clásica “Sentencia de Hevenesi”, utilizada en la tradición jesuita: “Confía en Dios como si todo dependiera de Él, y actúa como si todo dependiera de ti”. Bongiovanni lee en esta fórmula la condensación de la paradoja existencial más profunda: la tensión entre la gracia y la libertad. La vida espiritual, entendida así, es la práctica constante de una libertad que se sabe recibida, vulnerable, pero nunca autosuficiente.

El lector encontrará en estas páginas una defensa argumentada de la espiritualidad como dimensión irreductible de lo humano, pero también una apuesta fuerte: leer las religiones desde la experiencia espiritual y no al revés. Esa inversión de perspectiva ilumina muchas derivas ideológicas del fenómeno religioso, aunque deja abierta una pregunta incómoda: ¿qué queda de la pretensión propia de cada tradición cuando se la somete a un patrón humanista común? El libro insinúa respuestas, pero prefiere moverse en el terreno seguro de la filosofía antes que entrar en el barro de las disputas teológicas.

Algo similar ocurre con el diagnóstico sobre la cultura digital. El “hombre-dato” está bien perfilado como tipo ideal y el lector reconoce enseguida la lógica algorítmica que domestica nuestro deseo, pero el análisis se detiene justo cuando podría tensar más la cuerda. Apenas se explora la ambivalencia de unas tecnologías que, además de colonizar nuestra atención, también abren espacios de memoria, búsqueda y encuentro que no encajan del todo en el esquema de pérdida espiritual. Ahí donde el libro se anima a dialogar con la tecnosfera contemporánea, uno desearía más riesgo empírico y menos prudencia conceptual.

Quien venga del mundo de la teología o la filosofía reconocerá aquí a un interlocutor exigente; quien llegue desde la experiencia creyente o desde la simple sospecha de que “tiene que haber algo más” encontrará categorías para pensar lo que le pasa cuando su vida se desborda de lo previsto. No es un libro amable en el sentido blando del término: incomoda, se detiene en matices, rehúye a la consigna y la frase para redes sociales. A cambio, ofrece algo que escasea en tiempos de recetas rápidas: una reflexión lenta y profunda sobre qué significa ser alguien en medio del ruido, de la fe cansada y de las notificaciones constantes. Bongiovanni no nos dice cómo vivir, pero consigue que la palabra “espiritualidad” deje de sonar vacía y recupere el peso de una pregunta que atraviesa la vida entera. ~


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