Adiós a Uribe

Dotado de una conciencia lúcida de la lengua, Álvaro Uribe fue un escritor que no buscó someter su talento a ningún propósito que no se rigiera por la exigencia del arte literario.
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Para Tedi, con un abrazo

Acaso sea una falta de elegancia, en el orden general de las cosas, quejarse del destino de esos escritores de mérito auténtico a quienes por una razón o por otra se les niega el reconocimiento en su tiempo de vida. ¿Importa de veras al despiadado mapa futuro de la literatura que ciertas obras de fuerza y peso hayan tenido muy escasa resonancia entre los coetáneos de quien las escribió? A la literatura de a de veras, a la literatura que, robusta, sobrevive a la inconstancia y mezquindad de su época, la carencia inicial de aplauso puede llegar a ser solo una nota al pie, si no es que la ratificación de que esas páginas, al no haber resonado en el apetito fútil de su tiempo, pertenecen de manera viva a todos los que vendrán.

Desconozco si Álvaro Uribe (1953-2022) haya manifestado algún enojo o disgusto o quizá desconcierto por eso mismo que a sus deslumbrados lectores sonaba letalmente a agravio: el novelista de El taller del tiempo (2004) y Los que no (2021), el ensayista de La otra mitad (1999) y La parte ideal (2006) no era citado de manera unánime como uno de los prosistas mayores de la lengua. Al contrario: varios galardones de México e Hispanoamérica se quedaron sin el lustre que les habría dado señalar en su momento las virtudes literarias de Uribe. Incluso, he de añadirlo con desazón: no era raro ver cómo, en las conversaciones de pasillo en una feria de libro o en un coctel, la mayoría de los presentes levantaba una ceja de incredulidad o desgana si un cofrade entusiasta de la secta de lectores de Uribe tejía sin más el elogio de algún cuento de La linterna de los muertos (1988) o de la novela Por su nombre (2001).

Aunque el quejarse parezca una falta de elegancia, ese poco aplauso nunca dejó de ser una injusticia, y el tiempo de Álvaro Uribe inicia ahora con su partida de este plano. Ya hablemos de narrativa o de ensayo, en Uribe hay siempre una conciencia lúcida de la lengua. Su prosa es transparente y dúctil, eufónica sin los aspavientos del rumor ni la rabia, con la limpidez racional de quien comercia solo en las comarcas precisas y aéreas del idioma. Esa destilada virtud de pulimiento es toda una clase de rigor literario y, por esa razón misma, su estilo parece no ansiar el menor protagonismo: su transparencia hace brillar entonces el ágil discurrir del ensayista por la obra de Borges o de Rulfo, o el sobrio flujo narrativo en que se nos cuentan las travesías y desventuras sentimentales de sus personajes.

Geminiano de los que no creen en nada, Álvaro Uribe no buscó tampoco someter su talento a ningún propósito que no se rigiera por la exigencia del arte literario. No hay en su prosa reivindicaciones oportunistas del credo correcto en boga, ni punzantes críticas a las bajezas cotidianas del poder político o el capital. Y, sin embargo, su obra estuvo hablándonos con firme audacia, pues el ámbito de Uribe no era la actualidad sino la existencia.

Salvo por su novela Expediente del atentado (2007) y la biografía Recordatorio de Federico Gamboa (2009), derivas de sus estudios detenidos en la obra del autor de Santa, la ficción de Uribe planta su imaginar en la vida de personajes varones que, en el último tercio del siglo XX e inicios del XXI, vivieron, sufrieron e hicieron sufrir a sus parejas o familiares las andanzas en el laberinto del amor que no logra aprender el idioma de la permanencia. Más aún: Uribe tuvo el arrojo de evitar las complacencias tópicas del varón heterosexual enamorado a quien su pasión reivindica, y a cambio dejó representaciones nada amables de lo que llamaríamos masculinidad tóxica.

Varios de sus personajes son, así, no solo torpes en la labor dura de entender sus emociones; también llegan a moldear su conducta hacia las notas de la agresión psicológica o física. Puesto que estas notas violentas conviven con muchas de otros acentos domésticos y cotidianos en la vida de personajes clasemedieros de cierta cultura libresca, no se vuelven nunca el tema central, sino que contribuyen a crear una ficción que ve la existencia humana como un orbe amplio y complejo en que las vísceras parecen mandar un poco más de lo que desearíamos.

Por eso, luego de leer una obra de ficción de Uribe, no sabe uno cómo reaccionar ante lo que siente: tiene uno la impresión de que ha convivido con personajes malévolos pero entrañables, desorientados pero genuinos, con una lumbre a veces violenta que los destruye tanto cuanto los ilumina; tiene uno la impresión de que se nos ha dado el privilegio de experimentar vicariamente la existencia de otredades grotescas pero –hay que aceptarlo– peligrosamente cercanas a lo que somos y hacemos. Ahora que me entero de la partida de Álvaro Uribe tampoco sé cómo resumir lo que siento: cálida, íntima gratitud por la escritura vital y generosa de un artista cuya merecida posteridad ahora comienza.

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