A Cristina Peri Rossi le creció un Cervantes

El premio Cervantes a la escritora uruguaya abre la puerta a que su obra sea valorada como se lo merece, por su sincronía literaria y vital en nuestra época.
AÑADIR A FAVORITOS

En el enorme poema “Mi casa es la escritura” (2006), Cristina Peri Rossi narra que está en un fluir constante, un ir y venir, en el que no le creció una planta, no le creció un perro. Solo, aclara, le crecen los años y los libros que deja “abandonados por cualquier parte para que otro, otra los lea sueñe con ellos”. Esos años, esos libros, ahora, le hicieron crecer un Cervantes.

Dicen que hay escritores, escritoras, que se atreven a ostentar temas, a hablar de ciertos asuntos que, por alguna razón, parecieran no tener cabida en el inmenso tesoro, grandilocuente casa, que es la escritura.

Y es que se trata de una escritura distinta. Es decir, no se trata de escribir, de dejar escrito, de hacer libros, textos, oraciones, versos memorables, donde se departa sobre tramas que provoquen la censura de la escritura del incesto, la homosexualidad, el aborto, el feminismo, el poco reconocimiento a una labor escritora, el exilio de una mujer, la dificultad de vivir de la literatura. No. Se trata de la obra, y no de unas cuantas ediciones. De un tiempo entero que acarrea y crea todo un estar en el mundo literario, de una morada insumisa, rebelde (hasta cuando mira), una obra grande, como el laberinto de Asterión o más. Así es la gigante trayectoria de Cristina Peri Rossi, quien acaba de ganar el premio Cervantes.

Nos estábamos refiriendo a una escritura distinta. Porque la escritura de Peri Rossi no son solo los asuntos espinosos, difíciles de leer, inadmisibles de dejar pasar, ineludibles de instaurar en la historia de la literatura (de toda, no solamente la escrita en español). La narrativa, la poesía, los ensayos de la escritora uruguaya no hay que mirarlos hacia un qué, sino hacia un cómo. Ahí está la trascendencia de quienes escriben y nos dejan sus libros, sus años.

Cristina Peri Rossi publicó su primer libro de cuentos en 1963, cuando tenía 22 años. El volumen se llama Viviendo y es una exquisita colección de relatos que se encontraban justo ahí, en la corriente fluvial literaria donde tenía que estar, que revelarse. Ese libro es tan difícil de conseguir como casi todos los de Peri Rossi.

Se asoma una anécdota en este escrito. Una estudiante viaja a Montevideo para poder desenterrar aquellas publicaciones de la escritora que le interesa revisar, conocer, admirarla más. Sin embargo, hay una sorpresa: ni siquiera en su ciudad natal existen esos libros de Peri Rossi que está buscando. Encuentra algunos en el mercado de pulgas uruguayo por excelencia, la denominada y archifamosa Feria de Tristán Narvaja. En sus calles emergen, como después de una inundación, juguetes viejos, vajillas usadas, curiosidades escudriñadas, libros. Brota, como los árboles, que Peri Rossi asegura que le salen a ella, su primera novela, la dejada de lado, pasada por alto, en pleno boom latinoamericano, El libro de mis primos (1968). En Uruguay, con el distinguido Juan Carlos Onetti –compañero de cafés de una Cristina veinteañera– a la cabeza de la medusa intelectual porteña, la joven escritora, ya promesa nacional, gana el Premio Marcha, con una novela que ofrece una casa con espacios designados, según los géneros, una cabal descripción de una casa latinoamericana que roza lo siniestro, una familia que se mecanografía desde un patriarcado atroz.

Entonces, nuestra escriba se lanza y traza los versos del repertorio único de poesías de amor entre mujeres, Evohé (1971). A esta altura, ya los tiempos se han puesto álgidos, terroríficos y funestos en Uruguay. Y que no se nos pase: Peri Rossi lo había ya ilustrado con una prosa impecable en Los museos abandonados (1968), donde las personas huían de la muerte, de esa muerte que estaba desapareciendo gente.

El mismo año que publica Evohé, a Peri Rossi le avisan que muy pronto irán a buscarla los militares para llevársela a donde ellos saben que podrán o harán al menos el intento de controlarla. Peri Rossi logra un pasaje en barco y huye. Es inminente, pues debe considerarse un recuerdo cristalizado y roto, por supuesto, punzante, fijo, contar que la escritora siempre trae el extraordinario dolor de tener que renunciar a sus libros y escapar.

Pasan algunos años, y la supervivencia se pone ruda en una España franquista que continuaba atrasándolo, quitándolo todo. A pesar de las barricadas de la censura que la perseguían, Peri Rossi escribe poemas, relatos, novelas. Traduce, habla en la radio española, vive como puede. El barco que la trajo al viejo mundo le hace crecer Descripción de un naufragio (1976), en donde se declara pertenecer “a un mar en fugitiva”. La expulsión de su país será siempre una de sus constantes literarias. La nave de los locos (1984), sin duda una de las mejores novelas escritas en español, narra dos historias contrapuestas, que zozobran entre el caos y el cosmos: un tapiz que se interpone corajudamente en la lectura y un tal X que ha sido desterrado, extrañado de su tierra.

Igualmente, la prosa enorme, certera, vehemente, surge al mismo tiempo que una poesía insuperable. Algunos títulos narrativos serán El museo de los esfuerzos inútiles (1983), Cosmoagonías (1988), conviviendo junto a la lírica que la ha posicionado como una de las mejores: Diáspora (1976), Lingüística general (1979), Europa después de la lluvia (1987). Este último libro es fundante para su literatura, o, mejor dicho, se torna contundente en su producción porque el arte, que ya había aparecido de manera protagónica en el tapiz de la creación en La nave de los locos, se redime aquí con versos inspirados en la inefable pintura de Max Ernst que tiene el mismo rótulo. Babel bárbara (1990) inaugura los años noventa, década que tendrá la fortuna de que a Peri Rossi le nazcan tres libros magníficos. Uno, lleno de ensayos tan cultos como voraces, donde el deseo ya es su variable provocadora, Fantasías eróticas (1991). Luego brilla Desastres íntimos (1997) por la forma que toma para discursear sobre machismos, lesbianismos y otras yerbas. Pero la prosa es lo que luce. El cómo más que el qué, un cómo que se abre en Las musas inquietantes (1999) y que pone, ahora, o nuevamente, a sus versos hablando, criticando, admirando su propio museo, hecho en paredes de papel que fluyen, a la vez que disertan sobre el deseo de no ser mujer, de no continuar la “presarosa saga” de la sumisión.

El 2003 se congratula con Estado de exilio, donde asevera que “Lo mejor es no nacer, / pero en caso de nacer, / lo mejor es no ser exiliado.” El desarraigo, la escritora ida vuelve como un deseo de no serlo. Mi casa es la escritura (2006), cuyos versos se pueden escuchar de la propia voz y cuerpo de Peri Rossi en YouTube, se asigna como una de las cumbres de sus palabras, cuestión que se ata esplendorosamente con Playstation (2009). Aquí se traza un poema impar, uno que tiene el mismo título que su libro de poemas de 2006: “Estado de exilio”. Estas estrofas se asemejan a las relaciones que hacían los juglares, que hoy en día se podrían llevar, sin ningún lugar a dudas, al cine (otro de las lúcidas imbricaciones en la literatura de Peri Rossi). Relata aquí la crónica de una traducción que hizo una presa en Texas del libro Estado de exilio. Nos avienta, como solo una escritora como ella puede hacerlo, que el acto poético había sucedido cuando una mujer blanca, que había sido encarcelada por ayudar a salir de la cárcel a una presa negra, había aprendido español para traducirla.

El impacto novelístico también se había vuelto una presencia magnífica: Solitario de amor (1988), La última noche de Dostoievski (1992), El amor es una droga dura (1999), todas narraciones que dialogan con el deseo de un modo visceral, poético, trágico, irreverente, feminista.

Recientemente, Peri Rossi publicó otros poemas, Las replicantes (2016) que se imprimen en su recepción, otra vez, como esa idea de casa, de escritura, de tránsito que crece, que le crece. Eso indica ella, igual que lo hace en las dos últimas novelas imposibles de no leer: Todo lo que no te pude decir (2017) y La insumisa (2020), donde se echa en una suerte de biografía construida por una Peri Rossi que escribe a sabiendas de que nos hagamos cargo de que tiene ganas (siempre) de que eviten etiquetarla, de que la salven de quedarse perpetuamente en la historia de la literatura en español y del mundo.

¿Por qué es relevante que le hayan dado el premio Cervantes a Cristina Peri Rossi? La respuesta es unánime: porque su cómo ha superado al qué, y ese cómo se manifiesta en una poiesis que ahora, y más que nunca y que siempre, hay que leer. Es forzoso grabar en piedra que ella es la sexta escritora, entre una cuarentena de escritores. Esta es una de las razones por las que es transcendental que haya ganado tremendo galardón.

Pero hay otro argumento aún mayor. Que al fin –o por lo menos, esa es la gran expectativa (la más coherente, frente a tanta frivolidad mercantil)– Cristina Peri Rossi sea leída, y para ello reeditada y, por consiguiente, valorada como se lo merece, por su sincronía literaria y vital en nuestra época, por darnos placer de literatura, sabor exquisito de la lengua, amor por la escritura, que, seguramente, para quienes están leyendo esto, también es su casa, nuestra casa. La obra de Cristina Peri Rossi es una de las casas más destacadas de la literatura en español. Para quienes no la han habitado, ya es hora de hacerlo; quienes la habitamos, sigamos allí felices, conociendo una parte fundamental de nuestra historia literaria relatada por una mujer que ha vivido, que vive, finalmente, de su escritura.

Pd. Hoy, en la plataforma de Amazon, se puede encontrar Evohé, antes censurado e inconseguible hasta hace muy poco tiempo, a un costo de 150 dólares. Años atrás, yo pude leerlo gracias a la generosidad de un profesor que había guardado algunos ejemplares antes de que los desaparecieran de Uruguay. Afortunadamente, ya no pasará lo mismo con la última recopilación de sus poemas, Detente, instante, eres tan bello (2021), que inaugura la primera publicación de Cristina Peri Rossi en Argentina…