Entrevista a Irene Pujadas: “Hoy entendemos el ‘conócete a ti mismo’ desde qué nos hace especiales. Es cansado”

‘La intrusa’ es una novela de aventuras y un viaje por las vísceras que es pura diversión. 
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La escritora Irene Pujadas (Sant Just Desvern, 1990) ganó el Premio Documenta con un libro de relatos, Los desperfectos (Hurtado & Ortega, tradujo Inga Pellisa). Su primera novela (Hurtado & Ortega, traducción de Rubén Martín Giráldez), La intrusa es un viaje al interior de la protagonista pero literalmente, sin metáfora: Diana se mete dentro de sí misma para tratar de averiguar qué desajuste tiene que todos le señalan. Es una novela de aventuras, un viaje, un viajazo, por las vísceras, que es pura diversión. 

¿De dónde surge la idea de la novela, esa interpretación literal del viaje interior? ¿Cuál fue el impulso? 

Lo primero que tuve claro fue la estructura de la novela: no sabía qué pasaría, pero la primera idea fue la del viaje interior literal. Me imaginaba una mujer que entraba en su cuerpo, viajaba por varios países y luego salía. Era una idea llena de posibilidades, un poco como un molde vacío. De dónde sale esta idea, no me acuerdo, supongo que de un cierto hartazgo con la idea del autoconocimiento y la literatura del yo, aunque tampoco me planteé la novela como una crítica abierta a estas cuestiones. Empezó un poco como un: ¿y si…? 

Es una novela de aventuras, con guiños a Los viajes de Gulliver o a Alicia en el país de las maravillas, ¿qué te atraía del género? 

La frescura, el movimiento, incluso el punto aparentemente ingenuo de las novelas de aventuras, ligadas en cierta forma a la lectura juvenil. Al mismo tiempo, Los viajes de Gulliver (o El viaje al mundo subterráneo de Nicolas Klim, que en su momento también disfruté mucho) son novelas en que los autores usan la imaginación y la fantasía (se inventan países, sociedades, paisajes) para hacer crítica social sobre sus propias sociedades, a menudo con dosis de inteligencia y sátira bastante altas. No es un género ingenuo. Y también me servía para alejarme un poco del presente: todo el tema de la cultura terapéutica y el autoconocimiento me parecía tan contemporáneo que utilizar la forma de una novela de aventuras servía para crear cierta distancia.

La novela está dividida en capítulos con títulos que resumen lo que va a suceder, ¿es una manera de decirle al lector que la trama no es lo importante? Así puede relajarse y disfrutar.

Totalmente, sí, es que no lo es. En cierto sentido es una novela “poco narrativa”, porque (¡spoiler!) la idea era que no hubiera una gran transformación o un gran aprendizaje al final del viaje. Si no toda la crítica a la autoayuda, la visión esencialista y hermética del yo y los viajes interiores se perdía del todo… En este sentido no cumple con la estructura de la narrativa (¡misterio + resolución final!). Parte del objetivo era hacer una novela interior sin aprendizaje, cosa que evidente e inevitablemente implica un cierto aprendizaje.

Lo que propone la novela es una posible interpretación del “trabájate” llevada al extremo, ¿es una burla a esa matraca sobre que nos cuidemos a nosotros y esa imposición de estar siempre bien? 

Sí, claramente, hay una cierta burla de esta visión totalmente higiénica del bienestar, aunque tampoco concebí la novela como una crítica a la cultura capitalista de la autoayuda y la autoexplotación –digamos que el punto de partida era hablar de esto y al mismo tiempo de los misterios del yo, de qué somos (!?), incluso de temas como la trascendencia o si tenemos algún tipo de “esencia”, el yo como mundo, etcétera!, y al mismo tiempo, crear una historia que pudiera tocar estos varios temas. Pero es una novela muy concebida desde el “fango” de este tipo de cultura, de la que claramente formo parte (yo también estoy en el fango). Y sí hay una crítica a la concepción actual del “conócete a ti mismo”, cuyo origen griego de hecho era mucho más colectivo, quería decir algo tipo “sitúate, conoce tu alrededor, de donde vienes”. Hoy en día este “conócete a ti mismo” lo entendemos muy desde la diferencia: ¿qué nos hace especiales? Es cansado.

Cada capítulo transcurre en una zona del interior de Diana, ¿hiciste un mapa del recorrido? ¿Te preocupaba ser rigurosa desde el punto de vista científico?

¡Sí que hice un mapa! Yo tengo clarísimo el recorrido y por qué partes del cuerpo viaja Diana. Al principio el tema del rigor científico sí que me preocupaba… Pero luego vi que el pacto de ficción ya era demasiado elevado (hay bares allí dentro) y que la capa de rigor científico se tenía que soltar un poco. De todas formas sí que estuve buscando fotos microscópicas del interior del cuerpo humano para construir los paisajes del adentro –tengo una carpeta llena de fotos microscópicas de los huesos (preciosos, muy delicados) o del intestino delgado (psicodélico).

Una de las cosas más chulas del libro es que liberas al lector de la explicación racional de cómo ha entrado Diana dentro de sí misma, no hay toda esa parte un poco aburridilla de la racionalización, ¡es como inventar un “condensador de fluzo”!

¡Gracias! Es que el objetivo realmente era que estuviera dentro, en el primer capítulo solo quería dejar claro que a Diana no le pasa nada grave (no hay ningún gran trauma a descubrir, estamos hablando de un malestar pequeño, doméstico, de estar vivo) y que es la gente la que la convence de entrar (la “cultura” de su alrededor). Luego aparecen unos parientes extravagantes y hay una naturalización total de la fantasía, nadie se pregunta cómo ha podido pasar. Las novelas con esta naturalización de premisas fantásticas me gustan muchísimo, recientemente leí El volumen del tiempo (I y II) de Solvej Balle, donde una mujer se queda atrapada en el día 18 de noviembre, se le repite día tras día. Ella lo acepta con cierto estupor y como lector también tienes que comprarlo, y a partir de aquí es como: ¿Y ahora qué? 

La peripecia de Diana incluye a Fidel, ayudante a la fuerza de la protagonista, ángel de la guardia encubierto, y componen así una curiosa pareja: es inevitable pensar en todas las parejas literarias caminantes o quietas, de Don Quijote y Sancho a Vladimir y Estragón, ¿los tenías en la cabeza? 

Sí, sobre todo a las parejas literarias de Beckett (Vladimir y Estragón, Mercier y Camier). Al principio no pensé que Diana tuviera que tener un acompañante, pero luego vi que era necesario incluso técnicamente: es muy difícil hacer avanzar a un personaje absolutamente solo. Entre Diana y Fidel hay una relación rarísima: él es un corporativista de su adentro, un burócrata entregado que lo sabe todo de ella; y ella a él no lo conoce de nada. Me interesaba mucho la extrañeza que se crea entre ellos dos, que es como la extrañeza que podemos sentir con nosotros mismos, y al mismo tiempo es la relación más redentora de la novela (¡espero!). 

Hay cosas que reconozco ya como de tu estilo, tu voz o tu gusto: una es el humor, que además transitas por varios tipos de humor; otro es el disfrute, por ejemplo, con la comida. En cuanto al humor, ¿lo buscas? 

Sí, creo que hay un punto que lo busco y un punto que me sale. Hay un equilibrio complicado en escribir escenas de humor pero no crear “bromitas”, no quedarse solamente en lo ocurrente o en la sátira distante: esto me preocupa. Pero sí, es un estilo que disfruto y que en realidad para mi está bastante emparentado con la tristeza, tiene doble filo. Pienso en Beckett, a mí hay libros suyos que me dan mucha risa pero al mismo tiempo me parecen profundamente tristes; pienso en toda la literatura del absurdo, que tiene la parte de la carcajada y la de la desesperación.  Este tipo de humor me interesa mucho.

Veo una conexión con el cuento “Los consejos” de Los desperfectos, tu primer libro, con el que ganaste el Premio Documenta. 

Total, ¡sí! El inicio de La intrusa, con todos los amigos y familiares convenciendo a Diana que no está bien, tiene mucho que ver con el cuento de “Los consejos”, donde amigos y familiares hacen cola para solucionarle la vida a la protagonista. En los dos casos hay la cuestión de la presión del grupo, de la sociedad, y el choque con un individuo que quizás operaría de otra forma si no hubiera tantos ojos mirando y juzgando. Supongo que pertenecer a veces es complicado. 


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