Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) es uno de los autores más prolíficos de la literatura contemporánea con casi treinta novelas escritas, nueve libros de relatos y doce libros de viajes, además de ensayos y colecciones de artículos. Una locuacidad escrita por lo que a menudo lo comparan con Stephen King o Philip Roth, aunque el registro de Theroux sea muy diferente. O los registros: desde sus primeras novelas ambientadas en África o novelas de acción (El arsenal familiar) hasta novelas intimistas o psicológicas (Chicago Loop), de ciencia ficción (O-Zone), casi distópicas (La costa de los mosquitos) y de realismo mágico (Millroy el mago), por no hablar, claro, de sus libros de viaje. El año pasado se cumplió el cincuenta aniversario de El gran bazar del ferrocarril, un clásico de la literatura de ese género. La entrevista con el escritor se desarrolla por correo electrónico. Tras la petición de la misma, el autor, que reside en Hawái, responde enseguida de manera favorable, pero aclara: “¿Puedo sugerir que lo hagamos por correo? Esto me supone más trabajo, pero me permite pensar con claridad”. Y así procedemos.
¿Dónde se encuentra en estos momentos, qué ve, de qué está rodeado?
Estoy en Hawái, en una casa situada en una colina en la costa norte de Oahu, con el océano Pacífico a lo lejos y, más cerca, en mi jardín, varios grupos de bambú, incluido el bambú negro (“lako” -atryphylacia) de Indonesia que planté hace treinta años. Escribo en una habitación que es un edificio separado de nuestra vivienda, donde mi esposa está leyendo en este momento. Me resulta imposible escribir en un edificio donde hay otra persona, o incluso un perro o un gato. Necesito estar aislado y que no me interrumpan. En esta habitación también hay máscaras africanas, mazas polinesias, cuencos hawaianos y otros objetos, incluido un enorme huevo del pájaro elefante gigante de Madagascar, que encontré en un pueblo de allí. También hay una pequeña biblioteca de referencia y recuerdos de mis vidas anteriores.
A la hora de escribir, ¿tiene alguna rutina específica, como escribir en el mismo lugar, a una hora determinada del día, solo unas pocas páginas al día, solo durante un tiempo determinado?
Voy a la habitación donde me encuentro ahora todos los días. Puede que un escritor no escriba todos los días, pero debe sentarse en silencio durante largos periodos de tiempo todos los días. He estado trabajando en un libro tras otro desde aproximadamente 1963. Así que nunca he estado sin un libro en proceso. Por la tarde, si hace sol, voy a una playa apartada, me siento en una silla plegable y escribo en un portapapeles. Ah, sí, siempre escribo mi primer borrador a mano y, cuando tengo un manuscrito, lo escribo a máquina yo mismo. Es un hábito que tengo desde 1963. Nunca he escrito un primer borrador en una máquina de escribir o en un ordenador. En mi opinión, es un método muy pobre, engañosamente rápido. Me gusta mi bolígrafo alemán Lamy y un bloc de papel blanco.
Un autor tan prolífico como usted, ¿de dónde saca las historias? ¿Le vienen de repente, de cosas que ha visto o le han contado, o elabora un plan determinado, como «esta vez voy a escribir una novela policíaca» o «voy a escribir sobre este o aquel tema en particular»?
Pedro Almodóvar dijo una vez, y estoy parafraseando, “cualquier escritura que no sea autobiográfica es plagio”, y estoy de acuerdo. Todas mis obras de ficción provienen de mi experiencia personal, incluidos los sueños. Mis libros de viajes —ahora son doce— provienen de mis viajes por el mundo en busca de experiencias, y puedo decir que el viaje y el libro más satisfactorios de este tipo fueron mi estancia en México: la mejor gente, los paisajes más espectaculares, la mejor comida, las mejores amistades y —algo poco habitual en mi experiencia— el deseo de volver.
Usted nació en 1941. Durante su adolescencia y juventud, en las décadas de 1940 y 1950, ¿cómo era la educación literaria en aquella época? Me refiero a qué autores leía usted o qué autores se leían en aquella época, en la escuela, el instituto y la universidad.
Mi primer deseo fue escapar de mi familia, de mi ciudad a las afueras de Boston. Al principio escapé a través de los libros y, al mismo tiempo, me convertí en excursionista y campista, solo para alejarme. Los libros que me gustaban siempre trataban sobre escapadas, viajes, viajes lejanos. Debo decir que odiaba las novelas burguesas, odiaba a Hemingway, odiaba la ficción convencional. Me atraían las narrativas rebeldes, satíricas y surrealistas, especialmente la obra de Nathanael West, Miss Lonelyhearts y El día de la langosta. Me encantaban los libros de Henry Miller, pero entonces eran difíciles de encontrar.
En una entrevista para The Guardian, en 2022, usted dijo: “Me convertí en escritor porque los escritores eran proscritos [en los años 60]. Eran hombres libres. Eran personas peligrosas”. Si hoy tuviera veinte años, ¿seguiría considerando a los escritores personas peligrosas?
¡Ja! ¡Muy peligrosas! ¿Te imaginas una universidad estadounidense enseñando Trópico de Cáncer, Lolita y muchos otros libros de ese tipo incluido Amor en el desierto, de Henri de Montherlant, un oficial francés en Marruecos que se enamora de una chica árabe de 14 años? O tomemos Huckleberry Finn, un clásico. Sólo por mencionar el título de la gran historia de Joseph Conrad El negro [en inglés nigger] del Narciso en cualquier contexto, un blanco puede ser despedido —oh, Dios mío, lo acabo de decir [se refiere a nigger]… Bueno, no tengo trabajo—. Y hay muchas otras palabras prohibidas ahora: “gitano” es la última en Estados Unidos. Decir fuck en 1959 sería motivo de una severa reprimenda o un despido, pero ahora se oye todo el tiempo. La censura de los años cincuenta me preparó para la censura —tanto de la izquierda como de la derecha— actual. Sí, los mejores escritores siguen siendo peligrosos y mal vistos y no ganan premios, pero en realidad me importa ―por citar a la gente de la televisión― un carajo.
En cuanto a las novelas clásicas, suele mencionar que una de sus favoritas de todos los tiempos es El corazón de las tinieblas, de Conrad. Lo que me interesa aquí es que usted describió esta novela como «visionaria». ¿En qué sentido?
El corazón de las tinieblas es un libro polémico y despreciado por muchas personas de mente estrecha por su descripción de los africanos. Yo creo que es una obra genial. Conrad dijo: “Antes de ir a África, yo era un simple animal”. Su novela es la máxima expresión de la explotación, la corrupción y el colonialismo, y este tipo de cosas ocurren todos los días. Recientemente, el Gobierno estadounidense invadió Venezuela, mató a venezolanos, capturó al presidente y lo llevó a rastras a Estados Unidos, sin ningún tipo de revuelo. Una de las expresiones que se repiten en El corazón de las tinieblas es la “invasión fantástica”… —y eso es todo, señoría—.
Un concepto clave en toda su obra, desde las novelas de ficción hasta los libros de viaje, es la “transformación”. En sus novelas, a los personajes les sucede algo que los lleva a un conflicto moral o a una lucha interna, por lo que tienen que actuar, se transforman y, en cierto modo, se convierten en otras personas. En sus viajes, creo que la idea es la misma: cuando el viajero regresa ya no es la misma persona. ¿Comparte esta idea?
Creo que lo que dice tiene validez. En mi opinión, mis personajes, normalmente hombres como yo, están aislados y se enfrentan a lo que parece un problema sin solución. En el transcurso de la narración se encuentra una solución, o a veces no se encuentra —por lo tanto, un mal final.
El año pasado se cumplió el 50 aniversario de su clásico El gran bazar del ferrocarril. Hasta entonces, había escrito siete novelas y una colección de relatos cortos, pero ningún libro de viajes. ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro? ¿Tenía en mente algún libro de viajes o algún escritor de viajes en particular?
La respuesta sencilla es que en 1973 no tenía dinero, ni ideas para una novela, y estaba algo desesperado. Estaba en Inglaterra, un país que me disgustaba enormemente, donde me sentía rechazado, como un extranjero. Miré un mapa y vi que podía coger un tren en Londres y, cambiando de tren, llegar a la frontera con Afganistán. Luego, coger un autobús hasta el paso de Khyber y allí un tren a Pakistán, India, Birmania o Ceilán (Sri Lanka), y seguir adelante, a pasos agigantados, hasta Japón. Después, un ferry a Vladivostok y seguir por Siberia hasta Moscú, Varsovia, Berlín, París y de vuelta a Londres. Se lo propuse a mi editor y, por primera vez en mi vida como escritor, me dieron un anticipo (7.500 dólares) y un contrato. Hice el viaje, un viaje muy duro, y volví a casa con un matrimonio roto y una deuda enorme. Pero escribí el libro, fue un éxito de ventas y todavía se sigue vendiendo. Y al final me fui de Londres y encontré el amor en otro lugar.
Una cosa que se ve claramente al leer sus libros de viajes es lo mucho que ha cambiado viajar en las últimas décadas. Hoy en día la gente viaja con tecnología (teléfonos móviles, ordenadores, GPS), el mundo se está volviendo cada vez más similar en todas partes, quizás más inseguro en algunas regiones del mundo (hoy no se podría repetir la misma ruta que hizo en Tren fantasma a la Estrella de Oriente). ¿Significa esto que los buenos años de viajar han quedado atrás?
El mundo está plagado de turistas y viajeros como hormigas sobre un mango magullado. Estoy de acuerdo con los chilangos que el año pasado abarrotaron las calles coreando “Gringos, váyanse a casa”. Once millones de turistas visitan Hawái, muchos más van a Italia y México. Tienen razón al gritar “¡Que os den!”. Pero acabo de viajar por Canadá, el vasto y vacío Canadá, y he terminado un libro de viajes sobre él, True North, que saldrá a la venta en septiembre. Todavía hay lugares por descubrir o redescubrir. Me gustaría volver a Malawi, donde fui profesor hace 63 años. He preguntado a numerosas revistas si les interesa. Ninguna está interesada. Malawi es el corazón de las tinieblas. Pero puedo pagarlo de mi bolsillo, así que sin duda iré.
Su nuevo libro de viajes por Canadá llegará en un momento en el que el país ha destacado su perfil internacional, en parte por toda la atención que recibe de Donald Trump.
He ido allí toda mi vida, porque mi abuelo era quebequense, y mi padre también lo era, en su corazón. Nuestro antepasado dejó su diminuto pueblo francés, Verdun-sur-Garonne, en Gascuña, en 1693, se unió a los marines, viajó por toda la Nueva Francia —estuvo muy pronto en Detroit— y se estableció en Yamaska, que está a aproximadamente una hora al sureste de Montreal. ¡Muchas familias Theroux siguen viviendo allí! Para mi libro hice viajes por carretera, desde Terranova hasta Vancouver, a lo largo de cinco años. Cuando Trump habló mal de Canadá el año pasado pensé: ¡este gilipollas me está haciendo la campaña de publicidad! Volví a Canadá el año pasado, todavía conduciendo mi coche, y terminé mi viaje cuando acabaron las elecciones.
Ha dicho que huyó de Estados Unidos en 1963 para irse a África [el autor se inscribió en los Peace Corps y acabó en Malawi] porque estaba enfadado con el país, que veía «insoportable». Si hoy tuviera 20 años, ¿tendría los mismos sentimientos hacia los Estados Unidos? Y si quisiera huir, ¿adónde iría hoy, también a África?
Los Estados Unidos de hoy están pasando por un período muy similar al que yo conocí en los años cincuenta y sesenta, en algunos aspectos mucho peor, con un presidente mucho más peligroso e irresponsable, un imbécil en potencia, alentado por presencias oscuras y motivado por la codicia y el poder. En los años sesenta hubo una gran resistencia en Estados Unidos. La resistencia actual es patética, las noticias son lamentables. El lado positivo es que la mayoría de las personas que votaron por esta administración están siendo gravemente perjudicadas por ella: los agricultores, los trabajadores de las fábricas, los trabajadores pobres, que esperaban un cambio. Creo que habrá un cambio de rumbo en tres años, pero el daño tardará muchos años en repararse y, por desgracia, México ha quedado con un daño duradero. Espero vivir lo suficiente para ver un cambio. Si fuera mucho más joven, sería un activista enfadado o huiría a otro país. Da la casualidad de que soy un escritor mayor que siente repugnancia por la estrechez de miras y el fascismo, y como testigo, siento perplejidad.
Cuando uno viaja mucho o vive mucho fuera de su país, muchas veces ocurre que esa persona acaba viendo su país como un extranjero. Usted mismo, además de los viajes, vivió fuera de los Estados Unidos desde 1963, cuando se marchó a Malawi, hasta 1990, después de haber vivido en África, Singapur y Londres.
Creo que ser extranjero es la condición de todos los escritores. Nací en Estados Unidos. Tengo 84 años. Me siento extranjero aquí y en todas partes.
Otra de sus obras clásicas, La costa de los mosquitos, sigue siendo muy actual hoy. El libro capta esa tentación de escapar de la civilización urbana, su consumismo, sus valores hipócritas. Un tema similar también aparece en otras novelas suyas como Millroy el mago. A veces pensamos que vivimos en un mundo muy particular en el que las cosas que suceden nunca antes habían sucedido, sin embargo, esas novelas suyas son de los años ochenta y noventa.
Los Estados Unidos desmoralizados y desesperados de la década de 1970 inspiraron a mi héroe de La costa de los mosquitos. Podría imaginar ahora fácilmente un libro similar escrito sobre alguien, especialmente una mujer, que decide huir de los Estados Unidos y buscar refugio en otro país. Es un libro que me inclino a escribir.
Si piensa en los escritores clásicos de Estados Unidos, ¿hay algún autor que deteste o considere sobrevalorado?
No me gusta Hemingway por su estilo y sus temas, creo que Steinbeck está sobrevalorado, creo que gran parte de Faulkner es pura palabrería. Me encanta Melville, y recientemente he releído Benito Cereno con mucho placer. He leído con placer quizás cincuenta libros de George Simenon, me gustan mucho las novelas de Sinclair Lewis. He leído Madame Bovary quince veces. He empezado a detestar la preciosidad y el virtuosismo de Nabokov. Pedro Páramo es probablemente el libro más sobrevalorado y sobreanalizado del mundo, en cualquier idioma. Me encantan las novelas de Jorge Ibargüengoitía. Al final, escribo las novelas que me gustaría leer.