El 5 de marzo de 1978, Severo Sarduy fue a los estudios de Radiotelevisión Española para entrevistarse con Joaquín Soler Serrano. Ya habían pasado por allí Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, y no tardaría en acudir Lydia Cabrera. Eran las caras, o casi todas las caras, de una literatura que empezaba a morir.
Soler Serrano se jactaba de haber cazado a todos los ases de la baraja neobarroca, menos a uno. “Jamás podremos tener”, dice en la presentación de su invitado, “a José Lezama Lima”. Sarduy sonríe con la mención. Es una sonrisa sincera. Se consideraba un heredero de Lezama y creía que sus libros no eran más que una nota al pie de la obra “galáctica y monumental del Maestro”.
“Soy un hombre que sabe que vive en la era Lezama”, contesta. “Lezama acaba de morir. Empezamos ahora a descubrir el continente Lezama. Empezamos a saber quién fue, su magnitud enorme y quizás, como el agua se confunde con el agua, un día no se sepa quién fue primero, si Lezama o Góngora”.
Han pasado casi cincuenta años de esa conversación y Lezama sigue en el olvido. Es difícil encontrar libros suyos en las librerías españolas. Habrá algún ejemplar deshojado de Paradiso, pero nada más. En Cuba no hace falta buscar, porque hace tiempo no lo editan (ni a él ni a nadie).
La primera biografía de José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976) ha tenido que ser publicada en España, y su aparición este invierno significa dos cosas. Primero, que el culto al viejo poeta hermético sigue activo y está listo para salir de las catacumbas. Segundo, que la literatura cubana no está muerta, o al menos no del todo, y todavía es capaz de producir una gran obra.
Ernesto Hernández Busto había adelantado algunos capítulos de José Lezama Lima: una biografía en varias revistas –entre ellas, Letras Libres– antes de que Pre-textos anunciara su publicación en tres tomos. El primero se ocupa de los Años de formación, infancia, juventud y enamoramientos; el segundo de los Años de fundación, que gravitan en torno a la revista Orígenes; y el tercero, de los Años de revolución, el relato de la pasión y muerte del poeta.
Nacido en 1910, asmático, órfico y homosexual (él y todos los poetas de la Revolución cubana, según Bolaño), no hay manera de entender a Lezama sin un estudio de su vida y sus lecturas. El problema es que su vida está mezclada con un baúl de mitos familiares, y sus lecturas fueron demasiadas y caóticas.
El de Hernández Busto fue por tanto un trabajo detectivesco: además de leer, tuvo que hablar con todos, sonsacar chismes y confrontar versiones. El libro consigna veinticinco conversaciones con amigos y familiares de Lezama, entre 1997 y 2024, y un largo inventario de deudas. Está la hermana del poeta, Eloísa, miembros del grupo Orígenes como Lorenzo García Vega y Ángel Gaztelu, y también Jorge Edwards y Carlos Monsiváis. Eran nombres que podían contar la historia de Lezama, pero también la de la Revolución cubana, o la de Castro y los intelectuales, que es lo mismo que contar un cuento de terror.
Como todos los intelectuales en 1959, Lezama saludó el ascenso de la revolución que luego acabaría con él. De joven, había participado en manifestaciones y se había negado a aceptar cualquier favor del dictador de turno. Era un orgullo que traía en la sangre: sus antepasados habían sido amigos de José Martí y vivido un tiempo como exiliados en la Florida. En su casa convivían descendientes de españoles y de insurgentes, un microcosmos de la joven república que nació en 1902.
Tres viajeros marcan en Lezama un “vínculo privilegiado con lo hispánico”: Lorca, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano. Al primero llega a conocerlo personalmente en La Habana, en 1930. Allí Lorca dicta varias conferencias, asiste a ceremonias yorubas y participa en la llamada “huelga de los teléfonos”, durante la dictadura de Gerardo Machado. “Qué revolución tan curiosa”, escribió. “Los gritos no son contra un rey o un mariscal. Es un clamor inverosímil este de ‘abajo los teléfonos’. Me voy a la calle a gritar también”.
Zambrano dijo de Lezama que “él era de La Habana como Santo Tomás era de Aquino y Sócrates de Atenas”. Fue ella quien lo situó en el centro de la “Cuba secreta”, un reino todavía más extraño e improbable que la Cuba real.
El encuentro de Lezama con Juan Ramón es más potente y de él queda un famoso “coloquio” donde ambos escritores discuten sobre los hombres y las islas. Hernández Busto acaba su primer libro con otra discusión, reconstruida o inventada por él, entre el Demócrito criollo y el Heráclito peninsular. “De qué se ríe usted, Lezama, si todo es tan triste”, pregunta Juan Ramón. Maledicente, Lezama le cuenta un chisme o un chiste, que en Cuba siempre son la misma cosa.
José Lezama Lima: una biografía vuelve a poner en la palestra la cultura cubana, que estaba tan acabada como la isla. Tras varias décadas perpetrando el asesinato de un país en cámara lenta, el castrismo no solo les quitó a los cubanos la libertad o la comida, sino también la memoria. Leer es una manera de recuperarla. El libro de Hernández Busto tardará en entrar a Cuba, casi seguro como material de contrabando. Cuando lo haga irá de mano en mano, será copiado, robado, causará enemistades y pasará a la clandestinidad. ¿Qué más puede pedir un escritor?