Nadar en el nadir

Nuestra personalidad verbal se manifiesta en el agua de manera física. Quizá en parte porque el medio nos es a la vez extraordinario y atávico.
AÑADIR A FAVORITOS

En la piscina abigarrada de nadadores furiosos los brazos saltan como peces voladores. Los miras a ras del agua, como un batiscafo asomado, y es bonito pero no se cabe. Se tarda en averiguar cuál es la mejor hora para ir, y en esa decisión se podría leer nuestra personalidad. Cuando es posible elegir la hora hay quien prefiere ir a nadar por la mañana, porque el baño le da la energía suficiente para afrontar el día con garbo. Si vas ya por la noche, cuando te has acostado sientes un cosquilleo delicioso en los músculos, como unas hormigas serviciales y retorcidas que te dan un masaje y te conducen al sueño liliputiense. O bien no confías tu bienestar a las respuestas de músculos y nervios y te basta con que no haya en la calle nadie más.

Yo quise ir a una hora en que tuviese la calle para mí sola, pero algo ha pasado que convierte en imposibles de predecir los movimientos de los conciudadanos, que o bien están en el paro o trabajan desde que sale el sol hasta el ocaso, y en ambos casos qué más da, si pueden escaparse a la piscina en cualquier momento. Era el último turno y aquello parecía la discoteca de los peces. En ambos casos ─piscina y discoteca─ los oídos se embotan.  

Esa noche no vienen las hormigas. Estoy desvelada y me viene a la cabeza bullente-embotada una teoría histórico-etimológica. ¿Será porque me asalta en el lugar preferido de la casa, que para mí a esa hora es donde estoy: el borde de la cama? Allí pienso en cómo lo que rodea nuestro sitio preferido es en realidad accesorio, así que gracias a la tinaja en la que vivía vuela hasta mi mente el cínico Diógenes, y con él su célebre escena con Alejandro Magno, cuando este le ofreció concederle cualquier cosa que quisiera; a este lado el hombre más grande de la tierra y a este otro lado el más tirado de los perros, que le pidió que no le tapase el sol. El del moño colorao.

Esa escena ha quedado como ejemplo de mil cosas importantes: de lo poco que necesitamos, de cómo lo más magnífico que hay es la propia dignidad por mucho que uno viva como un perro, de cómo solo el más admirado de los hombres es capaz de colocarse a la altura del más tirado, y de novecientas noventa y siete cosas más. Pero aquí es donde me viene la intuición nocturna y mía: si no será esa escena en realidad un precipitado de las palabras que se usaron. Cuando Diógenes le dice a Alejandro Magno que le está tapando el sol, ¿no será que le está hablando de su tamaño? ¿Como un poema que le dice eres tan grande que tapas hasta el sol? Y transmitida la imagen va mutando en anécdota en el curso de los siglos. “Me tapas el sol” es la locución que sustituye a magno, igual que leo, en un himno órfico a Hipnos, “las inquietudes del duro trajinar con el reposo calmas”. Y lo que leemos como chulería y desapego era circunloquio en realidad.

Otra tarde fui a los toros. Yo no tenía ni idea y lo primero que aprendí es que las entradas que teníamos, en la contrabarrera, eran muy buenas. Tiene que ver con la pendiente. También que solo los matadores pueden llevar adornos de oro. Me pareció a la vez solemne y bufo. Había un hombre que cantaba una especie de saetas cuando toreaba el suyo. A cada poco salía el picador de una puerta que teníamos a la derecha, como un cuco en un reloj suizo. Todos los picadores de todas las corridas son el cuco del reloj suizo, la hora empieza otra vez y tú a ver si la sacas más lustrosa. En eso, y en la distribución de los toreros y sus cuadrillas por la arena, vi algo muy mecánico, una cajita de música como de un cuento de Hoffmann. Cuando se acabó la corrida uno dijo desde arriba: “No he entendido nada de lo que ha querido hacer ninguno de los tres”. No había imaginado que se podía entender algo.

Nuestra personalidad verbal se manifiesta en el agua de manera física. Quizá en parte porque el medio nos es a la vez extraordinario y atávico. Cuando estoy sola en la calle nado a mis anchas, pero cuando hay alguien más, me doy cuenta, mi primera preocupación es no interrumpirle, cambiar el turno si voy demasiado lenta, no salirme de mi lado ─hasta el punto de que me choco con los corchos─. Supongo que lo hago en el resto de las cosas de mi vida y me digo que voy a poner atención. Hay una terapia que consiste en cambiar las actitudes cambiando la caligrafía, como haciendo el camino inverso. A lo mejor al cambiar la manera de nadar cambiamos también la manera de relacionarnos con los demás. Por la tarde en esta calle nadan Hoffmann, Kafka y Freud.

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: