¿Por qué no lo hizo David Uclés?

En 1983, Fernando Arrabal, símbolo del antifranquismo, fue a un acto de la CNT y exigió a los anarquistas que pidieran perdón por sus crímenes contra la Iglesia.
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Son muchos los grandes escritores que han ganado el Premio Nadal. El último ha sido David Uclés, cuya obra empieza a circular con reconocimiento dentro y fuera de España. Pero si hubiera que destacar a uno, no por actualidad sino por lo que representa, ese sería Fernando Arrabal.

Arrabal, a sus 94 años, es uno de los dramaturgos españoles más reconocidos del último siglo, creador de una de las últimas vanguardias, llamada Movimiento Pánico, y figura cercana a algunos de los nombres más visibles de la modernidad cultural, como Salvador Dalí, Andy Warhol, Allen Ginsberg, Luis Buñuel o Jim Morrison. Vivió durante muchos años el exilio en Francia por culpa de la dictadura franquista. Sufrió las consecuencias de la Guerra Civil española y de la dictadura que la sucedió.

Una de las búsquedas constantes en su obra fue la figura del padre, un militar republicano, teniente del Ejército, muerto o desaparecido en los primeros compases de la guerra, al que nunca pudo conocer. Algunos historiadores han señalado incluso que pudo haber sido el primer militar muerto de la Guerra Civil. En muchas de sus obras aparece ese intento de encuentro con el progenitor ausente. Ganó el Premio Nadal, como también lo ha ganado Uclés, obtuvo numerosos reconocimientos internacionales, como empieza a obtenerlos también Uclés, y su candidatura al Premio Cervantes se convirtió con los años en una especie de superstición, como lo fue la de Jorge Luis Borges con el Nobel. Arrabal nunca rehuyó la exposición pública y participó en tertulias televisivas y actos culturales donde defendía sus ideas sin atender al clima ni al auditorio.

Uclés, que empieza a transitar esos mismos espacios mediáticos y literarios, decidió esta vez no estar en el encuentro “La guerra que todos perdimos”, organizado por Arturo Pérez-Reverte y previsto para celebrarse entre el 2 y el 5 de febrero, al conocer que entre los asistentes estarían José María Aznar y el exdiputado de Vox Iván Espinosa de los Monteros, a diferencia de Arrabal, que nunca evitó el lugar incómodo, incluso entre quienes le consideraban de los suyos.

No contento con el exilio ni con el éxito internacional de su teatro absurdo y surrealista, Arrabal publicó en 1972 Carta al general Franco, un libro en el que condenaba la dictadura y afirmaba que Francisco Franco era la persona que más daño le había causado. En 1967 fue detenido y encarcelado durante varios días por blasfemia. En una feria del libro, a petición de un lector, escribió una dedicatoria que decía “me cago en Dios, en la Patria y en todo lo demás”. Bastó esa frase para que fuera arrestado ante los ojos atónitos de los intelectuales españoles y extranjeros, que redactaron un manifiesto para evitar que fuera juzgado. Entre ellos estaban Camilo José Cela, Vicente Aleixandre, Milan Kundera y muchos otros.

Con posterioridad, ya en un contexto democrático, fue invitado en múltiples ocasiones a tertulias televisivas, donde denunciaba los regímenes totalitarios vigentes sin distinción de signo. Quedó para la historia su afirmación de que el comunismo es el origen del mal porque crea una clase aristocrática, pronunciada ante actores cercanos al Partido Comunista, entre ellos Paco Rabal, que apenas podía comprender cómo el hombre que más había luchado contra la dictadura desde el arte criticaba ahora al comunismo. Arrabal figuró durante años entre los nombres vetados por el régimen, junto a Rafael Alberti y Dolores Ibárruri. Todas sus obras estuvieron prohibidas.

Pero su mayor lucha fue siempre con su propia verdad. Esa que obliga a mostrarse incluso ante un público que se presupone contrario o, lo que es más difícil, ante quienes se consideran amigos. Así lo hizo en 1983, en Barcelona, durante un acto anarquista de la CNT. Todos esperaban que el insurrecto Arrabal, símbolo del antifranquismo, pronunciara un alegato feroz contra el fascismo y los restos de lo que fue el nacionalcatolicismo. Sin embargo hizo lo contrario. Pidió a los anarquistas que pidieran perdón por los crímenes cometidos contra la Iglesia y los religiosos durante la Guerra Civil española. El revuelo fue enorme y se vio acompañado de declaraciones disparatadas sobre la aparición de la Virgen María. Pero el gesto tenía un sentido claro: provocar una reflexión sobre la violencia propia y romper con los relatos cómodos y sectarios.

Hoy ese gesto parece casi inconcebible. La decisión de Uclés provocó un gran revuelo, en muchos sectores de la derecha, que lo acusaron de ignorancia y sectarismo. También su negativa provocó críticas e incluso amenazas procedentes de la extrema izquierda, según ha afirmado la organización, que decidió posponer el acto para el mes de noviembre. Uclés celebró la cancelación en sus redes sociales, aunque después borró lo escrito.

¿Por qué no lo hizo David Uclés?

Podría haberlo hecho. Podría haber ido. Podría haber hablado. Quizá durante unos instantes la historia habría sido distinta. Tal vez habría sido “La guerra en la que ganábamos todos”, y no “La que todos perdimos”.


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