jaylo

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Me pregunto por dónde se empieza
cuando el poema hace su poema.
Y aclaro: yermo es yermo,
ninguna duda, ninguna luz,
ya ciegos los ojos a estas alturas,
ya roto el filtro natural de quién
si nadie va trenzando
ni un lazo verosímil de fantasmas
en esa franja mítica
que abre su ciclo de herrumbre
entre el pasto y la pala.
Aunque más allá, afuera,
en la pura hojarasca,
en el lote con su remolino de varas,
bien mirado,
un domo escarlata es mi anzuelo
y digo ¿recuerdas la falacia anterior,
una escaramuza en el lienzo
con la esquina vidente al dar la vuelta
hacia un borde dividido por la figura del mar,
tallos, címbalos, abejas de por medio,
un asta de harapos,
la pelusa de alguna nube?
O los dilemas simples:
el gallinero sin coartadas,
tan intrínseco,
el corral desprovisto de gracia,
los cacareos de un rastro
donde el meandro de plumas
circula en su propio aire
y es casi finito el dolor,
aunque se retrase el diluvio.
¿Has visto?
Cuánto flota ya,
cuánto se hunde hacia el alba
y adentro hacia el ruido,
mi paisaje de pasos:
un puente y detrás,
imagínalo:
la curva del agua cuando se fija
en el muro
con una mancha de sobra.
¿O esto?
Praderas, picos, espolones,
depende de qué invente
la intemperie a mediodía,
qué mezcla del sol-lirio, sol-paja
destinada a cierta brisa, a cierta hora;
tanta vida por tanto simulacro
en la esfera de antes
lastrada por el síntoma de una experiencia.

Pero vengo diciendo que sea por aquí:
donde el caballo nulo en la costilla
del hambre rasca su tierra;
donde la rata del reojo apuntala
una versión original de mi copia
borrosamente delineada
entre una astucia y otra;
donde un incendio tuerce madera
como piel de cerdo
cuando se enrosca en la lumbre goteando
alguna espesa modalidad del líquido.
Aunque donde y donde es falso.
Le toca al cerdo mismo,
especulo, ser pretexto,
el cerdo cerdo de jeta cilíndrica,
de alquería y hocico en diamantina,
imagínalo,
qué lo transmite hasta acá
cuando mis pies en puntillas
me inclinan por la reja
y un arco iris de aceite
se junta con la pezuña y algo ahí
predice una suerte mía quizá que tuve.

Imagínalo, óyelo, míralo,
depende:
por el camino improvisado
al margen del poema
la cabeza de ese animal meticuloso,
impropio, huraño,
que hiede a esencia con la pista de su sangre
en un fango de fuegos fatuos,
se eleva en busca de cualquier sentido,
un nombre, una textura,
un ritual de sinónimos en aquel declive.
Y nada, ninguna evidencia
por aquí o por allá,
pues ¿qué es esto?
Mira, oye: no lo conozco.
Pero tal vez si yo dijera,
especulando siempre, que hoy amo
sería más sencillo el comienzo
detrás de la raya con el prístino tiempo,
el tiempo enumerativo:
y entonces un trance de aridez
en el coto blanco,
siglo y no memoria,
en el monte sin nadie,
sería igual a un sentimiento,
y por un instante
al menos de eso se trataría. ~