Viaje en doble sentido

Un sentido no es qué se quiere decir, no es un mensaje o una misión que podemos cumplir o soslayar, sino una estructura como la de un cristal de nieve, una forma modélica y esencial que nos revela cómo va a ser, a escala, el tono de lo que llega.
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El cielo está plomizo. El sol aparece con un brillo metálico entre las nubes. Canta un cuco. Los árboles que veo por la ventana todavía no tienen hojas; igual de pelados debían de estar hace un año.

Hace un año íbamos en un coche para empezar a vaciar una casa familiar que se acababa de vender. El trayecto me lo sabía de memoria y a la vez procuraba fijarme mucho. El campo estaba cada vez más verde, a medida que nos acercábamos, y con más volumen. También las vacas que se lo comen van cambiando de aspecto a medida que avanzas. Las que más me gustan son las pelirrojas. Un truco entre muchos: echar la gasolina de veinte en veinte euros, como en el chiste, esta vez para evitar marcar el código con los dedos.

En los acontecimientos generales que afectan a todo el mundo podemos distinguir un sentido individual. Como una vaca más, a través de mi trozo de prado me estoy comiendo el prado entero. Quien tira de un punto cogido con dos dedos arrastra todo el mantel. La semana empezaba cerrando una casa y acabaría encerrándonos en otra. La primera, la que dejábamos, la construyó la abuela de mi bisabuela hace más de cien años; a la segunda, donde pasaría el confinamiento, aún tenía que acostumbrarme, porque no la había vivido mucho.

¿Qué podía querer decir la coincidencia de los dos hechos en el plazo de pocos días, con el hilo conductor de la casa? Final de un mundo, nacimiento de otro mundo. Signo de la casa, la protección, la construcción, el establecimiento.

Un sentido no es qué se quiere decir, no es un mensaje o una misión que podemos cumplir o soslayar, sino una estructura como la de un cristal de nieve, una forma modélica y esencial que nos revela cómo va a ser, a escala, el tono de lo que llega.

En 1907 no había luz eléctrica en el pueblo. La abuela de mi bisabuela escribió una carta a Edison para preguntarle cómo podían instalarla. No sé si Edison contestó. Volver de noche por el camino de grava entre los árboles daba cierta inquietud, aunque ahora ya llegaba la luz de la carretera y había un farol en la fachada, que arrojaba un halo triangular y le daba a la casa un aire de cuadro de Magritte. Lo que, por supuesto, habla con más elocuencia de las capacidades universalizantes del artista Magritte que de la casa en particular.

La casa recién vendida estaba helada. También me la sé de memoria, mejor aún que el trayecto. Hice algunos vídeos y tomé algunas notas de las cosas que me impresionaban y de las frases que decíamos. Entre otras cosas apunté que no era muy eficaz en el embalaje de los muebles, quizá porque lo interrumpía todo el rato para apuntar sensaciones como que la más inútil era yo.

Una imagen para entender algunas situaciones: cuando viajamos en el sentido de la marcha del tren, vemos cómo los árboles, las casas, los animales aparecen a lo lejos, se van haciendo más grandes, podemos prepararnos para verlos bien cuando lleguen a nuestra altura y ¡zas! desaparezcan de golpe. Cuando viajamos de espaldas lo repentino es la aparición, nada de lo que vamos a ver durante un buen rato nos lo esperábamos, y luego nos queda el espectáculo del alejamiento y el desvanecimiento graduales. Eso ilustra no solo algunas situaciones sino también algunas actitudes. Sensación de estar sentada enfrente de mí.

Reviso los vídeos. Son fragmentos muy cortos. No sirven para conservar una imagen de la casa. No es fácil registrar lo que se conoce de memoria: parece redundante y quizá por eso apago la cámara a los pocos segundos. Pero sí grabo más tiempo lo que se veía desde la casa. Unas urracas en las ramas de un árbol. Las urracas seguirán viniendo y esa vista futura la voy a perder. Yo grabando vistas que tengo en la memoria, yo inútil, reproduzco una sensación de espacio. Una casa es un espacio donde te mueves de una manera determinada y adquieres unos modos. Cuando estás en una casa grande, y en una casa que se expande hacia el jardín, se adquiere un modo particular de pasar el día. Estás en todas las partes a la vez, las conversaciones se quedan colgadas, tú te asomas a otro cuarto y hay otra gente y otra conversación. Ese deambular es el privilegio de la vacación.

Hay incluso una manera de bajarse del coche que es propia de cada casa. Dónde lo dejas, adónde miras al bajarte, una serie de gestos repetidos que no son tuyos sino del lugar.

Nunca pensé que la última salida de la casa fuese a toda prisa, volviendo, como todos los otros coches en la carretera, para encerrarnos en otras casas. La última frase que apunté en las notas es “Esto va a ser la hecatombe”.

El mundo gira y no espera, pero da una tonadilla para el camino.