Para Diego y Jime, que cantan “Space Oddity” conmigo.
No creo ser el único: recuerdo momentos de mi vida y los asocio con eras de David Bowie. Veo nevar por primera vez, en Nueva York; es el 9 de enero de 1997. Un día antes Bowie había cumplido 50 años y esa noche celebraba en el Madison Square Garden con una pléyade de estrellas, desde Lou Reed y Robert Smith, cantante de The Cure, hasta Sonic Youth y los Foo Fighters. Estoy con dos amigos y sus esposas, en el mosh pit; tengo 33 años. Pudimos ser héroes solo por un día.
Rewind de un cuarto de siglo, a 1975: estoy en el departamento familiar, antes de que los Flores emigraran a la suburbia mexiquense; tengo once años, oigo “Radio hits”. La era de “soul plástico” de Bowie me regala “Young Americans”, con delicioso sax de David Sanborn, y “Golden years”, un año después. Veo al cantante en la tele, en Alta tensión; a mis vecinas, las Villa, les intriga que lo acompañen bailarines (chicos, no chicas).
Fast forward: es 1983 y llevo un año en la universidad; Let’s dance, producido por Nile Rodgers, el bajista de Chic, es trancazo global. Bailamos a Bowie en las fiestas, le hacemos coros: no creemos en el amor moderno. El álbum pierde el Grammy frente a Thriller, de Michael Jackson. Es el cénit de popularidad y éxito comercial para el inglés, su ascenso indiscutible a la notoriedad mainstream.
La aparición de Black tie white noise (1993), su feliz álbum de nupcias con la modelo somalí Iman, me sorprende en Los Ángeles, durante mis estudios de posgrado. Apuntan algunos críticos que se trata de su mejor producción en años. Suscribo (antes de que fuera habitual “suscribir”).
Flashback: la mañana del 10 de enero de 2016 recibo un mensaje por WhatsApp de mi hermana Ale: “Se murió David Bowie.” Lo acompaña un emoticón que derrama una lágrima. Tengo 51 años, corbata al cuello y estoy a punto de irme a trabajar. Apenas dos días antes Bowie había publicado Blackstar, que luego entenderíamos como despedida, obra de rigor y encanto, salida triunfal. Lo escucho en mi trayecto a la oficina. Derramo más lágrimas que un emoticón.
A una década de su desaparición física, resulta relativamente innecesario abogar por la influencia, trascendencia y vigencia de David Robert Jones, quien nació el 8 de enero de 1947, de tal modo que hoy cumpliría 79 años. Icono popular, inconfundible personaje andrógino con el relámpago carmín y azul maquillado en el rostro (aunque esa sea una sola de sus personas, Aladdin Sane), Bowie parece tener un nicho a perpetuidad en el panteón de la música popular.
Tan fan como estudioso del fenómeno Bowie, he terminado por creer que, aunque liberador, el desafío en apariencia y las declaraciones de gayness de su era glam, a inicios de los 70, fueron más un ardid publicitario y un signo experimentación en consonancia con los tiempos que corrían, que genuina preferencia o estilo de vida. De hecho, jamás se asumió como vocero de las divergencias sexuales, aunque así lo hayan tomado muchas, muchos y muches hasta la fecha.
El pesado lugar común habla de un camaléon, pero Bowie no se camuflajeaba, no se obstinaba en confundirse y mimetizarse con el entorno; estaba muy atento a él, tomaba de aquí y de allá, aportaba lo suyo y más de una vez dio varios pasos hacia adelante antes que otros. Ahora bien, aquellos que lo endiosan como radical innovador tendrán que reflexionar si no fue en realidad una absorbente esponja y un hábil y sensible recreador que tomó de muchos: Little Richard, Jacques Brel, Marc Bolan y T. Rex, Lou Reed y The Velvet Underground, Iggy Pop y The Stooges, Kraftwerk, Scott Walker y Trent Reznor y Nine Inch Nails, entre otros. Tampoco hay que regatearle actitud de búsqueda, experimentación, incomodidad por permanecer en el mismo sitio y ser percibido como unidimensional o encasillable. Bowie fue artista caleidoscopio: folkie cósmico y sicodélico, cantante pop, hard rocker glam, bailarín soul y funkie, crooner, artista del ambient y la vanguardia, neorromántico. Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Thin White Duke. El inglés ejemplifica como pocos la ambición artística, la omnívora curiosidad cultural, la confluencia de múltiples intereses y lecturas y la gana de sintetizarlo todo y devolverlo al mundo a su manera.
Mis eras favoritas de Bowie son el periodo glam y hard rock con la complicidad decisiva del extraordinario guitarrista y arreglista Mick Ronson, la etapa que va de 1970 a 1973 y que incluye Pinups, precioso, potente y revelador álbum de covers; la otra es su etapa berlinesa, con Low (1977), “Heroes” (1977), Lodger (1979) y confiriéndole un nicho cariñoso a Scary monsters (and super creeps), de 1980.
Expuesto de otro modo, puedo atreverme a destacar los álbumes que a mi juicio son en verdad imprescindibles de Bowie, en orden cronológico: Hunky Dory (1971), The rise and fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars (1972), “Heroes”, Scary monsters (and super creeps), Let’s Dance (1983), 1. Outside. The Nathan Adler Diaries: A Hypercycle (1995), The Next Day (2013) y Blackstar (2016).
A la hora de compilar una playlist no me atrevería a omitir “Space Oddity”, “Changes”, “Life on Mars?”, “Five years”, “Suffragette city”, “Moonage daydream”, “Young Americans”, “Ashes to ashes”, “Fashion”, “Let’s dance”, “Under pressure”, “Hallo Spaceboy”, “Where are we now?” y “Lazarus”.
Por muchos excesos en los que haya incurrido –fiesta, ocio, diversión–, Bowie aprovechó con creces sus casi siete décadas de vida. Un ensayo de Steve Turner, de 1974, detalla la celosa autoconstrucción de su figura e imagen. Mimo, alumno del bailarín y coreógrafo Lindsay Kemp, actor de películas de Nicholas Roeg, Nagisa Ōshima, Tony Scott, Jim Henson, Martin Scorsese, David Lynch y Julian Schnabel, entre otros, es imposible disociar sus caracterizaciones como parte indisoluble de una figura multimedia. Dicho de otro modo, Bowie termina siendo un poco el extraterrestre de El hombre que cayó a la Tierra, el vampiro de El ansia, el estrafalario rey de los Goblins de Laberinto, el Poncio Pilato de La última tentación de Cristo y el Andy Warhol de Basquiat.
Musicalmente fue una fuerza poderosa en múltiples direcciones. Reanimó decisivamente las carreras de Lou Reed e Iggy Pop, otros dos santones del universo rockero, con álbumes que se cuentan entre los mejores de la producción de ambas figuras y de la historia del género (Transformer, 1972, y Lust for life, 1977). Tuvo, además, el gusto de aproximarse y colaborar con algunos de los mejores músicos de su generación, desde el ya mencionado Mick Ronson, hasta Robert Fripp, Brian Eno, Rick Wakeman, Carlos Alomar, Stevie Ray Vaughan, Mike Garson y Reeves Gabrels, entre otros. En un momento dado, hasta depuso el protagonismo del front man y la marca del artista consagrado y armó una banda, Tin Machine, con espíritu indie, punk y postpunk, directo, más trabajo en equipo y menos halo de estrella.
Hoy, a la distancia de diez años, resulta fácil decirlo: Bowie es un ejemplo de creador en cambio y búsqueda constantes. Y aquí es justo recordar el nadir creativo de Never let me down (1987), con el que, vaya paradoja, nos decepcionó: un Bowie encandilado por el éxito, la popularidad, las exigencias del mercado y las adicciones, resbala hacia su punto más bajo.
La gira de Earthling (1987), el álbum con el que Bowie coqueteó con el jungle y el drum and bass, lo trajo a México, el 23 de octubre en el otrora Foro Sol. Versionó dos canciones de The Velvet Underground (“I’m waiting for the man” y “White light/White heat”) y una de Laurie Anderson (“O Superman”, en la voz de Gail Ann Dorsey, su bajista). Nos quedó a deber “Heroes”, que yo quería escuchar en mi tierra chilanga, aunque ya la había coreado a principios del año en Nueva York, en su concierto de 50 aniversario. Está por revelarse a qué se dedicó Bowie en el periodo que va de Reality (2003) y The next day (2013), una larga década de silencio musical. No es difícil especular que a la crianza de su hija (Alexandria Zahra, “Lexi”), a la pintura, a múltiples lecturas y a atender las sucias lecciones del corazón (en 2004 se sometió a una angioplastia de emergencia).
Su regreso discográfico, en 2013, con The next day, nos obsequió una fina elegía de sus años en Berlín: “Where are we now?” El crooner elegante, que ya no necesita demostrarle nada a nadie, se acurruca en la nostalgia de calles y comercios de la capital alemana, dando a luz una pieza clásica instantánea.
Su último álbum, Blackstar, se lee como carta de despedida, pero es –obra, después de todo, de un esteta meticuloso– otro admirable ejercicio de estilo, el final. Saxofonista desde joven, amante del R&B, el soul, el funk y el jazz, Bowie se reúne con Donny McCaslin y otros jazzistas de su círculo y, con la ayuda de su viejo amigo y productor Tony Visconti, esculpe la mejor de las despedidas posibles, una puesta en escena de lo que representa dejar este mundo tras haber reinado en él.
Ha transcurrido una década. Hemos atestiguado una pandemia, el arribo de gobiernos autoritarios de uno u otro signo, guerras en Europa y Medio Oriente, sudamos día con día el calentamiento global. ¿Y Bowie? En la iconografía popular, en sudaderas y camisetas, en plataformas digitales, en relanzamientos y reediciones de su música, en documentales sobre los últimos años de su vida, en más bibliografía, en exposiciones fotográficas, en tributos en directo con sus mejores canciones. Calcemos nuestros zapatos rojos y bailemos el blues. Ashes to ashes, funk to funky, David Bowie sigue entre nosotros. ~