Comunicado humillante

Los políticos que, como Trump, confundieron la ambición con el destino empujaron a Estados Unidos a la guerra con México. Lo que Trump celebra como una “victoria legendaria” fue un conflicto sangriento.
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En un acto sin precedentes en la historia contemporánea de nuestros países, el 2 de febrero la Casa Blanca emitió un comunicado en el que “conmemora el 178º aniversario del triunfo de nuestra nación en la Guerra México-Estadounidense”, celebrándolo como “una victoria legendaria”. Más allá de la humillación –que hubiera merecido una respuesta del gobierno mexicano– el texto contiene errores sustanciales.

Los políticos que –como Trump– confundieron la ambición con el destino empujaron a Estados Unidos a esa guerra. La alegada “reafirmación de la soberanía estadounidense” no fue otra cosa que la violación de la soberanía mexicana. El pretexto (la supuesta emboscada mexicana a tropas estadounidenses en una franja territorial en disputa) se vuelve mínimo cuando el propio comunicado reconoce que desde 1812 a los estadounidenses los guiaba “la firme convicción de que nuestra nación estaba destinada por la divina providencia a expandirse hasta las doradas costas del océano Pacífico”. En esas condiciones, cualquier incidente habría conducido al mismo desenlace. La larga tradición del expansionismo estadounidense, el frenesí casi religioso del Destino Manifiesto y la presión de los intereses del Sur por ampliar el número de estados esclavistas opacan cualquier relato sobre un “belicoso México” como causante de la guerra. La conclusión es simple: México se había negado desde su independencia a perder o vender territorio y el resultado fue la guerra.

Desde el principio surgieron otras voces disidentes. El senador Abraham Lincoln exigió explicaciones que le provocaron insultos. El expresidente John Quincy Adams veía la guerra como un complot de los esclavistas para dominar el Congreso. Zachary Taylor (a quien el comunicado de la Casa Blanca llama “titán”) pensaba que “la anexión es insidiosa como política y perversa como hecho”.

La guerra no fue el paseo militar que sugiere el comunicado, sino un conflicto sangriento. Abundaron violaciones, saqueos y asesinatos cuyas víctimas “comúnmente eran indios pobres o castas”. En el norte de México ocurrió esta escena, perpetrada por voluntarios de Arkansas:

La cueva estaba llena de voluntarios, que gritaban como locos, mientras que en el suelo pedregoso yacían más de veinte mexicanos, moribundos y muertos en charcos de sangre, mientras que las mujeres y los niños se abrazaban a las rodillas de los asesinos e imploraban piedad […] Casi treinta mexicanos yacían masacrados en el piso, casi todos con la cabellera arrancada. Las grietas de las piedras se llenaban de sangre que se iba coagulando.

Winfield Scott (otro de aquellos “titanes”) reconoció en enero de 1847: “Nuestros militares y voluntarios –si solo una décima parte de lo que se dice es cierto– han cometido atrocidades y horrores en México, suficientes como para hacer llorar al cielo y avergonzar a todo americano, de moral cristiana. Asesinatos, robos y violaciones de madres e hijas en presencia de esposos y padres se han vuelto un suceso común a lo largo del Río Grande.”

El capitán Sydenham Moore calculó más de seiscientos civiles muertos en Veracruz, “entre ellos, lamento decir, hay muchas mujeres y niños”. Robert E. Lee, que participó en la guerra como lo hicieron Grant, Sherman y Jackson, escribió a su esposa: “Mi corazón sangra por los habitantes.”

 “Los Estados Unidos capturaron heroicamente la ciudad de México en septiembre de 1847”, sostiene el documento. La heroicidad no correspondió a los ocupantes de la ciudad, sino a sus defensores: la resistencia de los jóvenes cadetes del Colegio Militar de Chapultepec, el sacrificio del Batallón de San Blas, y la rebelión popular contra las tropas invasoras, que a pedradas desafió al enemigo hasta que Winfield Scott amenazó con destruir la capital.

Ulysses Grant escribió en 1879: “No creo que haya habido una guerra más perversa que la que emprendió Estados Unidos contra México. Lo creía entonces, cuando era solo un joven, pero no tuve el suficiente valor moral para renunciar”.

En la guerra entre Estados Unidos y México murió quizá uno de cada doscientos mexicanos. El lado estadounidense participaron cerca de 86,000 soldados, de los que murieron 13,768. Dada la población de Estados Unidos, fue la tasa de mortandad más alta de su historia en una guerra exterior.

Quizá la Casa Blanca, hoy tan fiel creyente en la doctrina del Destino Manifiesto, debería recordarlo. Los imperios que se creen instrumentos de la providencia suelen acabar siendo víctimas de su propia soberbia. ~


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