La marcha no resolvió nada, pero dejó algo en evidencia: la gente ya siente lo que todavía no sabe nombrar. No era una concentración ordenada ni homogénea: jóvenes decepcionados, víctimas cansadas, familias completas, profesionistas que antes creyeron en el gobierno y otros que nunca lo hicieron. Cada uno llevó su causa en el cuerpo, pero lo que los reunió no estaba escrito en las pancartas: un presentimiento de que algo en la vida pública dejó de estar equilibrado.
Lo sorprendente no fue la cantidad de personas, sino la pluralidad del malestar. No era una marcha de una facción o de un sector ideológico. Era una suma de heridas: inseguridad, desapariciones, corrupción, incertidumbre económica, abuso de poder. Un país diverso que, sin decirlo, empezó a intuir que las reglas del juego cambiaron. Y esa intuición abre una pregunta más profunda que la coyuntura: ¿y si la democracia, tal cual la idealizamos, ya no existe? Lo del domingo 15 de noviembre es un síntoma claro.
Los datos confirman que no somos un país indiferente. Según la encuesta Esperanzas y Temores (Lexia, enero 2025), 65% de los mexicanos considera peor que se acabe la democracia que perder los apoyos del gobierno. Es un dato contundente, casi contraintuitivo. Pero genera una paradoja: valoramos la democracia, pero no reconocemos su deterioro cuando ocurre frente a nosotros.
La explicación está en la naturaleza misma de la erosión democrática. No llega como una ruptura; llega como modificaciones graduales que alteran la sustancia del régimen. Es un proceso de cambio –de la democracia hacia formas autoritarias– que ocurre desde dentro y con apariencia de normalidad. No empieza con un golpe ni con una ruptura jurídica abierta; empieza con un presidente electo que introduce reformas que inclinan el terreno electoral, debilitan contrapesos y transforman instituciones sin desaparecerlas.
Las elecciones continúan, pero ya no bajo condiciones parejas. Los poderes existen, pero ya no equilibran. La Constitución sigue ahí, pero su operación cambia. La mayoría no lo percibe como proceso político, sino como malestares cotidianos. La erosión se siente antes de comprenderse.
El contexto internacional ayuda. En 2023, la OCDE registró que solo 39% confiaba en su gobierno y apenas 41% creía que las decisiones se tomaban con base en evidencia; la confianza en medios era igual de baja. Cuando la ciudadanía deja de confiar en quienes deben interpretar y equilibrar, la democracia pierde algo esencial: sus mediaciones. Y es sobre esa desconfianza donde el populismo resulta más eficaz.
La politóloga Nadia Urbinati ayuda a explicar esta confusión. Sostiene que el populismo no es una ideología, sino una deformación interna de la democracia. No viene a destruirla; viene a reinterpretarla. Su esencia no está en lo que dice, sino en lo que altera: la representación. La democracia funciona porque mantiene una separación entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, y porque existen mediaciones –parlamento, jueces, prensa, órganos autónomos– que procesan el conflicto.
El populismo borra esa separación. Afirma que el pueblo es uno solo y que esa voz se encarna en un liderazgo singular. Ese líder no representa: se coloca en el lugar del pueblo. Para sostener esa identificación, necesita un antagonismo permanente: los “otros”, los enemigos del proyecto. Las demandas diversas –seguridad, justicia, bienestar– se unifican mediante una narrativa moral que convierte el conflicto político en lealtad.
Y para que funcione, el populismo requiere algo más: una comunicación que no informa, sino modula. Urbinati la describe casi como un ritual. No busca que la gente entienda, sino que repita. No convoca a la deliberación, sino a la adhesión. Como en una letanía, el ciudadano no corrige al sacerdote: comulga con él.
Cuando esto ocurre, el deterioro puede avanzar sin alarma social. La población siente los efectos –incertidumbre, abandono, arbitrariedad– sin asociarlos al deterioro del régimen. Por eso seguimos escuchando “así es México”, “siempre ha habido corrupción”, “no es político, es social”. Son intentos de explicar lo que en el fondo es otra cosa: las primeras señales de un poder sin contrapesos.
Y conviene decirlo con claridad: no existe algo como una “democracia populista”. El populismo puede operar un tiempo dentro de la democracia, pero solo mientras encuentra contenciones. Cuando estas desaparecen –cuando el Ejecutivo se vuelve juez de sus propios límites– el régimen ya no es democrático, aunque conserve elecciones. Lo que sigue no es una variante de la democracia, sino una forma encubierta de autoritarismo. La población no cree estar caminando hacia allá, porque no lo vive como un cambio de régimen; lo vive como golpes cotidianos de una nueva forma de gobernar.
México muestra señales claras de esa deriva: la fabricación de una mayoría calificada que no salió de las urnas; la subordinación del Poder Judicial; la reducción del amparo; la captura de órganos autónomos; la idea de que el Ejecutivo es “la voz del pueblo”; la narrativa que equipara crítica con traición. Ninguno define por sí solo un cambio de régimen, pero juntos revelan una arquitectura en transformación.
Y lo decisivo ocurre en la calle. Cuando una sociedad deja de sentir que la ley protege; cuando la justicia parece un privilegio; cuando el miedo se vuelve rutina; cuando la corrupción deja de escandalizar; cuando se normaliza que las decisiones se concentren arriba. Entonces la erosión ya no es análisis: es un hecho social.
Por eso la marcha importa. No porque cambie el rumbo, sino porque expuso el deterioro desde abajo, antes de que el país se atreva a nombrarlo desde arriba. Ese mosaico –tan distinto, tan mezclado– mostró que vivimos una pluralidad de dolores que apuntan hacia la misma fractura: los equilibrios se rompieron y la ciudadanía ya paga el costo.
La erosión democrática no es destino; es proceso. Y puede detenerse si se reconoce a tiempo. Lo que está en juego no es un gobierno: es el régimen de libertades en un país que lo valora, pero no reconoce que ya vive su deterioro.
La democracia no se recupera con nostalgia ni consignas. Se recupera entendiendo que su fuerza está en los límites, no en los liderazgos; en la pluralidad, no en la unanimidad; en la vigilancia ciudadana, no en la fe política. La marcha recordó que la democracia importa. Lo que sigue es ver por qué está en riesgo. ~