Macron lleva ya dos quinquenios en el poder y durante su presidencia se ha recurrido como nunca en la Quinta República al llamado artículo 49.3 de la Constitución francesa, que permite al Ejecutivo aprobar determinadas leyes sin someterlas a una votación ordinaria en la Asamblea Nacional.
En principio, se trata de un mecanismo excepcional, pensado para situaciones en las que el Ejecutivo necesita actuar con rapidez y evitar un bloqueo parlamentario. Sin embargo, los primeros ministros de Macron lo han utilizado en 24 ocasiones, incluso para reformas que normalmente deberían ser objeto de un amplio debate legislativo, como las relativas a la seguridad social o a los presupuestos nacionales, especialmente cuando implican recortes severos. Esto no es una mera anécdota institucional. Es también un síntoma de una manera de gobernar.
El macronismo ha estado marcado por una élite tecnocrática formada, en buena medida, en las grandes escuelas francesas, como la célebre ENA, con una fuerte confianza en su propia capacidad para diagnosticar los problemas económicos y sociales del país. Sus críticos sostienen que esa élite se ha vuelto cada vez más distante de la Francia real, de la Francia profunda, de quienes viven lejos de París y padecen directamente el deterioro de los servicios públicos y el aumento del costo de vida.
Macron ha preferido con frecuencia imponer sus reformas desde arriba antes que construir consensos políticos duraderos. El ejemplo más dramático llegó en 2024.
Después del duro revés sufrido por su partido frente a la extrema derecha de Marine Le Pen en las elecciones europeas, Macron tomó una decisión que nadie le obligaba a tomar: disolvió la Asamblea Nacional.
Su cálculo era claro. Convocar nuevas elecciones legislativas y recuperar una mayoría que le permitiera gobernar con mayor comodidad. Pero ocurrió exactamente lo contrario: el macronismo perdió las legislativas y la mayor fuerza relativa surgida de las urnas fue la izquierda.
A pesar de ello, Macron –a quien sus críticos llaman desde hace años “Júpiter” por su manera vertical de ejercer el poder– decidió entregar la conducción del gobierno a la derecha. La apuesta consistió, en buena medida, en girar hacia posiciones más conservadoras con la esperanza de quitarle terreno político al lepenismo. La lógica era apropiarse de parte de su agenda para impedir su avance. Pero el resultado ha sido el contrario: lejos de debilitarse, la extrema derecha se ha fortalecido.
Mientras tanto, amplios sectores de la sociedad francesa describen una realidad marcada por el deterioro de los servicios públicos: hospitales desbordados, escuelas en malas condiciones, profesores que no son reemplazados cuando se jubilan, maternidades y escuelas rurales que cierran, pérdida de poder adquisitivo entre las clases medias y una sensación creciente de precariedad.
A eso se suma el desempleo entre los jóvenes y, sobre todo, una percepción cada vez más extendida: la de un país gobernado por élites que no conocen suficientemente la vida cotidiana de buena parte de sus ciudadanos. Ese malestar tiene consecuencias políticas.
El auge de la extrema derecha de Marine Le Pen no puede explicarse únicamente por la inmigración o la identidad. También se alimenta de una sensación de abandono, de deterioro material y de distancia entre gobernantes y gobernados.
En ese sentido, Francia parece confirmar una vieja regla política: un gobierno que no logra dialogar, que reforma desde arriba y que reduce derechos o servicios sociales mediante mecanismos percibidos como autoritarios termina alimentando el descontento. Y en Francia ese descontento tiene una larga tradición de expresarse en la calle.
Cuando un gobierno adopta parte del lenguaje o de las políticas de la extrema derecha creyendo que así le quitará votos, corre el riesgo de hacer exactamente lo contrario: legitimar sus temas, normalizar su agenda y preparar el terreno para su victoria. Marine Le Pen lleva años repitiendo una frase muy eficaz: si los electores quieren esas políticas, ¿por qué habrían de elegir la copia cuando pueden votar por el original? Hasta ahora, esa estrategia le ha funcionado.
Macron llegó al poder presentándose como el muro que impediría el avance del Frente Nacional, hoy Reagrupamiento Nacional. Pero existe el riesgo de que termine siendo el presidente que deje a Francia más cerca que nunca de entregar el poder a un partido cuya genealogía política incluye antiguos colaboradores del régimen de Vichy, miembros de las Waffen-SS y veteranos de la extrema derecha vinculada a la guerra de Argelia.
Toda una advertencia sobre lo que ocurre cuando el centro político, en su intento por contener a los extremos, termina adoptando parte de su lenguaje y erosionando al mismo tiempo la confianza en las instituciones democráticas. ~