Gracias, Peter Boghossian

Gracias, Peter Boghossian

El filósofo estadounidense, célebre por sus críticas a la izquierda woke, ha renunciado a su puesto en la Universidad Estatal de Portland, que considera que impulsa la "intolerancia a creencias divergentes" y es una "fábrica de justicia social".
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Leía el miércoles una noticia con poca o ninguna repercusión en España, aunque indicativa del panorama intelectual reciente: el célebre profesor de filosofía Peter Boghossian, de la Universidad Estatal de Portland (PSU), renuncia a su puesto. En una incisiva carta abierta en la que critica a la universidad por no permitir ningún tipo de pensamiento que no se adapte a la marcada agenda ideológica, califica a la institución de “fábrica de justicia social” que impulsa la “intolerancia a creencias divergentes”.

La carta ha sido escrita conjuntamente con Bari Weiss, ahora excolumnista del New York Times, que renunció también a su papel en el periódico por cuestiones similares. El germen principal de la renuncia del filósofo se debe a que el personal universitario está abdicando de su “misión de búsqueda de la verdad” y en su lugar está impulsando la intransigencia frente a las ideas que desafían la doctrina progresista dominante. A ello se suma una colección de persecuciones personales en el campus, como la distribución de flyers donde se le representa con una nariz de Pinocho, bolsas de heces en la puerta de su despacho o acusaciones falsas de violencia sobre su esposa.

Todo conocedor del reciente contexto universitario anglosajón y el movimiento woke ha escuchado hablar de Peter Boghossian, pues es sin duda uno de los mayores expertos y críticos del pegajoso amasijo ideológico imperante en estos ambientes, que califica como ideología de la justicia social. Según Boghossian, bajo este paraguas se cobijan desde los estudios culturales y de género, de cierta sofisticación intelectual, hasta los lamentos más viscerales contra el machismo o la supremacía blanca.

Mi primera noticia sobre la existencia de Peter Boghossian es fruto de la confusión, pues su nombre casi coincide con el de otro filósofo, Paul Boghossian, en el que estaba muy interesado durante mis primeros años de estudiante. Sin embargo, poco después, investigando sobre las estafas académicas de la filosofía posmoderna, llegué a un extraordinario hallazgo del cual nunca había oído hablar. Se trataba de una serie de falsificaciones académicas al más puro estilo Sokal, aunque mucho más divertidas. Alan Sokal es un doctor estadounidense en física que en 1996 decidió enviar un artículo disparatado a una revista de corte posmoderno donde maliciosamente mezclaba el lenguaje de la física cuántica con la jerga filosófica más erudita del momento para crear un auténtico sinsentido que, en caso de ser publicado, desenmascararía los estándares académicos de ciertas instituciones, como de hecho ocurrió.

Aunque fue un suceso sorprendente y todo un escándalo, es un episodio modesto en comparación con el proyecto que Peter Boghossian, junto con James Lindsay y Helen Pluckrose, llevaron a cabo en 2018. Estos tres autores advirtieron que las universidades abandonaban el terreno de la verdad y el rigor para centrarse en el de la justicia social y el agravio, de modo que se reunieron durante un año para preparar una batería de artículos delirantes bajo seudónimos o identidades prestadas con los que participar en el baile de máscaras del nuevo ecosistema académico.

Redactaron 20 artículos, de los cuales 7 fueron aceptados, otros tantos estaban en proceso de revisión, 6 rechazados y uno de los publicados adquirió cierto prestigio. Este último, calificado como “excelente” por los revisores, defendía que los hombres debían ser entrenados como perros para evitar la cultura de la violación. Otro de los artículos publicados sostenía que los penes son construcciones sociales responsables del cambio climático. Cada trabajo era más extravagante que el anterior y los comentarios de los revisores, una auténtica joya: “es una contribución muy interesante al conocimiento”, añadía uno acerca de un texto que versaba sobre una posible terapia para hombres heterosexuales a base de inyecciones anales con dildos para disminuir su transfobia.

No obstante, pese al dislate, se trata de un proyecto concienzudo y muy documentado que no solo pretende ridiculizar ciertas instituciones académicas, sino que supone toda una reflexión sobre la deriva intelectual presente. El absurdo no había acabado, pues la Universidad de Portland abrió una investigación contra los profesores por “llevar a cabo experimentos en seres humanos sin aprobación”, aunque rápidamente salieron en defensa de Boghossian y sus colegas autores como Jonathan Haidt o Steven Pinker.

La pregunta es “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”. La respuesta rápida de Boghossian es que el poder de la razón es como un cuchillo sin mango, pues su ejercicio no mejora necesariamente la habilidad para reconocer buenas ideas, sino que además ofrece armas para apuntalar racionalmente las malas. Sin embargo, sospecho que se puede alcanzar más profundidad, y una reflexión pausada descubre fundamentalmente dos tipos de intelectuales: los que buscan la verdad y los que buscan hacer el bien. Los primeros pretenden conocer cómo es el mundo y los segundos erradicar el mal.

Creo que aquí está todo, pues al justiciero o al activista no le importa cómo son las cosas, sino cuál es el camino más eficiente para cambiarlas según su causa, aunque la verdad tenga que ser atropellada. Mientras las universidades y los entornos académicos sigan ofuscados en la reparación y consuelo de las problemáticas sociales en lugar de desenmarañar la realidad con la pericia del juicio templado y el ejercicio meticuloso de la razón, la exploración de la verdad será allí vista como un desatino, cuando no una provocación. Por defender el pensamiento crítico y asumir el riesgo de ofender en la búsqueda de lo verdadero y lo falso, gracias, Peter Boghossian.