Tres semanas no son suficientes para hacer de esta nueva guerra parte del paisaje. Le sucedió a Ucrania, de cierta manera también a Gaza: las imágenes del día, para la mayoría de quienes las veían, eran indistintas entre sí. Cuando los ataques se hacen cotidianos la atención se disipa. Irán cuenta con otros atributos que todavía le protegen de esa enfermiza relación que la época imprime con lo incierto. No son solo las consecuencias económicas que podrían extenderse al planeta entero; las crisis económicas pueden tener consecuencias democráticas. La estridencia y el tono de espectáculo en las declaraciones comprometen escenarios políticos no inmediatos, encarecen los saldos, impiden hasta cierto punto una estabilidad en la recurrencia de una guerra que crea atmósfera.
En todo conflicto –pero más al tratarse de Irán, en los ataques contra la República Islámica o de esta hacia el Golfo y otras vecindades–, detrás de los titulares inmediatos existe un universo político que no desata las mismas alertas. En buena medida, porque exige para leerse e interpretarse en códigos locales o regionales. También, porque no es sencillo escapar de la mirada sobre Washington aun cuando las tras bambalinas iraníes son determinantes para el futuro.
Conforme transcurren los días, las declaraciones en los derredores de la Casa Blanca o los informes que llegan a Tel Aviv anticipan la aceptación de que los primeros objetivos –el cambio de régimen, la supresión rápida del sistema de defensa, la debacle tras la decapitación, etcétera– eran difíciles de alcanzar.
Esos códigos y la observación de lo que pasa en el ecosistema político iraní avisan de su olvido inicial y surgen cuando voces empiezan a señalar abiertamente lo insuficiente de la ofensiva militar para completar las intenciones maximalistas de una operación que por sí sola no iba a modificar la realidad, como se planteó. Eso era conocido. Solo que el Washington de hoy no tuvo problema en distanciarse de aquellos que advirtieron lo que no quería escuchar. Nate Watson, parte del equipo negociador de Trump con Irán, advirtió días antes del asesinato de Khamenei cuáles serían los escenarios con los que respondería Teherán ante un despliegue militar de Estados Unidos. Desde 2025 dejó de trabajar con la administración Trump. No hay espacio para sorpresas.
Las estructuras de la dictadura iraní se mantienen, la confrontación de la República Islámica contra los países del Golfo sigue en aumento, la infraestructura ofensiva ha sido fuertemente dañada o se destruyó, pero conserva un margen de operación alto. Teherán tiene confianza en sus drones dispersados a lo largo del territorio, en puntos de lanzamiento que se van descubriendo –y eliminando– conforme se utilizan, y cuyo número no es claro aún.
Si bien la República Islámica puede depositar algunos objetivos de su estrategia de agotamiento en las elecciones estadounidenses, el potencial de agotamiento reside más bien en la tolerancia alrededor de las víctimas y los dilemas, crisis y conflictos morales que le representan a uno y a otro. Teherán, siguiendo con la indiferencia que le tiene a la vida de los iraníes, puede soportar por el momento las miles de muertes de no combatientes como consecuencias de las operaciones de Washington y Tel Aviv. Estados Unidos no cuenta con ese mismo nivel de resistencia. Si las víctimas civiles en Irán sumaran varios miles, dudo que sus estructuras de seguridad se sientan perturbadas. Si las bajas entre soldados estadounidenses se van sumando, la reacción política y social se convierte en una carga difícil de manejar para la Casa Blanca. El agotamiento tiene en esa ecuación un aterrador enfoque que tiende a ser la apuesta de la República Islámica.
La elección de Mojtaba Khamenei como líder supremo en sucesión de su padre es parte del modo de extrema continuidad y supervivencia que adoptaron las estructuras de seguridad. Candidato de las Guardias Revolucionarias, su figura condensa los ánimos de castigo y venganza. Deja que estas enarbolen sus humores y actúen en su nombre. Antes de serle útiles a Mojtaba, él le es funcional a las Guardias Revolucionarias. El peso del simbolismo tiene su función hacia las herramientas tangenciales de Teherán. Proxies como los hutíes, hasta ahora discretos, requieren de una figura que les sirva de estandarte ideológico. Ni el Consejo de Seguridad ni la instrucción estrictamente militar de los altos mandos de las fuerzas armadas iraníes cumplen ese papel.
El contenido en el primer mensaje de Mojtaba como Líder Supremo responde a estos objetivos, solo que fue un no mensaje. No hubo ninguna imagen en vivo o voz propia, apenas la lectura oficial y televisada de una proclama con tintes divinos, pero sin sujeto de divinidad de por medio. Desde los códigos estadounidenses, su ausencia se leyó como prueba de las afectaciones físicas por el ataque en el que murió Khamenei padre. Por ahora, me resulta indiferente. Las palabras significaron cómo se ve a sí misma la República Islámica y qué acciones piensa tomar en el corto plazo, con o sin la presencia del líder.
No hay experimentación sino consolidación, no hay lugar para reformistas o moderados, no hay espacio para acuerdos ni negociaciones. Las palabras tratan de legitimar al cuerpo que sirve de pilar en un poder medianamente colegiado, donde las Guardias Revolucionarias conducen. Mojtaba tiene ese propósito. La evolución del sistema iraní es una en la que una dictadura militar se cubre con el simbolismo religioso.
En la tradición chií, al-Mahdi, el duodécimo imán, desapareció y se oculta para protegerse de sus enemigos hasta que pueda reaparecer. El ocultamiento como estrategia de poder sin presencia. Para el relato, cada periodo de los tiempos cuenta con su imán. Mojtaba y las Guardias Revolucionarias pueden jugar durante un tiempo a que él sea al-Mahdi. Pero no mucho si quiere seguir contando con los favores de lo simbólico.
Es poco relevante que la lógica religiosa no tenga gran lugar en nuevas generaciones iraníes –con un aproximado de 80% de desaprobación, el régimen se ha sostenido–, mientras sirva de cobijo para las elites a las que no les preocupa su población. Esa estructura mental vinculada a lo religioso que ha decaído en las últimas décadas puede resurgir o afirmarse en las elites de seguridad. Y si toma un papel de importancia, es difícil suponer una salida negociada.
Las negociaciones para Irán siempre han partido de la fórmula de intercambios específicos, concesión en X para lograr Y. Esa fórmula desapareció por completo. De los dos lados.
Para Teherán, con la muerte de Khamenei y con los ataques a su sistema de misiles balísticos, pilar de toda su estructura de defensa, se ha cruzado el punto de no retorno. Dentro de su lógica, la única opción está en la escala que han ido construyendo. Sin relación de costo-beneficio, al incorporar el elemento doctrinal-político, no ven insumos inmediatos para sentarse en algún tipo de mesa.
Y si ese espacio se abre a través de la presión que Teherán ejerce sobre los países de Golfo al atacarlos, no hay para los países árabes razón para sentarse a negociar con el proyecto político que una y otra vez falló en sus compromisos regionales en pos de la inestabilidad, de la vocación criminal (en el propio país) y asesina (en países como Siria), de las condiciones que permitieron llegar al punto donde estamos hoy.
No me atrevería a asegurar que el sistema iraní sea a prueba de golpes o fracturas, pero lo es hasta este momento y su lógica, la de un proyecto político invulnerable a algo parecido a un golpe de estado, no entra en las premisas estadounidenses. Esa desconexión con la realidad se mostró una vez más en la oferta de una recompensa por información sobre varios líderes iraníes, Mojtaba incluido, junto a Larijani, secretario del Consejo de Seguridad Nacional. Unas horas antes, Larijani encabezó una marcha del brazo del presidente Pezeshkian. Para informarse de su ubicación solo era necesario encender una pantalla. Entonces, días después, Israel lo eliminó. El asesinato del poder de facto en Irán tampoco representa un cambio fundamental, aunque se muestre como una victoria total. El de la República Islámica es lo que llamo un régimen cebolla. Se quitan capas, hay una nueva. Solo que esa nueva tiene ahora, para sí, más razones para decantarse por la escalada continua. Al exterior y también al interior, hacia la sociedad iraní. Lo que la muerte de Larijani avisa es la intención de eliminar a cada cabeza del régimen. Llegar al centro de una cebolla toma tiempo y el tiempo cuesta.
Si la operación de la Casa Blanca partió de una premisa tan equivocada que no puede adaptarse fácilmente a otra, también es probable que los objetivos de Trump y Netanyahu comienzan a distanciarse. ~