Foto: SalamPix/Abaca via ZUMA Press

Irán: notas sobre la marcha

Bajo el mando del ayatola Khamenei, ningún cambio sustantivo era imaginable en Irán. Hoy, la supervivencia de la República islámica está en puntos suspensivos.
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Lo impredecible de ciertas situaciones y la imposibilidad de hacer pronósticos responsables sobre ellas, que se alejen de la especulación simple, los deseos o resistencias, no impide pocas seguridades sobre las más recientes horas iraníes. 1979, con la Revolución islámica, fue uno de los grandes modeladores de la política y vida medio oriental en su conjunto. 2026 ya repite esa condición a partir de la aparentemente confirmada muerte del ayatola Khamenei, tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, y la previa advertencia de Teherán de regionalizar el conflicto en caso de que estos se dieran, como ocurrió en la mañana de este sábado.

La importancia del mensaje de Trump está, por lo pronto, en su conjugación en presente. Las consideraciones sobre la legalidad de la operación pasan a un segundo plano en el momento de la urgencia, ya sea en términos de derecho internacional o para el interior del sistema que establece los límites presidenciales de la Casa Blanca. Serán objeto de una revisión posterior, sin duda, pero, sobre todo, materia local para Estados Unidos y no hacia la realidad iraní de las últimas horas, sus futuros, riesgos y posibles desenlaces. El cambio de régimen en Irán no puede desconectarse de la realidad: es más que una declaración, un evento único o una serie de ellos. La aproximación, llamada maximalista en la región, está sujeta a un contexto que la limita.

Si bien ningún cambio sustantivo resultaba imaginable con la existencia de Khamenei, su ausencia tampoco conduce de forma implícita a una transformación efectiva en Irán. Ni hacia dentro del país –derechos humanos, opresión, asesinatos masivos, situación de las mujeres, etcétera–, ni en relación con la seguridad y estabilidad de la región –Israel, Irak, Líbano, las milicias financiadas por Teherán en la zona, otro etcétera–.

En su paradójica horizontalidad, este régimen vertical, en el que toda decisión ha dependido tradicionalmente del liderazgo supremo, desde hace tiempo ha mostrado cómo las estructuras del sistema han ejecutado acciones con cierta autonomía. Las Guardias Revolucionarias o el aparato judicial no necesitan de Khamenei para actuar salvajemente. Es un sistema, no un individuo, que busca proteger su subsistencia por encima de todo.

Los ataques dirigidos a los aparatos de seguridad y represión se perciben lógicos y en alguna medida lo son, en especial desde afuera. Parten de la idea de pavimentar el camino para una toma opositora del poder, solo que tienden a obviar ciertos elementos. Washington, bajo cualquiera de sus gobiernos, ha malentendido las dinámicas medio orientales con frecuencia.

El esquema de emergencia de la dictadura iraní cuenta con una ruta temporal en caso de muerte del Líder Supremo. En principio, tres actores parte del mismo régimen –presidente, cabeza del sistema judicial y un clérigo– tomarían las funciones de Khamenei. Los escenarios de autoprotección siguen en diversas maneras, los planes de sucesión existen, pero quien crea que el sistema está preparado para toda contingencia es altamente probable que asuma con ligereza lo desconocido. Es un sistema diseñado en el entendimiento de códigos de un mundo que nada tiene que ver con los hechos de este fin de semana y ha envejecido en etapa terminal. Queda por ver en las siguientes horas y días qué tan sólida es su fortaleza. Si bien solo por su extensión es imprudente asegurar que la vía militar sea suficiente para menguarlas, el efecto de la eliminación de sus personajes centrales permitiría que un desorden al interior de las estructuras derive en suficiente caos para colapsarlas. La rigidez del proyecto de supervivencia en el aparato iraní puede funcionar en sentido inverso a sus intenciones. Si todos luchan por salvarse en conjunto, todos pueden atropellarse. El caos es el peor pronóstico, uno que a menudo no consideran las ideologías o los purismos.

La dimensión de las estructuras de Teherán y su capacidad para reconfigurarse se ven bajo la presión del periodo más vulnerable en su historia, aunque sin reemplazos viables y organizados localmente –hacerlo en las diásporas no tiene el mismo valor–en oposición a la dictadura, es más probable que ni siquiera la falta de las figuras más notables del régimen lleven a su absoluta capitulación.

Al inicio de esta etapa Irán apostó por el tiempo para dilatar una eventual operación militar en su contra, en espera de que Washington perdiera el interés.  Antes del anuncio de la muerte de Khamenei tenía espacio para repetir una estrategia similar. Las cosas cambiaron. No es tan sencillo que un nuevo liderazgo cuente con que su respuesta sobre países vecinos –es decir, la regionalización del conflicto a través del ataque a instalaciones estadounidenses o posiciones de interés local a esos países– los lleve a gestionar una nueva ronda de negociación bajo mayor presión. Esta alternativa se esfumó por ahora. El desorden en Teherán eliminaría actores con quien sentarse en una mesa que ni siquiera tiene patas porque ya dejó de ser de interés. Ese desorden, producto del peso en el simbolismo de Khamenei y el método para su eliminación, ya mostró sus primeras facetas con la cantidad de proyectiles disparados desde Irán a los países del Golfo. De dar por cierta la muerte de Khamenei, la orden de dichos ataques es ejemplo tanto de la autonomía como de la decapitación y desorden de las estructuras del régimen. Solo que ni siquiera Doha o Dubái, ciudad donde no hay presencia militar estadounidense, son Ormuz. Las afectaciones en el estrecho por el que transita buena parte de la estabilidad financiera del mundo pueden a ser la gran complicación de todos en este episodio. Avisos de su cierre no han faltado.

En medio, hay una dualidad que buena parte de Occidente, y en particular México, a donde está dirigido este texto, parece no aceptar con facilidad. Una sociedad aplastada, masacrada y torturada continuamente como la iraní, puede, en simultáneo, temer de verdad por su evidente fragilidad inmediata y sonreír por la muerte de Khamenei o soñar la cercanía del fin del sistema que le cobijó. Aun si eso ocurre a través de una intervención.

La supervivencia general de la República Islámica seguirá en puntos suspensivos, pero lo hará, sin temor a equivocarme, de una manera muy distinta a la que existió por casi medio siglo. ~


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