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La nueva cirugía imperial

La doctrina estadounidense parece haber mutado: ya no ocupar militarmente para modelar el orden político, sino golpear para sacudir equilibrios y alterar correlaciones de fuerza. Pero debilitar regímenes no garantiza que del otro lado emerjan democracias.
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La humanidad está inmersa en una nueva Guerra fría, más ambigua y compleja que la de mediados del siglo pasado. Ya no se trata, o al menos no de manera tan clara, de una confrontación entre dos doctrinas perfectamente delimitadas, ni de dos bloques antagónicos que se observan desde trincheras ideológicas fácilmente identificables. La rivalidad entre Estados Unidos y China es más ambivalente. Es tecnológica, financiera y difícil de descifrar: una disputa por la superioridad en inteligencia artificial, cadenas de suministro, semiconductores, energía, datos, y zonas de influencia geopolítica.

Durante la Guerra fría de la segunda mitad del siglo pasado, la intervención militar estadounidense se justificó como una forma de contener la expansión del comunismo y preservar los valores de Occidente: la democracia y el libre mercado. Vietnam fue uno de los ejemplos más traumáticos de esa lógica intervencionista: una guerra librada en nombre de la contención ideológica que exhibió los límites del poder militar de Washington y dejó un país devastado. Décadas después, ya tras la caída del Muro de Berlín, las guerras de Irak y Afganistán repitieron, bajo otras justificaciones, un impulso doctrinario parecido: no solo derrotar militarmente al adversario, sino intervenir con tal profundidad dogmática que Estados Unidos pudiera modelar el orden político posterior. El problema es que la experiencia acumulada por esas invasiones dejó una lección brutal: entrar con un ejército puede ser viable, pero salir sin dejar detrás un país políticamente fracturado, una economía inviable y un tejido social desgarrado es otra cosa. Ahí comienza la parte más ardua de toda intromisión programática, aunque tenga las mejores intenciones: la reconstrucción de ruinas que a veces resultan demasiado hondas para ser reconstruidas. Como alguna vez escribió Henry Kissingeren su influyente ensayo “Central issues of American foreign policy”: “El poder ya no se traduce automáticamente en influencia”.

En Venezuela parece asomarse con nitidez, la lección aprendida por Washington después de sus grandes naufragios militares: ya no ocupar el territorio para después encabezar una costosa reconstrucción, sino intervenir de manera limitada para precipitar un reacomodo interno. La nueva prioridad hemisférica de la Casa Blanca –expresada además en un lenguaje que revive, casi sin pudor, la vieja noción de que América vuelve a ser el “patio estratégico” de Estados Unidos– encontró en Caracas un laboratorio singular. Tras la captura de Nicolás Maduro en enero, Marco Rubio quedó al frente de una hoja de ruta de tres etapas –estabilización, recuperación y transición–, mientras Delcy Rodríguez asumía interinamente el poder y Washington comenzaba a explorar una recomposición diplomática con la promesa de una salida ordenada y (ojalá) pacífica.

El cálculo parece claro: evitar otra ocupación interminable y confiar, en cambio, en que una intervención acotada, casi quirúrgica, abra un vacío que después puedan llenar actores locales. Pero ahí reaparece el viejo problema de toda cirugía geopolítica externa, probablemente previsto por Marco Rubio, un político sensiblemente más sofisticado que Donald Trump: si el régimen ha dedicado años a desarticular a la oposición, ese vacío no suele ser llenado de inmediato por la pluralidad política, sino por una estructura autoritaria más funcional, más presentable o más conveniente para los intereses del momento. Y entonces asoma la pregunta de fondo: ¿puede desmontarse un monstruo sin que su lugar lo ocupe otro apenas más administrable? ¿O existe realmente la posibilidad de que, en el mediano plazo, ese vacío desemboque en una transición auténtica?

Irán representa un caso bastante más complicado. Estados Unidos e Israel parecieron leer en las protestas de enero una coyuntura propicia: un régimen erosionado por el descontento social, miles de manifestantes en las calles y una oposición que, al menos en apariencia, estaba organizándose. Trump incluso lanzó mensajes abiertos de respaldo a una eventual liberación interna del país, en una señal de que la apuesta no consistía solo en castigar militar y económicamente al régimen, sino en precipitar una fractura desde sus entrañas. Pero el cálculo resultó mucho más incierto. A diferencia de Venezuela, donde la caída de Maduro abrió un cauce institucional precario pero reconocible, en Irán la muerte de Ali Khamenei no desembocó en una transición, sino en una rápida consolidación del poder alrededor de su hijo, Mojtaba Khamenei, y de la Guardia Revolucionaria. El problema de fondo no es solo la resiliencia del aparato represivo, sino la fragmentación de la propia oposición: monárquicos, izquierdas, minorías étnicas y otros grupos contrarios al régimen comparten el rechazo al sistema, pero no una hoja de ruta común para sustituirlo. Y ahí aparece el dilema central para Washington: si no quiere repetir el costo humano, militar y económico de otra guerra interminable, pero tampoco logra que el vacío lo llenen fuerzas locales capaces de articular una alternativa, entonces el riesgo no es la transición, sino la prolongación de una guerra de desgaste en la que Irán, herido pero aún en pie, apueste a sobrevivir encareciendo el petróleo, tensando a Occidente y comprando tiempo para que el impulso inicial del ataque pierda fuerza.

Cuba ofrece, quizá, un panorama intermedio entre Venezuela e Irán. También ahí el régimen atraviesa un momento de desgaste visible: crisis energética y de infraestructura que se traduce en apagones prolongados, escasez crónica y protestas nocturnas que, poco a poco, han comenzado a adquirir un tono abiertamente político. Washington parece leer esa coyuntura como una oportunidad histórica. Donald Trump incluso ha insinuado públicamente que la salida para la cúpula del régimen –los Castro, Díaz-Canel y su círculo– podría ser abandonar el poder y el país, en una fórmula que evite un colapso caótico y abra paso a una reconfiguración interna. Pero el problema vuelve a ser el mismo que en otros escenarios: el desgaste del régimen no equivale automáticamente a la existencia de una alternativa organizada. A diferencia de Venezuela, donde figuras como María Corina Machado lograron convertirse en polos visibles de oposición, en Cuba la represión sistemática, el exilio de muchos disidentes y décadas de control político han impedido la aparición de liderazgos capaces de canalizar una transición inmediata. El resultado es una coyuntura cargada de incertidumbre: una sociedad que parece más cansada que nunca del régimen, pero sin una arquitectura política clara para sustituirlo. Y en ese vacío vuelve a emerger el dilema central de esta nueva estrategia estadounidense: debilitar a un régimen puede ser posible; lo verdaderamente incierto es quién, o qué tipo de sistema, emergerá cuando ese régimen empiece finalmente a ceder.

Como si no bastara la carambola de tres bandas –muy ambiciosa, muy arriesgada, muy incierta, inconclusa y llena de obstáculos– que Donald Trump y Marco Rubio han intentado desplegar sobre Venezuela, Irán y Cuba, se suma el caso mexicano. Aquí la lógica parece ser la de golpear el entramado criminal que ha capturado porciones enteras del Estado y, sobre todo, a la estructura política que lo protege o le ha permitido sobrevivir. La novedad consiste en que Washington ya no habla solo de capos y sicarios, sino también de los actores públicos que colaboran con ellos: desde 2025, la presión estadounidense se ha dirigido también a investigar, procesar o incluso extraditar a políticos presuntamente ligados al crimen organizado, al tiempo que la Casa Blanca ha endurecido todavía más el tono al insistir en que los cárteles solo pueden ser derrotados con poder militar y al impulsar una coalición regional de la que México quedó al margen.

La presidenta Claudia Sheinbaum está, en efecto, entre la espada y la pared: si cede demasiado ante Washington, corre el riesgo de fracturar un partido que sigue orbitando alrededor del expresidente López Obrador, y que ella no controla del todo. Pero si, del otro lado, no cede lo suficiente, se expone a que Estados Unidos concluya que la cooperación ya no basta y se reserve para sí un margen de acción cada vez más agresivo y unilateral. La exigencia de resultados “concretos y verificables” contra las organizaciones criminales es lo bastante elástica como para abarcar desde sanciones financieras y comerciales, cancelaciones de visa y expedientes judiciales hasta formas más duras de presión extraterritorial, incluso operaciones de captura selectiva que recuerdan, por su lógica, la reciente experiencia venezolana.

Y ahí aparece otra vez el vacío: el de una oposición que no solo luce débil, sino huérfana de figuras con estatura pública y fuerza simbólica. En ese paisaje erosionado, la apuesta de largo plazo podría terminar desplazándose, no por diseño abierto sino por agotamiento del sistema, hacia la figura de un “outsider”, una figura con visibilidad nacional capaz de confrontar al oficialismo y capitalizar el desgaste simultáneo del gobierno, de los partidos tradicionales y de una clase política que ya no inspira respeto y mucho menos confianza. La pregunta de fondo es si de esa fatiga puede nacer una alternativa real o apenas otra personalización del poder, distinta en el estilo, pero no necesariamente en la sustancia.

El telón de fondo sigue siendo la Guerra fría no declarada entre Estados Unidos y China: una disputa menos ideológica que la del siglo pasado, pero acaso más vasta y más compleja. Lo demás –Venezuela, Irán, Cuba, México– parece inscribirse dentro de esa hipótesis. Washington busca reordenar su hemisferio, reducir los márgenes de maniobra de sus adversarios y contener, al mismo tiempo, la expansión de Beijing y la gravitación oportunista de Moscú. Pero incluso para una potencia imperial, la geografía del poder tiene límites. Estados Unidos ha abierto demasiados frentes a la vez, y la pregunta ya no es sólo si puede ejecutar con precisión en todos ellos, sino si puede sostener simultáneamente las consecuencias de tantos despliegues.

¿Podrá administrar una escalada prolongada en Irán y, al mismo tiempo, responder si China decide moverse sobre Taiwán? ¿Podrá tensar el hemisferio, presionar a México, rediseñar políticamente a Venezuela y Cuba, y a la vez contener una victoria rusa en Ucrania que obligue a Europa a reclamar más respaldo económico y militar? Esa es, en el fondo, la interrogante: si la primera potencia del mundo conserva la fuerza para abrir tantos frentes y la inteligencia estratégica para no quedar atrapada en todos ellos al mismo tiempo. Al final, el viejo maestro de la guerra lo formuló con una claridad que atraviesa siglos: “Si envía refuerzos a todas partes, en todas partes será débil”. Sun Tzu lo escribió en El arte de la guerra hace más de dos mil años, pero bien podría haber estado advirtiendo contra la tentación eterna de toda potencia –y contra la soberbia de todo líder embriagado por el poderío militar de su ejército–: abrir demasiados frentes al mismo tiempo y terminar, por esa misma ambición desmedida, debilitándose en todos. ~

El autor es fundador de News Sensei, un brief diario con todo lo que necesitas para empezar tu día. Engloba inteligencia geopolítica, trends bursátiles y futurología. ¡Suscríbete gratis aquí!


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