Ilustración: Letras Libres. Fotos: The White House / Presidencia de la República

Sheinbaum ante Trump: dos retóricas, dos realidades

Mientras Donald Trump redefine la retórica de la vecindad, Claudia Sheinbaum actúa y habla como si México tuviera hoy el mismo margen de maniobra que en el siglo XX.
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Partamos de la realidad. El gobierno de Estados Unidos lleva un año tomando sistemáticamente pasos retóricos, políticos, diplomáticos y militares concretos para volver inevitable el uso total de la fuerza en contra de un nuevo enemigo: las redes de delincuencia organizada transnacional. El presidente Donald Trump está redefiniendo la gramática de la vecindad. Los narcos son terroristas. El fentanilo, arma de destrucción masiva. Así, le plantea a México dos opciones: sumarnos como aliados a la lucha frontal para atacar a ese enemigo de manera rotunda y espectacular, o dejar de ser aliados y ponernos en su contra. El único espacio de negociación realista para México está en los tiempos, las formas y los alcances de la alianza, no en si esta debe o no existir.

Ante esto, la presidenta Claudia Sheinbaum actúa y habla como si México tuviera hoy el mismo margen de maniobra que en el siglo XX, cuando el país jugaba el doble juego de coquetear con los enemigos de Estados Unidos –particularmente Cuba– y aplacar al poderoso vecino con lugares comunes diplomáticos y concesiones en otros temas. Ella y su gobierno usan un lenguaje completamente sacado de esa época: soberanía, no intervención, autodeterminación, colaboración sin subordinación. No es, como creen todavía algunos, una estrategia política de “cabeza fría”. Se trata de una apuesta cada vez más arriesgada para ganar tiempo y sostener el estado actual de cosas.

Tras su llamada con el presidente Trump el pasado 12 de enero, Sheinbaum afirmó públicamente que le había dejado “muy claro” que existe coordinación, más no subordinación, entre ambos países y que le presentó evidencia estadística de que México combate al narcotráfico. La presidenta dijo que rechazó que este problema pueda ser catalogado como terrorismo y volvió a hacer patente su rechazo al intervencionismo en Venezuela y en otros países de la región. Básicamente, Sheinbaum le sigue diciendo a Trump que su peligroso enemigo no le parece ni tan enemigo ni tan peligroso y que, por lo tanto, la forma que propone para combatirlo es inaceptable. Por eso salió a afirmar que quedó descartada la acción militar estadounidense.

En un interesante artículo, la internacionalista Ana María Salazar escribió una frase que es clave para entender dónde queda parado México con este discurso. Salazar asegura que quienes interactúan con Trump “deben entender cuatro motivaciones que guían su conducta: ego, imagen, venganza y negocios”. Partiendo de esa idea, declararse abiertamente su aliado y encontrar la forma más razonable posible para que obtenga algún logro vendible parece la manera más evidente de ayudarle a que su imagen crezca y su ego se aplaque. Decirle que no a todo, descartar públicamente sus ideas y desestimar sus palabras es, en cambio, una manera casi segura de activar la motivación de la venganza. Nicolás Maduro mostró que esa no es exactamente la mejor ruta de acción.

Y es que con la operación militar que decapitó a la dictadura venezolana no solo debería ser claro que Trump no está fanfarroneando cuando dice que está dispuesto a todo para atacar a los cárteles. También debería ser claro que la capacidad tecnológica y operativa de las fuerzas armadas de Estados Unidos les permiten actuar de maneras que no tienen que ser forzosamente un desembarco de los Marines en Veracruz o un ataque con misiles a un “narcolaboratorio”. La capacidad estadounidense para desestabilizar y romper la gobernanza político-criminal en México puede venir de una operación encubierta de extracción de un capo, de un ataque cibernético que desnude redes criminales en el sistema financiero mexicano, o de una operación de guerra no convencional que incapacite a grupos enteros de la delincuencia, como hizo Israel con Hezbollah en 2024.

Hoy, México está una vez más castigado en el pupitre como el alumno problema que debe demostrar “resultados concretos” para ser aprobado por Estados Unidos. Pero a diferencia del pasado, enfrenta a un sinodal que no busca que el alumno resuelva un problema, sino mostrarle a todo el mundo que está obligándolo a resolverlo a su modo. Por eso, cuando Trump dice que Sheinbaum es una “mujer maravillosa”, pero que los cárteles son los que realmente gobiernan México, no está improvisando un insulto mal disfrazado de elogio. Está lanzando una advertencia para la cual la soberanía suena menos a argumento válido y más a coartada para eludir o encubrir.

Las rupturas entre países, como las rupturas entre las personas, comienzan cuando estas dejan de compartir un lenguaje común. Los discursos de los presidentes de México y Estados Unidos muestran que cada quien está hablando su propio idioma para su propia audiencia. La presidenta Sheinbaum habla de principios que satisfacen a su base de apoyo real, es decir, a AMLO y a los duros de Morena. El presidente Trump habla de fuerza y poder crudo y sin frenos para satisfacer a los duros de su gobierno y del movimiento MAGA. Una se envuelve en la soberanía para defender un estado de cosas que es indefendible desde hace mucho. El otro usa la palabra como el relámpago que precede al trueno que lo destruirá todo, no para construir un nuevo orden, sino para reinar en el caos. ~


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