Maduro se acabó, la dictadura en Venezuela no

Tras la captura de Nicolás Maduro, el régimen chavista herido podría volverse aun más cruel.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Primero lo primero: la audaz incursión que extrajo a Nicolás Maduro y a su esposa de Venezuela es una victoria histórica para Donald Trump. Sin pérdida de vidas estadounidenses, se capturó a un dictador cuyo historial de criminalidad y desgobierno arruinó millones de vidas venezolanas y desestabilizó la política en todo el hemisferio occidental.

Después de robarse torpemente una elección que claramente había perdido de calle hace dieciocho meses, Nicolás Maduro siguió dirigiendo el Estado venezolano como si se tratara de una mafia. Él y Cilia Flores, su influyente esposa, merecen estar en prisión. Por eso, será difícil encontrar a un venezolano que no se regocije con las noticias de este sábado.

En las semanas previas a esta incursión histórica, más de una vez puse los ojos en blanco ante los informes de que Estados Unidos podría estar planeando una operación de extracción para secuestrar a un presidente en funciones. La idea me parecía simplemente fantástica y teatral, por no decir descabellada. Pero lo hicieron, y quien diga que no está al menos un poco impresionado por la hazaña, tal vez esté mintiendo.

El sábado los venezolanos se despertaron en un país irreconocible. Como toda dictadura, la de Maduro había invertido mucho en el mito de su propia invencibilidad. Y, sin embargo, el régimen sigue muy presente, aunque en un extraño estado de decapitación. La emisora estatal sigue transmitiendo propaganda del régimen; la vicepresidenta (pronto, se supone, dejará de ser “vice”) Delcy Rodríguez sigue protestando vehementemente en nombre del gobierno; el ministro del Interior, Diosdado Cabello, de la línea dura del chavismo, sigue dando discursos incendiarios en condena a la agresión yanqui; el fiscal general de Maduro, notoriamente represivo, Tarek William Saab, sigue tratando de sacar provecho propagandístico de los eventos de la noche. El espantoso aparato de represión estatal que Hugo Chávez construyó y Nicolás Maduro perfeccionó parece, por ahora, mantener el control total del país.

A Maduro se lo llevaron. La tentación es pensar que, sin él, el régimen se desmoronará. Pero el de Maduro nunca fue el tipo de sistema personalista que depende de un solo líder. Siempre fue más bien un esfuerzo de equipo, con una constelación de figuras influyentes como Rodríguez y Cabello colaborando con la inteligencia cubana para mantener a raya la disidencia. En otras palabras, el tipo de régimen que muy bien podría sobrevivir a una decapitación. Y si lo hace, los venezolanos llevarán la peor parte.

Durante tres décadas, el principio más confiable para interpretar los asuntos venezolanos ha sido una heurística simple: cualquier resultado que le haga la vida a los venezolanos peor es el más probable. Si, como el secretario de Estado Marco Rubio aparentemente le dijo al senador Mike Lee, Estados Unidos no está planeando ninguna acción de seguimiento contra lo que queda del régimen, entonces para los venezolanos en el terreno nada cambiará. Las cosas podrían incluso empeorar: es fácil imaginar a un sucesor chavista herido y humillado que intensifique la represión para reconstruir el aura de invencibilidad del régimen, que hoy por hoy está en cenizas.

El secuestro de Maduro podría convertirse fácilmente en una excusa universal para reprimir cualquier signo de disidencia: cualquier expresión de insatisfacción seguramente será utilizada como prueba de connivencia con el enemigo imperial. El impresionante triunfo de Trump podría ser recordado como el anuncio de una etapa aún más oscura en el camino de Venezuela hacia el totalitarismo.

Al mismo tiempo, como demostró la era posterior al 11 de septiembre, si Estados Unidos intentara instalar un gobierno democrático, eso también podría salir mal de mil  maneras. Esto sin mencionar el hecho de que la operación se llevó a cabo ilegalmente, sin autorización del Congreso estadounidense, y que sentar el precedente de que las superpotencias decidan a cuáles líderes extranjeros capturar no siempre conducirá a la caída de personas tan malvadas como Maduro.

A lo largo de esta última ronda de presión estadounidense, el espectro de las medias tintas se ha cernido sobre el futuro de Venezuela. El régimen bolivariano es siempre más brutal cuando se siente más amenazado y, en este momento, debe sentirse enormemente amenazado. Una y otra vez, cuando el régimen se siente amenazado, son los venezolanos de a pie los que pagan el precio.

Donald Trump y Marco Rubio darán hoy una vuelta de victoria. Han asestado un golpe enorme contra un régimen nefasto. Pero no lo han derrocado. El chavismo sigue teniendo el control de Venezuela. Ensangrentado, debilitado, humillado, sí, pero todavía en control, y con una nueva motivación para ejercer aún más terror de Estado para intentar mantenerse en el poder.

Los venezolanos alrededor del mundo van a celebrar la caída de un tirano cruel. Pero si el régimen logra capear esta tormenta, la celebración no durará mucho tiempo. ~



Publicado originalmente en Persuasion y reproducido con autorización.


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: