Carta desde Barcelona: Paseos (imposibles) con mi abuela

Iría de la mano de mi abuela hoy por Barcelona y sé que se quedaría con la boca abierta a cada paso.
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A veces me descubro mirando la ciudad con los ojos de una de mis abuelas, la que construyó con sus propias manos la casa de adobe en la que vivió casi toda su vida y de la que cuentan que casi le rebana el cuello a mi abuelo cuando le tiró una babucha mientras el hombre se afeitaba. Los recuerdo siempre peleándose, ella muy brava, sin amedrentarse nunca, encarnando una imagen muy distinta de la sumisión esencialista en la que fueron encerradas las moras por el relato colonizador. Me imagino rescatando a Mimunt de la muerte, del anonimato y de la aldea remota en la que creció para llevarla del brazo y observar su cara de asombro ante este extraño mundo que es Barcelona. O cualquier ciudad de este Occidente “civilizado” y moderno. Me gustaría escribir un “Paseos con mi abuela”, tan lleno de verdad y ternura. Me doy cuenta de que no sé cuál es el apellido de mi abuela porque en ese lugar anclado fuera del tiempo que era Beni Sidel no se nombraba a las personas por el nombre de familia sino que se enumeraban ancestros hasta donde alcanzara la memoria. Y a eso tampoco llego, a pesar de que cuando era pequeña esa lista de antepasados estaba presente en el día a día, yo no me acuerdo ni siquiera del nombre del padre de Mimunt. 

Nació y creció en esa dispersión de casas de adobe del norte de Marruecos, en un mundo rural preindustrial que parece sacado de un cuento, una leyenda. O en eso ha convertido mi imaginación de escritora los ya muy gastados recuerdos de infancia que sigo conservando de ella y todo lo que viví antes de los 8 años, que fue la edad en la que me trasladé con mi familia nuclear al interior de la provincia de Barcelona y dejé atrás una cotidianidad en la que mi abuela Mimunt era el centro de todo. Porque salía al campo, al río, a la fuente y yo la acompañaba siempre. Mi madre no traspasaba casi nunca el umbral del patio porque mi padre era más celoso incluso que su propio padre y mandaba aunque estuviera ausente, desde esa ciudad remota del Norte. Así que todo lo que aprendí fuera de casa en esos primeros años fue con ella: a usar herramientas del campo cuyo nombre solo conservo en su lengua, a golpear la lana contra la roca en el río, a limpiar la piel de cordero con alumbre, a hacer panderos con la de los conejos. A guardar las gallinas cuando la luz del día se atenuaba y las velas y el candil llenaban la casa de sombras.

Iría de la mano de mi abuela hoy por Barcelona y sé que se quedaría con la boca abierta a cada paso. Una sola vez salió del pueblo en un viaje que hicimos para visitar un centro termal al lado de Fez y lo fue descubriendo todo como una niña con los ojos como platos: las baratijas en el mercadillos, un puesto de cuscús con leche fermentada que tomó a gusto sin haberlo tenido que preparar ella misma y, ¡mira!, ¡mira!, me sujetó el brazo para que reparara en lo más alucinante que había visto nunca: ¡una chica que conduce! ¡Una chica! Era tan genuina esa alegría en su rostro, la alegría de darse cuenta de que existía un mundo muy distinto para las mujeres, un mundo en el que podían manejar sofisticadas máquinas para ir donde les diera la gana. Una vida en la que no había que estar embarazándose, pariendo, criando y volviéndose a embarazar y parir y criar. Hasta diez veces lo hizo ella. 

Hoy, aquí vería a mujeres haciendo todo tipo de tareas, ganándose un sueldo de verdad y no las monedas que conseguía ella vendiendo los huevos de las gallinas. La asustaría el tráfico, aunque en las visitas que hacía a sus hijas en Nador o Serwan ya había visto lo que es la circulación urbana. ¿Se atrevería a meterse en el metro conmigo? ¿Confiaría en los ascensores? ¿Qué pensaría de todos los que trabajamos en una extraña quietud todo el día, no moviendo más que los ojos frente a las pantallas? ¿Qué diría de la juventud que está ensimismada en móviles y televisores? Creo que les lanzaría una de sus babuchas o les pondría uno de sus mordaces apodos (ninguno de sus nietos nos libramos de ser objeto de sus burlas, aunque nos quisiera tanto y llorara nuestra ausencia hasta casi quedarse ciega, como los padres de José cuando sus hermanos lo abandonaron en un pozo, que no es santo pero también aparece en el Corán y era una de las historias que más me gustaban cuando era pequeña, contada por mi madre en una habitación a oscuras).

Hace años pensaba en cómo se reiría al ver a los amos de los perros recogiendo sus excrementos. Ahora creería que estamos locos de remate si descubriera que hay salones de belleza para perros, tiendas de ropa, guarderías, costosos tratamientos para nuestros animales de compañía. Se daría cuenta de que vivo en un lugar donde las almas de las personas han sido poseídas si le revelara que en esta ciudad hay más perros que niños y que los viejos viven solos en sus casas y llevan colgando una medallita del cuello que les sirve para llamar a emergencias si les pasa algo. No le diría, por no asustarla, que hay jóvenes que se quitan la vida ellos mismos a pesar de vivir en un lugar en el que no tienen que enfrentarse a la muerte cada dos por tres como le pasó a ella, que si el cólera, que si la gripe, que si un mal parto, que si una pierna rota mal curada, que si un espanto de los que se te meten dentro y te provocan enfermedades. Sin esa vida fatigada que hace estallar el corazón y no por amor sino por cansancio. Si le hablara de los problemas de salud mental que tienen los habitantes de esta parte del mundo los llevaría a todos a un curandero, porque la medicina cristiana no entiende de este tipo de males. Y pediría para ellos un amuleto hecho con un papel escrito con tinta y cálamo doblado mil veces y metido dentro de una tela cosida, o los obligaría a tumbarse en el suelo para pasarles por encima una babucha en suave golpeteo mientras bisbisea sus extrañas jaculatorias. Fue lo que me hizo a mi cuando era adolescente y me negaba a comer carne. Yo llevaba una carpeta de Greenpeace en papel reciclado y quería embarcarme en un buque para salvar ballenas y no soportaba la violencia que entrañaba el sacrificio de animales, pero no podía contarle a mi abuela esas razones. Ella estaba convencida de que algún genio me había poseído y me hacía repugnante la carne. 

Sí, a mi abuela la animaría mucho el bullicio de las calles de Barcelona, tantas tiendas, tanta gente yendo y viniendo, tantos bares y restaurantes, tanto por hacer en todas partes. Pero se entristecería al asomarse al interior de los pisos, tan diminutos la mayoría, con gente conviviendo con desconocidos o, peor aún, viviendo solos. No entendería que esa fuera la principal aspiración de quienes empiezan a ser adultos: vivir solos, completamente solos, sin pareja ni hijos ni padres. Sin nadie a quien cuidar pero también sin nadie que los cuide. ¿Y la espalda?, me preguntaría. ¿Quién les frota la espalda? Porque cada viernes, cuando se daba el prolongado baño semanal, tan distinto de las abluciones obligadas del día a día, siempre me llamaba a mí para que fuera a frotarle la espalda. Así la recuerdo blanquísima de piel, la carne firme, el vientre liso y unos pechos escuálidos y vacíos, muestra del servicio que hicieron. Diez hijos propios que amamantaron y algún que otro sobrino ni que fuera porque la madre estaba de viaje o enferma. De esos pechos venimos las decenas de nietos y bisnietos de mi abuela que hoy vivimos en distintas ciudades catalanas. Pechos anónimos y olvidados que, como los de tantas mujeres de otros continentes, nutren de savia nueva esta Europa agotada y envejecida.   


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